• Mar. Sep 27th, 2022
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Cuando el premio es una mujer, por Maricel Chavarría



Mucho antes de que una desencantada lady Di encontrara su lugar en el mundo arrastrando a la prensa rosa hasta los campos de minas antipersona, hubo otra prince­sa atlántica que tuvo un papel relevante en el curso de la historia bélica. Y en su caso no fue por su popularidad o capacidad de convocatoria, sino por las apetencias amatorias del presidente Franklin Delano Roosevelt.

La princesa Marta de Noruega puso su grano de arena para salvar a su pueblo de los nazis al convertirse en el capricho del mandatario más poderoso del mundo, pues fue por mor de ella que Estados Unidos accedió a donarles un buque de guerra. Y no está claro si lo que atrajo a Roosevelt fue su elegancia real o los ojazos que Marta compartía con su hermana menor, Astrid de Suecia, la reina de los belgas que se hizo mito al morir joven. En todo caso, no habría que descartar que lo que más excitara al bueno de Franklin fuera el hecho de conquistar a una dama de sangre azul. O más aún, a una dama casada… con un príncipe heredero de la vieja Europa.

Tanto la historia como la ficción son implacables con la realidad de las mujeres

La glamurosa Atlantic Crossing aborda este particular capítulo de la Segunda Guerra Mundial con exquisitez notable, pues logra diluir una postura chantajista –los favores de la dama a cambio de armar a su país– dejando el asunto en amor platónico. Según el guion de esta serie noruega, el marido de Eleanor Roosevelt se habría conformado con conectar sentimentalmente con la aristócrata durante su exilio en Washington. Años en los que, eso sí, se sembró la duda en el marido. Los celos del príncipe Olav le alegrarían la fiesta a Roosevelt.

Tanto la historia como la ficción son implacables con la realidad de las mujeres. Para lograr algo siempre hubo que tener a un hombre interesado. Como la condesa de La dama de picas, la ópera de Chaikovski que exhibe el Liceu. Ella era conocida de joven como la Venus de Moscú, pues jamás se dejaba seducir… hasta que el conde Saint-Germain accedió a revelarle el secreto de los naipes ganadores. ¿El premio? Ser el hombre que logró poseerla. Así de básico.





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