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algo más que un rollito de primavera, por Ramon Aymerich


La rivalidad histórica entre chinos y rusos ha evitado que estos dos grandes poderes sumaran fuerzas. Pero lo que el comunismo separó, Estados Unidos ha unido. China y Rusia sienten hoy una cínica pero inquietante atracción mutua

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La simpatía de Xi Jinping por Vladimir Putin es pura y sofisticada.

A. Kurzaeva / Getty

En noviembre de 1983, RYAN, el sistema de análisis de datos diseñado por ingenieros rusos para detectar y prevenir ataques nucleares, se activó inesperadamente. La causa, un ejercicio de simulación de un conflicto a gran escala realizado en el cuartel general de la OTAN en Mons, Bélgica. En el universo paranoico de las cúpulas militares y de inteligencia de las dos grandes potencias, la Unión Soviética puso en alerta las tropas estacionadas en la República Democrática Alemana y Polonia. Fue lo más cerca que estuvo el mundo de un holocausto nuclear desde la Crisis de los Misiles de 1962.

La primera persona que habló del incidente Able Archer (nombre con el que se conocía el ejercicio de simulación) fue Oleg Gordievsky, jefe del KGB en la oficina de Londres y agente doble del MI6. Durante años se pensó que Gordievsky exageraba. La información, es cierto, parecía inspirada en “Juegos de Guerra”, película estrenada ese año con un argumento similar a lo que él contaba. Pero un documento de la administración estadounidense de 1990 desclasificado en 2015 vindicó al espía. El peligro había sido real.

En 1983 Rusia era una superpotencia nuclear capaz de llevar al mundo al apocalipsis. Seis años después se desintegraba

En 1983 la Unión Soviética era una superpotencia nuclear capaz de llevar al mundo al apocalipsis. Seis años después se desintegraba y en solo unos meses, desaparecía. De forma pacífica, cosa muy rara en los grandes imperios. Rusia pasaba del comunismo al Salvaje Oeste del capitalismo. El pensamiento marxista recibió en silencio el deceso (¿qué podía decir?). Tampoco hubo mucha discusión entre los liberales occidentales. La historia se había acabado, según el popular artículo de Francis Fukuyama. El comunismo había sido un accidente en la larga marcha de la humanidad hacia la democracia. Un paréntesis, como el fascismo.

La desaparición de la Unión Soviética y la atropellada transición al capitalismo fue seguida con gran atención desde Pekín. Las reformas liberales iniciadas por Deng Xiaoping en los años 70 estaban dando frutos. Pero la descomposición de la sociedad rusa convenció al Partido Comunista chino que había que mantener el pájaro bien enjaulado (ni suelto ni en un caja demasiado pequeña, según una celebrada metáfora de la época). Los chinos fueron cautos. También se hicieron capitalistas, pero la tecnocracia del partido retuvo siempre el control de los tiempos y la autoridad. En Rusia, por el contrario, los oligarcas se enriquecieron con las privatizaciones, invirtieron las ganancias en la banca de inversión occidental y dejaron un país empobrecido.

La lógica indicaba que una Rusia en declive debía acercarse a Occidente. Al final no ha sido así

Comunistas rusos y chinos nunca fueron amigos. Moscú trataba a los chinos con desdén, como a un país satélite. Pekín quería un trato de igual a igual. Mao Zedong, que se había hecho con el control del partido, se apoyaba en el campesinado para hacer la revolución. Los rusos insistían en que la vanguardia estaba en las fábricas. En los años 50, después de la muerte de Stalin, cuando sus sucesores denunciaron sus crímenes, Mao fue todavía más lejos. Criticó a los rusos por revisionistas y proclamó que ellos eran el verdadero comunismo. La ruptura fue verbal y progresiva, pero tan virulenta que las relaciones entre las dos potencias quedaron congeladas. No fue hasta junio de 1989 que un dirigente ruso, Mijail Gorbachov, volvió a visitar Pekín. Tuvo tiempo para ver cómo el ejército chino aplastaba las protestas democráticas de Tinananmen.

China empezó a verse a sí misma como gran potencia a finales de los 60. Pero estaba aislada. Podía pelearse con la Unión Soviética o con Estados Unidos. Pero no con los dos a la vez. En un conflicto a tres, aislar al tercero es una obligación. El primer paso lo dio Estados Unidos en el verano de 1959. “El peligro amarillo es ahora tan grande que no podemos dejarlo a un lado. Y no es un problema para tomarlo sólo en consideración; hay que abordarlo” le dijo el secretario de Estado, Neil Mc Elroy, al titular soviético de Exteriores, Andrey Gromiko. Los rusos no picaron.

Moscú y Pekín comparten idéntica irritación por el orden mundial americano, al que consideran arrogante   

Diez años después fueron los chinos los que se movieron. Encontraron un receptivo Henry Kissinger, que desde el apogeo del imperio americano, defendía la política de distensión. Richard Nixon y Mao Zedong se entrevistaron en 1972. Occidente reconocía finalmente a Pekín. En dos décadas China se hizo tan grande, tan importante para la economía mundial, que podía ya tratarse de tu a tu con la Rusia achacosa de Vladimir Putin.

Los analistas apostaban por que una Rusia en decadencia se acercaría a Occidente. Pero algo salió mal. Hoy Rusia y China están vinculados tecnológica y militarmente, el peor escenario posible para Estados Unidos y sus aliados.

Putin es el ‘macho man’ de la política mundial. Le adoran todos los autoritarios

Vladimir Putin y Xi Jinping se ven a menudo. Simpatizan. El primero es el macho man global. Le adoran todos los autoritarios del mundo, de Mohamed Bin Salman a Rodrigo Duterte, de Santiago Abascal a Matteo Salvini. La simpatía de Xi por Vladimir es más pura y sofisticada. Le gustan sus discursos de los años 2000 en los que amenazaba a Occidente. Comparte con el ex jefe del KGB la irritación que le provoca la arrogancia liberal americana. Esa manía que tiene de meter las narices en lo que son asuntos internos (Alekséi Navalni, los uigures de Xinjiang) o en países que no deben tocarse, de Kazhakstan a Bielorrusia, Hong Kong, Taiwan…

No les une la ideología sino el empeño de hacer un mundo modelado según su proyecto autoritario. Saben que Estados Unidos es todavía una superpotencia fuerte y peligrosa. Pero piensan que ahora la historia les va a favor.





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