• Mié. Oct 5th, 2022
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Ashleigh Bart sueña con romper el maleficio que acompaña a las jugadoras australianas desde hace 44 años



Ser la número uno del tenis mundial desde hace tres años sin ser capaz de alcanzar la final de Grand Slam delante de tu público sería una losa pesada para cualquiera. No lo es para Ashleigh Barty, una tenista con una alta capacidad para abstraerse del ruido mediático. Sosegada y a un nivel superlativo está al fin a un paso de ser profeta en su tierra. Mañana se jugará contra la sorprendente Danielle Collins la corona en el Open de Australia. Barty afrontará el choque con la naturalidad que la caracteriza, si bien es consciente que tendrá a todo un país pendiente de su tenis. Tiene la obligación de demostrar en casa que es la mejor. Además, la inexperiencia de su oponente en las grandes citas –solo unas semifinales en Australia en el 2019– acentúa aún más su favoritismo en Melbourne Park.

Australia sueña con ver a Barty romper el maleficio que acompaña a las jugadoras aussies desde hace 44 años. Y es que al país oceánico le toca remontarse a épocas pretéritas para degustar la gloria. Hasta el triunfo de Hana Mandlikova en 1980, el actual primer Grand Slam del año era cosa solo de australianas y estadounidenses –con el permiso de tres británicas–. Por eso esta final entre Barty y Collins evoca esos tiempos de antaño con olor a hierba –la superficie original–, cuando Australia y Estados Unidos eran dos de las mayores potencias del planeta.

Como la legendaria campeona de los setenta, la número uno reivindica con orgullo sus raíces aborígenes

La última australiana en llevarse el torneo fue Chris O’Neil en 1978. Desde entonces solo ha habido una finalista (Wendy Turnbull en 1980) en categoría femenina. En hombres, Mark Edmondson (1976) fue el último campeón y Lleyton Hewitt (2005), el último finalista local. La sequía es digna de estudio.

Pero un año antes de que triunfara O’Neil lo hizo Evonne Goolagong, una fuente de inspiración para Barty. Como la legendaria campeona de siete majors (cuatro veces en Australia) y también número uno, la tenista de Queensland tiene raíces aborígenes, en concreto de la tribu Ngaragu. Reivindica con orgullo su parte indígena, una población silenciada y marginada por parte de la sociedad australiana hasta hace relativamente poco. Que Goolagong pudiera desarrollar su juego en los sesenta y setenta, cuando a los aborígenes se les denegaba la entrada en la mayoría de clubs de tenis, fue casi un milagro. “Para mí es un honor. Es mi manera de estar conectada a la tierra, rendir homenaje a los primeros pobladores de Australia”, decía Barty durante la primera semana del torneo.

Su discurso después de superar a Madison Keys en apenas una hora de semifinal con un recital de tenis –no ha cedido ni un set durante el torneo– iba más enfocado al reto que le espera. “Me encanta jugar en Australia. Como australiana que soy estamos muy animados porque somos una nación de Grand Slam y aquí jugamos en nuestro patio, así que estoy feliz de ofrecer mi mejor tenis aquí”, dijo con una sonrisa de oreja a oreja la tenista que a punto estuvo de quedarse en el camino. Aparcó la raqueta durante casi dos años y llegó a competir en una liga australiana de críquet. Afortunadamente para el tenis, enderezó su carrera en el 2016. A sus 25 años suma 14 títulos, entre ellos los de Roland Garros (2019) y Wimbledon (2021). En un 2022 imbatida –ganó en Adelaida–, es el momento de redondear su gran verano australiano y hacer vibrar de nuevo a un país necesitado de éxitos.





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