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Australia vuelve a tener reina con el triunfo incontestable de Barty


44 años después Australia puede saborear de nuevo un triunfo local. Ningún hombre ni ninguna mujer aussie en el individual habían sido capaces de dar una alegría a su afición desde que Chris O’Neil lo logró en 1978. Ashleigh Barty es la nueva reina de Melbourne después de superar en la final a la combativa Danielle Collins en dos sets (6-3 y 7-6(2)). Un triunfo celebrado con un grito liberador por parte de una tenista de por sí poco expresiva, más bien comedida. Era consciente de lo que suponía para ella y sobre todo para un país entero tener de nuevo una campeona australiana.

Barty desató la euforia en la Rod Laver Arena cuando destrozó a su rival en el tie-break del segundo set después de remar y remar durante todo el parcial. La de Queensland demostró por qué es la número uno del mundo desde hace tres años en un circuito que, con permiso de las Williams, suele tener un ranking fluctuante en lo que va de siglo. Levantó un 5-1 cuando la estadounidense, mucho más consistente en ese momento, la estaba superando con claridad. 

Barty estaba cometiendo más errores de los habituales. Pudo dejarse ir y empezar a preparar el tercer set, pero sabía que el riesgo de perder en su primera final en casa se incrementaba exponencialmente si no cortaba a tiempo las alas a su rival, número 30 del ranking WTA pero que atraviesa el mejor momento de su carrera desde la segunda mitad del año pasado.

Reacción de campeona para ganar el segundo set cuando perdía 5-1

Lejos de perder la concentración, la australiana subió el nivel que no había necesitado mostrar al principio. Le bastó en el primer parcial con poner en práctica su estrategia de jugar con su fantástico revés cortado para incomodar a Collins y machacar los puntos con la derecha. Sin embargo, cuando Collins, una tenista de 27 años que disputaba su primera final de Grand Slam, se empezó a mostrar más agresiva empezaron los problemas.

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Evonne Goolagong Cawley y Ashleigh Barty con el trofeo

MICHAEL ERREY / AFP

Barty sacó su garra de campeona para impedir a Collins forzar el tercer set. De este modo se despide del Open de Australia sin haber cedido una manga, una clara muestra de una superioridad incontestable durante todo el torneo. Lo primero que hizo fue ir a besar a su amiga y extenista Casey Dellacqua. Era el comienzo de un festejo que terminó siendo aún más emotivo cuando recibió el trofeo Daphne Akhurst de las manos de su admirada compatriota Evonne Goolagong, legendaria tenista indígena que ganó cuatro veces en Australia en los setenta. Como Goolagong, Barty también tiene raíces aborígenes que reivindica con orgullo.

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Barty y Collins se saludan después de la final 

WILLIAM WEST / AFP

«Como australiana, lo más importante es poder compartir esto con la gente. Es uno de los públicos más divertidos y me habéis hecho jugar mi mejor tenis contra una campeona como Danielle. Es un sueño hecho realidad y estoy muy orgullosa de ser australiana», dijo emocionada ante un público rendido a sus pies. 

La vuelta a la Rod Laver Arena para agradecer el apoyo incondicional recibido durante estas dos semanas fue la guinda a una noche australiana convertida en una fiesta. Los más animados siguieron de after para ver la final masculina de dobles australiana entre los irreverentes Kyrgios/Kokkinakis y la pareja Purcell/Ebden, con triunfo de los primeros contra todo pronóstico puesto que acudieron al torneo como invitados (7-5 y 6-4).

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El Open de Australia es el tercer título de Grand Slam en la carrera de Barty. En 2019 había ganado Roland Garros y el año pasado Wimbledon. A sus 25 años tiene recorrido de sobra para seguir ganando títulos de prestigio.





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