• Mié. Sep 28th, 2022
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Atención a quienes sufren covid persistente, por Editorial



La urgencia ha presidido la lucha contra la covid, el virus que sorprendió al mundo a principios del 2020 y ha exigido un esfuerzo asistencial, científico y logístico sin precedentes. La adecuación de hospitales y centros de asistencia primaria para hacer frente a la pandemia tuvo que implementarse a la carrera. El desarrollo de la vacuna estuvo marcado por las prisas. Y el esfuerzo logístico requerido para preparar las campañas de vacunación de los ciudadanos se hizo también a toda velocidad. El virus se expandía muy deprisa y la respuesta sanitaria no tenía un minuto que perder. Cada nueva variante del virus o cada nueva oleada introducían otro factor de perentoriedad, que exigía siempre una reacción inmediata.

Cuando en España nos acercamos al segundo aniversario de la declaración del estado de alarma, la pandemia sigue avanzando. En el mundo se han contabilizado ya 340 millones de casos confirmados y más de 5,5 millones de fallecidos, y, por cierto, es Europa el continente con mayor número de casos, y donde la pandemia avanza ahora, de la mano de la variante ómicron, con más rapidez. La urgencia sigue, por tanto, marcando muchas de las acciones sanitarias contra la covid. Sin embargo, hay un aspecto de la enfermedad que lleva mucho tiempo manifestándose y para el que todavía no hay unos protocolos de acción satisfactorios. Nos referimos a la covid persistente. Es decir, la infección de larga duración, en pacientes que superan la fase inicial de la enfermedad, pero siguen padeciendo efectos crónicos, que dificultan a diario su modo de vida.

Hay que mejorar el protocolo asistencial para quienes padecen largas secuelas del virus

La covid persistente sigue aún envuelta en un halo de misterio. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no reconoció hasta finales del 2021 una definición de esta enfermedad, que asociaba a la condición de los individuos con antecedentes de infección probable o confirmada de covid, generalmente tres meses después del inicio, con síntomas que duran al menos dos meses y no pueden atribuirse a un diagnóstico alternativo. Esos síntomas son muy diversos. Su abanico incluye fatiga, dolores musculares o articulares, insuficiencia respiratoria, pérdidas de olfato o gusto, disfunciones cognitivas, etcétera. Cabe añadir, respecto a su duración, que los mencionados dos o tres meses son orientativos, puesto que muchas personas ven alargarse esas molestias, en ocasiones inhabilitantes, durante años. En España alrededor del 10% de las personas que contrajeron la covid sufren ahora covid persistente. (En otros países se han manejado porcentajes superiores). Muchas no han podido reintegrarse a sus puestos de trabajo, otras han sido despedidas o han solicitado una invalidez permanente. Todas sufren a diario dolores o molestias diversas y, desde luego, la incertidumbre propia de una dolencia que es duradera y de final incierto.

La covid persistente ha venido, en muchos casos, para quedarse por un periodo indefinido. Es, pues, necesario que la sociedad le dé una respuesta. Que proporcione a sus víctimas, en primer lugar, el reconocimiento de esta dolencia (aunque es verdad que, por su propia naturaleza, no siempre se manifiesta del mismo modo). Y, a continuación, que se establezcan los protocolos sanitarios oportunos y se facilite el acceso a ellos a cuantos puedan acreditar que están sujetos a los efectos prolongados de la pandemia. Las autoridades políticas y sanitarias deben evaluar mejor la dimensión de este problema y establecer las normas para identificar a quienes lo padecen y darles la asistencia que precisan. Porque ahora tenemos ya constancia de que la covid tiene efectos dispares, a veces asintomáticos, a veces irreparables, y a veces de larga e imprevisible evolución.





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