• Vie. Oct 7th, 2022
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Barcelona monolítica, por Màrius Serra



La aparición de monolitos es uno de los fenómenos paranormales que han amenizado estos años de pandemia. El primero medía tres metros y apareció en el estado de Utah. Según Google Earth ya estaba allí en el 2016, pero no llamó la atención de los medios de comunicación hasta el 2020.

Luego, el fenómeno se repitió en otros lugares del mundo. The Most Famous Artist, un colectivo de artistas más desconocidos que Banksy, se atribuyó la autoría. Pero apareció otro en Turquía y el fenómeno se ha repetido en una veintena de países, como homenaje al monolito de la película 2001: Una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick (1968). La secuencia siempre es similar. En un espacio natural –un bosque, una playa, un jardín– aparece un monolito metálico más alto que una persona. La gente lo fotografía, las autoridades lo acordonan y la prensa local difunde imágenes. Poco después desaparece. Todo el mundo habla de él hasta que la gente empieza a olvidarlo. De repente, ¡patapam!, aparece otro en otra parte del mundo.

Observadores neutrales aseguran haber detectado especímenes con ranura para meter monedas o la tarjeta de crédito

Desde hace unos meses el fenómeno monolítico ocupa las calles de Barcelona con constancia de acupuntor y una voluntad de permanencia solo comparable con la del Mobile World Congress. Basta pasear por el centro de la ciudad para tropezar con ellos. En los alrededores de la plaza Catalunya ayer conté siete. Dos ante el Banco de España, dos más en la acera de El Corte Inglés, y el más completo, ante la tienda Apple. Todos de 2,5 m de altura, con un capitel gris cúbico y tejadillos azules formando un ángulo de 45 grados sobre el tronco prismático plateado, con garabatos de grafiti. Algunos también presentan un hueco que delata algún otro elemento arrancado del que pende un lío de cables, como si algún desaprensivo hubiera tirado de un extremo. Pocos son los monolitos barceloneses que conservan en el hueco un prisma rectangular metálico, como una caja de zapatos con una botonera de ascensor y, en algún caso excepcional, un flexo que lo une a una terminal de ducha de baquelita azul. Observadores neutrales aseguran haber detectado especímenes con ranura para meter monedas o insertar la tarjeta de crédito. Entre los múltiples grafitis se lee Telefónica.

¿Alguna empresa o administración retirará de las calles de Barcelona de una puñetera vez los decrépitos restos de los artefactos que, en su momento, sustituyeron a las cabinas telefónicas?





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