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Cuando te dejan…, por Joaquín Luna

Feb 8, 2022 , , , ,


Me han dejado mujeres, me ha abandonado el desodorante y hasta el mismo Joselito, un agaporni divorciado, el único animal que ha vivido en casa hasta que el muy aventurero se dio el piro, abusando de que le dejaba abierta la jaula (y de que olvidé cerrar las ventanas).

Que te abandone una mujer hiere, pero es cuestión de no dormir unas cuantas noches, salir llorado de casa y no hacerse el desgraciado, porque así no hay quien haga sustituciones. Lo del desodorante es una bobada: una ducha o dos al día. Y en cuanto a Joselito, solo espero que haya rehecho su vida en una palmera de la Diagonal y no terminase en el buche de alguna gaviota (mira que se lo advertí, pero él, claro, quería volar…).

Me han dejado mujeres, ‘donetes’, Joselito y hasta el desodorante, pero como el móvil…

Lo peor es que te abandone el móvil. No hay dolor más grande que mi herida, como diría aquel. Este domingo, camino del aeropuerto de Barcelona, el móvil empezó a parpadear. Como le tengo cariño y va conmigo a todas partes, resté importancia al aviso. Ya se le pasará, pensé, aunque en lo más hondo intuía el desenlace.

Aplicaciones en un móvil.
JONAS LEE / UNSPLASH
  (Foto de ARCHIVO)
23/03/2021

                                                                                                                 

ARCHIVO

Los hombres preconstitucionales mantenemos una relación humana con la tecnología. ¿Que el televisor hacía rallas y no se veía? Una sacudida ligera y algún palmetazo. ¿Qué el millón – flipper para­ los cursis– hacía el tonto y paralizaba la bola? Un par de empujones, tilt y cuatro insultos al creador. ¿Que la máquina del trabajo no suelta los donetes ? Zarandeo monumental y rápida consolación: ¡mejor, así ceno!

Yo quiero creer que la tecnología nos ha cambiado para bien y nunca falla si tú la cuidas. Con el tiempo, uno descubre que la tecnología merece más comprensión que un televisor en blanco y negro.

Llegué a mi destino, Málaga, y el móvil seguía con el parpadeo.

–Bah, una tontería…

En el hotel, después de cenar y cuando menos lo esperaba, el móvil se plantó. Oscureció. La noche en Málaga estaba estrellada, pero yo no estaba para poesías. Toda mi agenda laboral del lunes, contactos, watsaps y correos electrónicos dependía del móvil.

–Mañana ya se le habrá pasado.

El lunes amaneció muerto y yo con él. No somos nadie.





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