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Aquel Munich de 1938, por Lluís Foix

Feb 9, 2022 , , , ,


Emmanuel Macron se ve con Vladímir Putin en el Kremlin, Olaf Scholz se entrevista con Joe Biden en Washington, Boris Johnson pasó un día en Kíev la semana pasada y desde Estados Unidos se filtra que la invasión militar de Ucrania por parte de los rusos puede ser cuestión de días con miles de bajas ucranianas y desplazamientos masivos internos y eternos de nacionales. El encuentro entre Putin y Xi Jinping con ocasión de los Juegos Olímpicos de invierno en Pekín no fue ajeno a este tensionado mapa geopolítico.

Las fotografías de satélite dan cuenta de que más de cien mil soldados rusos se han concentrado en la frontera con Ucrania y varios miles más se han desplazado a Bielorrusia, que linda también con la exrepública soviética. La situación es delicada porque cada vez que se mueven fronteras en Europa Central o del Este es el anticipo o la consecuencia de guerras.

Todos los actores ven improbable una guerra inminente como ocurrió en 1914 y en 1939. Las circunstancias son muy distintas ahora, pero los instintos de confrontación entre pueblos europeos se remontan a la noche de los tiempos.

British prime minister Neville Chamberlain (left) (1869 - 1940) and Adolf Hitler (1889 - 1945) with his interpreter Paul Schmidt and Neville Henderson (right) at dinner during Chamberlain's 1938 appeasement visit to Munich.   (Photo by Heinrich Hoffmann/Getty Images)

 

Getty Images

Es interesante la película Munich en vísperas de una guerra, que se ha estrenado hace unos días. Es una versión novelada y magníficamente puesta en escena sobre los frenéticos días de septiembre de 1938 cuando Neville Chamberlain, primer ministro británico, Édouard Daladier, jefe del gobierno de Francia, Hitler y Mussolini se reunieron en la capital bávara para evitar una nueva guerra en Europa a cambio de ratificar la incorporación alemana de la tierra de los Sudetes, perteneciente a Checoslovaquia. El argumento de Hitler es conocido: si la mayoría de aquel territorio hablaba alemán lo natural es que pertenezca a Alemania. Esta misma idea sirvió para la anexión de Austria por los nazis aquel mismo año. La caracterización de Chamberlain por Jeremy Irons me parece insuperable.

Pero tres cosas merecen ser destacadas de esta película histórica. La primera es la recreación de la atmósfera de un régimen cuyos jerarcas ostentaban una superioridad racial detestable, que querían destruir a los judíos y tenían la obsesión por ampliar el espacio vital de los alemanes hasta límites insospechados.

Se conocían las pretensiones nazis, pero se pactó con Hitler para evitar otra guerra

La segunda es el populismo que se respiraba tanto en Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia. La propaganda y la mentira hicieron estragos en todas partes. El error de Chamberlain fue dejarse arrebatar por el miedo a una nueva guerra y por una entusiasta opinión pública británica que le recibió como un héroe a su regreso de Munich y, al bajar del avión, mostró un papelucho firmado por él mismo y por Hitler  comprometiéndose a que no habría guerra entre los dos países.

El apaciguamiento de Munich fue considerado como un gran triunfo del diálogo. Excepto Churchill, que le dijo en el Parlamento: “Usted ha ido a Munich a salvar el honor y evitar la guerra y perderá el honor y tendrá la guerra”. Así fue al poco tiempo.

La tercera reflexión es que hay que evitar la guerra por todos los medios lícitos hablando con todas las partes implicadas antes de abrir hostilidades que causan miles de muertes y siembran el odio entre pueblos. Pero no es tolerable que un autócrata borre fronteras engullendo a países que son soberanos. La defensa está justificada.





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