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¿Cuál es el techo electoral del PP?

Ene 1, 1970 , , ,


El PP seguiría siendo una pálida sombra de lo que fue de no ser por la espectacular victoria de Díaz Ayuso en las elecciones madrileñas de mayo pasado. Desde entonces, algunas encuestas comenzaron a sonreír a Pablo Casado, devolviéndole la condición de favorito y la capacidad de atraer el voto útil de centro y derecha. Ahora bien, ni el más favorable de los sondeos sitúa a los populares cerca de su histórico techo electoral. Y los resultados de las últimas generales siguen pesando como una losa sobre su capacidad de despegue.

El partido que, primero con Aznar y luego con Rajoy, llegó a rozar el 45% de los votos, cosechó poco más del 20% en las elecciones generales de noviembre del 2019; es decir, menos de la mitad de su techo electoral. Y en las legislativas de abril de ese mismo año, las cosas aún fueron peor: los populares llegaron a extraviar casi dos tercios de su voto potencial (cayeron por debajo del 17%). Y solo el suicidio de Ciudadanos les permitió una limitada recuperación en noviembre.

Sin embargo, el resultado de Madrid pareció dibujar un despegue, que podría verse confirmado por la previsible victoria en Castilla y León. Ahora bien, más allá de los sondeos, ¿cuál es la traducción de esos resultados en una cita de ámbito estatal? O dicho de otro modo: ¿Dónde está hoy el techo electoral del PP? Es decir, con un resultado en Madrid, el pasado 4-M, muy parecido al de las autonómicas de 1991 (sobre el 44%), ¿se dirige el PP hacia el 26% de las legislativas de 1989 –un porcentaje también similar al de las locales de 1991– o hacia el 35% de 1993?

¿Cuál es el techo electoral del PP?
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Los democristianos alemanes mantienen el ‘cordón sanitario’ ante los populistas, pero han caído al 24% del voto

Para responder a esa pregunta hace falta situar el declive electoral del PP en una patología más amplia que viene afectando a las principales formaciones europeas de centroderecha. Y esa panorámica desvela una expectativa de voto que oscila entre el 20% del sufragio y algo menos del 40%.

Eso sí, hubo un tiempo en el que esas fuerzas centrales se asomaban al 50% de los votos en unos comicios razonablemente limpios y de elevada participación. Pero era un tiempo de expiación y reconstrucción tras el trauma de la guerra mundial y las dictaduras. Por eso, en aquel tiempo de reparación, las mayorías sociales se ceñían a las lealtades partidistas y se volcaban en siglas moderadas que asegurasen estabilidad y prosperidad.

Pero con los años, el recuerdo del mal se fue difuminando y todo empezó a cambiar. Las viejas prevenciones se fueron por el sumidero de la desmemoria y las lealtades partidistas volaron por los aires. Surgieron nuevas exigencias –unas exóticas y otras profundamente legítimas–, pero también nuevos miedos que alteraron el mapa de la demanda política. Ese nuevo escenario resucitó relatos y prácticas inquietantes. La reiteración de la mentira volvió a brindar réditos políticos y logró arrastrar a buena parte de la sociedad a una atmósfera de conflicto, venganza y resentimiento. Y también asomó de nuevo el negacionismo (frente al holocausto o las vacunas). Ahora se llamaba “populismo”.

El PP austriaco ha debilitado a los ultras metiéndolos en el Gobierno y asumiendo algunas de sus políticas

Algunos partidos conservadores optaron por aplicar un cordón sanitario frente a los nuevos competidores por el voto de la derecha radical. Otros, en cambio, los imitaron e incluso gobernaron con ellos. Pero ninguna estrategia parece capaz de liquidar electoralmente a esos nuevos fanáticos. Y el futuro del centroderecha reside en ese dilema. Un dilema que afecta por igual a centroeuropeos y mediterráneos, y a democracias consolidadas o de nuevo cuño. Y un dilema que presenta desenlaces distintos, en los que también puede mirarse el PP a la hora de hacer sus cuentas electorales.

Es decir, la pugna por el voto conservador puede acabar como en Suiza, donde democristianos y liberales han perdido un total de 20 puntos porcentuales en favor, sobre todo, de un partido populista radical. El xenófobo SVP es hoy la principal formación helvética, con un respaldo cercano al 30% y una ventaja de diez puntos sobre la segunda fuerza.

En una deriva similar, el centroderecha puede seguir languideciendo, como en Alemania, donde pese a la larga pax merkeliana, los democristianos han visto reducirse a la mitad su histórico techo electoral. En las últimas elecciones cayeron al 24% del sufragio, apuntillados por el populismo revisionista, antiinmigrante y antieuropeo de Alternativa para Alemania, cuyo apoyo consolidado sobrepasa ya el 10% de los votos.

La peor pesadilla de los populares sería que, como en Italia, el auge de la derecha radical los borrase del escenario

Claro que, a veces, el futuro electoral desaparece para siempre. Es el caso de la carcomida Democracia Cristiana italiana, cuyo espacio fue engullido por el populismo locuaz de Berlusconi y sus herederos. Sin ignorar la competencia de fuerzas antisistema de ideología difusa, como el partido del cómico Beppe Grillo.

Sin embargo, el PP tiene espejos más luminosos en los que mirarse. Su homólogo griego, Nueva Democracia, llegó a caer por debajo del 19% del voto hace apenas una década (es decir, a menos de la mitad de su techo histórico). Sin embargo, el fracaso del Podemos heleno (Syriza) frente a la política de austeridad auspiciada por Bruselas permitió a los conservadores griegos recuperar la confianza y el voto útil de centro y derecha.

Ahora bien, quizá el espejo más sugestivo para el PP es el austriaco. Allí, sus homólogos del ÖVP han logrado neutralizar las embestidas de los xenófobos del Partido de la Libertad (la primera ya a finales de los 90) por la vía de integrarlos en el Gobierno y dejar que los destruya su extremismo y su gestión ineficiente.Esa estrategia, más un discurso duro en inmigración y política social, ha permitido al ÖVP situarse por encima del 35% de los votos; lejos de su techo histórico pero lo bastante arriba como para cambiar de pareja. Ahora gobierna con los verdes.





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