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Cuando la Historia llama a la puerta, por Javi López

Ene 1, 1970 , , , , , ,


La Historia vuelve a llamar a la puerta de Europa. El forcejeo en Ucrania sobre los límites de expansión de la OTAN en el este puede acabar en invasión e incendiar las siempre tortuosas relaciones entre Occidente y Moscú. La potencial crisis, de enormes consecuencias para nuestra seguridad o nuestro abastecimiento energético, desnuda las debilidades estructurales de la Unión y nos recuerda las dificultades europeas para hablar el antipático lenguaje geopolítico.

La amenaza de Putin es un nuevo signo del palpitante tiempo de conectividad, vulnerabilidad y transformación que vivimos. Un tiempo en el que las grandes disrupciones tecnológicas, demográficas y ecológicas marcarán las cartas para la siguiente era. Bruselas, de la mano de Berlín y empujada por el sur, leyó bien los riesgos del malestar social que podía incubar la pandemia, y por ello, ha decidido compactarse con una embrionaria carcasa fiscal que toma forma de Fondo de Recuperación, clave para la reactivación económica e incomprensiblemente saboteado en España por la oposición conservadora. Unos recursos que buscan orillar el descontento y cabalgar los cambios digitales y la descarbonización.

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La bandera nacional de Ucrania ondea detrás de la valla de la embajada de Ucrania en Moscú, Rusia, el pasado 17 de abril de 2021.

SERGEI ILNITSKY / EFE

Ucrania es una muestra de los peligros que deberá abordar una Unión que pretende darse un impulso federal a través de la pandemia. Pero no es el único, las frágiles cadenas de suministros, la gestión de la elevada inflación o la batalla por renovar nuestras inaplicables normas fiscales se deben añadir a la cesta de posibles contingencias. Con todo, algunas lecciones en este tiempo de aceleración debiéramos ser capaces de extraer.

Nuevos frentes

En primer lugar, la vuelta a la geopolítica descarnada liga nuestro futuro, nuestra prosperidad y seguridad, al futuro de Europa. Una invisible Unión Europea en búsqueda de su autonomía estratégica deberá construir un marco para aunar sus capacidades y alinear sus objetivos geoestratégicos, aprendiendo a asumir los costes de ellos. El mundo ha dejado atrás el tiempo de las frivolidades, la inminente caída de Johnson es el mejor símbolo de ello. Los primeros en censurarlas serán los electores.

En segundo lugar, la COVID-19 ha provocado el redescubrimiento de la economía social de mercado. Las democracias liberales viven un particular momento socialdemócrata, y cabe destacar que las victorias en las urnas han ido precedidas por la reivindicación de sus ideas por la vía de los hechos con la expansión de las funciones y servicios del Estado. En este plano, la combinación de los amortiguadores sociales con la agenda verde es crucial para no afrontar reacciones electorales indeseadas. Es hora de abanderar un humanismo inteligente que absorba las demandas emergentes en materia climática y de género.

En tercer lugar, el tiempo actual reclama cooperación como única forma de supervivencia en un mundo carnívoro. Especialmente Catalunya debe anotar esta lección. Es necesario acabar con las fronteras internas autoimpuestas y recuperar su vocación integradora, colocar de nuevo la prosperidad como objetivo colectivo en una tierra que ha dejado de ser locomotora de España y cuidar de un autogobierno maltrecho por las rupturas de los consensos internos. El camino es conocido: modernidad frente al esencialismo y ejemplaridad pública frente a la cleptocracia institucionalizada. No vaya a ser que la Historia llame a la puerta y nos pille enredados en nuestra permanente introspección.





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