• Mar. Sep 27th, 2022
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Bienes inmatriculados, por Núria Escur



En ocasiones la Iglesia católica dispara y después pregunta quién ha sido. La casuística de los bienes inmatriculados que en algún momento se agenciaron –ahora admiten que equivocadamente– es uno de los ejemplos más gráficos de ese modus operandi.

La cúpula de la Iglesia debería admitir que muchos de esos bienes que, erróneamente, se apropiaron, han dado su fruto gracias a los bolsillos de todos. Mantener esos espacios no sale gratis, rehabilitarlos es una odisea y, eso sí, repartirse los frutos de las actividades que algunos generan resulta relativamente fácil entre el gremio de los cielos.

Tras ese, el peor perfil de la institución secular, hay buena gente, gente de fe, eso no lo discute nadie, pero poco tienen que decidir. Ese reverso lo conforman la comunidad de base y gentes como esa monja clarisa que el pasado domingo cruzaba de puntillas por delante de la tumba de Elisenda de Montcada, en el monasterio de Pedralbes, con un ramito de jazmín blanco en la mano. Tras el responso, unas decenas de almas estarían pensando en la leyenda de los huevos que dan suerte y el mató con bendición.

El obispado decía que le pertenecía porque lindaba con el cementerio

Una mañana llegó a casa una carta oficial en que se nos anunciaba que un trocito de tierra perdido en un perdido pueblo de la Vall Fosca dejaba de pertenecer a la familia de servidora porque el obispado “se había dado cuenta” de que les pertenecía. Limitaba con el cementerio viejo y, claro, a Dios lo que es de Dios. No le dimos más importancia, no era cuestión de incordiar a las almas que allí descansan, tampoco de repartir lápidas.

En cuanto se publique la lista de los 965 bienes inmatriculados que dicen que van a retornar (¿y qué pasa con los 34.035 restantes, desde 1988?) voy a lanzarme a la búsqueda de los 38 cementerios que se quedaron, a ver si hay suerte. La sensación es que vamos a participar en una lotería absurda, para que a algunos les devuelvan lo que ya era suyo.





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