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Atentos a Portugal

Ene 1, 1970 ,



Portugal vota este domingo en unas elecciones adelantadas que casi nadie deseaba y que tienen lugar en mal momento: pico de la sexta ola de la epidemia, negros nubarrones en el este de Europa e incertidumbre general sobre el vigor de la recuperación económica. Los sondeos señalan que el principal partido de la oposición, el Partido Social Demócrata (PSD) estaría recuperando terreno, al punto de poder empatar e incluso superar al Partido Socialista (PS) del primer ministro António Costa. Los últimos sondeos publicados otorgan una ventaja de dos/tres puntos al PS, estimación que significaría una fuerte recuperación del principal partido opositor, encabezado por Rui Rio, antiguo alcalde de Oporto. No eran estos los cálculos hace un mes.

Teniendo en cuenta que tampoco está claro qué partido alcanzará la tercera posición, cabe la posibilidad de que la política portuguesa acabe en un pantano tras el bloqueo de los presupuestos del 2022 el pasado mes de diciembre. Un pantano en el que no sea fácil formar Gobierno, tarea que deberá arbitrar el presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa. La izquierda no supo ponerse de acuerdo en diciembre; el primer ministro Costa acusa desgaste pese a su reconocida habilidad, y el veterano jefe de la oposición, Rui Rio, parece estar capitalizando una decisión muy poco ‘española’: al estallar la epidemia decidió no embestir de frente, ofreció colaboración al Gobierno y en todo momento ha mantenido distancias del nuevo partido de la extrema derecha, Chega (Basta), que aspira a la muy disputada tercera posición. 

Portugal, 10,2 millones de habitantes, con 1,5 millones de electores en la emigración. Un país que siempre ofrece lecciones políticas interesantes.

 

Las elecciones anticipadas fueron forzadas por el presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa (miembro del PSD) ante el bloqueo del presupuesto del 2022. Para forzar la aprobación de las cuentas, Rebelo dijo: “Si no hay presupuestos, vamos a elecciones”. No hubo pacto y no tuvo más remedio que cumplir con su advertencia. El país corre el riesgo de salir del adelanto electoral con una situación política aún más complicada.

 

El bloqueo se produjo como consecuencia de los desacuerdos del primer ministro António Costa con sus antiguos aliados de izquierda: el Bloco d’Esquerda y el Partido Comunista Portugués (PCP). Estos partidos no han formado parte del Ejecutivo portugués estos últimos años, pero en la legislatura 2015-2019 dieron apoyo al Gobierno en minoría del PS mediante un acuerdo parlamentario. Costa capitalizó el acuerdo y la estabilidad, y a partir del 2019, con más diputados, muy cerca de la mayoría absoluta, optó por un vuelo en solitario sin pactos parlamentarios estables. Al estallar la epidemia, el PCP le ayudó a aprobar los presupuestos del 2021, pero en diciembre pasado, el negociarse los presupuestos del 2022, los comunistas endurecieron sus condiciones. Una sucesión de errores de cálculo condujo a las elecciones anticipadas.

 

Algunos observadores políticos sostienen que António Costa ha perdido apoyos a lo largo de este mes de enero por haber reclamado un resultado plebiscitario con mayoría absoluta. Cansada por la epidemia y preocupada por el futuro, la sociedad portuguesa parece muy poco dispuesta a otorgar a un solo partido el control de la situación. A Costa no le ha ayudado la aparición en televisión del ex primer ministro socialista José Sócrates, que disfrutó de la última mayoría absoluta en el Parlamento portugués y acabó en la cárcel por corrupción.

 

El líder de la oposición capitaliza ahora su política constructiva durante los peores momentos de la epidemia, cuando optó por una ‘línea patriótica’ de colaboración institucional. Rui Rio también ha decidido mantener distancias con el nuevo partido de la extrema derecha, Chega, muy vinculado al Vox español. En términos comparativos, el PSD portugués siempre ha sido un partido de sesgo más centrista que el PP español. Una anécdota puede ayudar a explicarlo mejor. En la célebre foto del ‘trío de las Azores’ (Georges W.Bush, Tony Blair y José María Aznar), también aparecía el primer ministro portugués, Jose Manuel Durao Barroso, anfitrión de la reunión en la que se decidió la invasión de Iraq. Durao Barroso, sin embargo, se separó un poco del grupo, quedando en una esquina. El encuadre periodístico de la fotografía dejó a Durao Barroso fuera de escena y nunca se habló del ‘cuarteto de las Azores’.

 

António Costa ha dicho que abandonará la política si es derrotado, y Rui Rio, astuto, ha insinuado que, si su candidatura queda en segunda posición, el PSD estaría dispuesto a dejar gobernar en solitario al PS para evitar un frente de izquierdas.

 

La economía de Portugal creció el año pasado un 4,6%, unas décimas menos que España. Estamos hablando un país de salarios bajos, que podría tener el 43% de la población en situación de pobreza si no fuese por las ayudas sociales. Un millón y medio de los portugueses con derecho a voto vive en el extranjero, lo cual significa que la emigración supera el 10% del censo. En España, ello equivaldría a unos cinco millones de españoles en el extranjero. Esa elevada tasa de emigración, con alto componente juvenil, ayuda a entender mejor el clima relativamente tranquilo de la sociedad portuguesa, un país culturalmente más homogéneo que España, sin regiones autónomas, con la única excepción de los archipiélagos de Madeira y Azores en el Atlántico.

 

La moderna cultura política portuguesa no ha generado el fenómeno hispánico de la ‘crispación’. Evidentemente hay fuertes debates políticos, pero el vecino país no alcanza el grado de agresividad verbal de la actual política española, estilo que el partido Chega, hermanado con Vox, intenta representar. Puede afirmarse que el carácter portugués es más tranquilo, pero también puede efectuarse la siguiente interpretación: la Revolución de Abril de 1974, el golpe de los jóvenes oficiales del ejército contra la dictadura salazarista, provocó un súbito desmoronamiento del régimen autoritario, que permitió la cristalización de una cultura política democrática. En España todo fue más lento, transitivo y transitorio. La nostalgia del autoritarismo es hoy más fuerte en España que en Portugal.





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