• Mié. Oct 5th, 2022
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El reto de proteger una de las últimas grandes áreas naturales de la Tierra


En el extremo inferior de la Tierra hay unas vastas extensiones heladas que desafían la voluntad de supervivencia humana y, al mismo tiempo, sustentan la vida de miles de especies que no se encuentran en ningún otro lugar. El océano Austral de la Antártida, también llamado Antártico, inmenso, bello y aún hoy poco visitado por la humanidad, es hogar de pingüinos, focas leopardo y también del calamar colosal, además de gusanos bioluminiscentes, peces nototenoideos (con anticongelante en la sangre) y un diminuto crustáceo que sirve de base a la cadena trófica de la región: el kril.

En el océano Austral, un 10% del océano mundial, se encuentra también la corriente Circumpolar Antártica, una cinta transportadora oceánica que acarrea nutrientes hasta los caladeros situados a miles de kilómetros de distancia.

Sin embargo, hoy en día ese ecosistema esencial y sus especies se encuentran bajo una importante amenaza debido a dos factores: el cambio climático y la pesca concentrada de kril.

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Gran parte de la pesca se concentra en zonas relativamente pequeñas de la Antártida y agota las reservas de alimentos de los pingüinos que se alimentan y anidan en ellas, como el kril en la imagen. 

AFP

Los científicos llevan años advirtiendo de que la región antártica se calienta más deprisa que casi cualquier otro lugar del planeta, y las consecuencias de ese cambio no dejan de aumentar. El calentamiento del océano Austral ha provocado un descenso de la cubierta media anual de hielo marino, que es vital para la supervivencia de los pingüinos y otras especies, así como un aumento de la acidificación del océano, que puede afectar a la cadena trófica marina al dificultar la formación de caparazones en algunos organismos. El calentamiento también está obligando a algunas especies (el kril, entre ellas) a modificar sus zonas históricas de distribución, con repercusiones aún no conocidas en el ecosistema global.

Al mismo tiempo, la pesca comercial de kril (la mayor pesquería del océano Austral) ha aumentado muchísimo en la última década. Ese crustáceo se tritura y con él se hacen píldoras de aceite de kril destinadas al consumo humano; se usa además en la acuicultura y la alimentación del ganado, y también como fertilizante y en otros productos. Gran parte de esa pesca se concentra en zonas relativamente pequeñas y agota las reservas de alimentos de los pingüinos que se alimentan y anidan en ellas.

Sin embargo, no todas las noticias son pesimistas. La Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA), el organismo del Sistema del Tratado Antártico que supervisa la conservación de la biodiversidad en la región, está estudiando varias propuestas para ampliar las protecciones. Semejante esfuerzo podría reportar beneficios inmediatos para el kril y, a largo plazo, mejorar la resiliencia de las aguas ante las consecuencias del cambio climático (los estudios han demostrado que la vida marina dentro de las grandes zonas altamente protegidas soporta mejor el calentamiento de las aguas que las especies en las zonas no protegidas).

Los científicos llevan años advirtiendo de que la región antártica se calienta más deprisa que casi cualquier otro lugar del planeta, y las consecuencias de ese cambio no dejan de aumentar

Y la CCRVMA, con los 26 países miembros que fijan su política por consenso, ha demostrado su voluntad de actuar. En el 2009, la comisión estableció un área marina protegida (AMP) a lo largo de la plataforma sur de las islas Orcadas del Sur y, en el 2016, creó la AMP de la región del mar de Ross, que, con 2,06 millones de kilómetros cuadrados, sigue siendo la mayor área protegida (ya sea terrestre o marítima) del planeta.

Hay que aclarar que la CCRVMA se tomó su tiempo para proteger el mar de Ross y que desde entonces se ha estancado en sus esfuerzos de conservación. Según un marco adoptado en el 2011, los países miembros de la CCRVMA acordaron tener creada en el 2012 una red representativa de nueve AMP en todo el océano Austral; se trató, sin duda, de un objetivo demasiado ambicioso, pero también es cierto que la CCRVMA debería haber impulsado la creación de más de una AMP en los ocho años siguientes.

Ahora, la comisión puede empezar a ponerse al día. Las propuestas presentadas, si se adoptan, supondrán un gran paso hacia la conservación de la conectividad entre los múltiples ecosistemas únicos del océano Antártico; permitirán que la vida marina migre entre zonas protegidas para reproducirse y alimentarse, y contribuirán de forma significativa a los objetivos respaldados por la ciencia de protección global de los océanos. En concreto, decenas de gobiernos han expresado su apoyo a un llamamiento para proteger y conservar al menos un 30% del océano mundial en el 2030. En la actualidad, solo está protegido el 7,7%, según el MPAtlas del Instituto de Conservación Marina, una organización sin ánimo de lucro. Las tres propuestas que la CCRVMA estudiará en su 40.ª reunión anual de octubre elevarían esa cifra a un 8,86%.

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Fotografía de archivo facilitada por la oenegé Greenpeace que muestra un ballenero japonés que utiliza un arpón para cazar a una ballena en el Océano Antártico. 

EFE

Una de ellas (la propuesta de AMP para la Antártida oriental) salvaguardaría 970.000 kilómetros cuadrados de zonas oceánicas casi vírgenes en las áreas de MacRobertson, Drygalski y mar de Urville-Mertz, donde las corrientes costeras, incluido el giro oceánico de la bahía de Prydz, se mezclan con la corriente Circumpolar Antártica para sustentar una abundante vida marina en todo el océano Austral. Pingüinos, focas, kril y merluza austral son algunas de las muchas especies que prosperan en ese hábitat relativamente inexplorado y remoto. La propuesta de AMP incluye áreas altamente protegidas (con zonas de exclusión de la pesca de la merluza austral y el kril) y áreas que permiten la pesca respetando las medidas de conservación de la CCRVMA.

La reserva marina propuesta en el mar de Weddell cubriría más de 2,2 millones de km2 y se convertiría en la mayor zona protegida del planeta. Ese remoto mar costero cubierto de hielo cuenta con una biodiversidad excepcional: desde aves marinas como los petreles antárticos, los pingüinos emperador y de Adelia, así como múltiples especies de focas y ballenas, hasta una serie de criaturas que viven en el fondo, como esponjas vítreas (hexactinélidos), ofiuras y osedax (anélidos necrófagos). La propuesta del mar de Weddell es también una combinación de zonas muy protegidas y otras que permiten parcialmente la pesca.

La tercera AMP propuesta, la península Antártica, alberga abundante vida marina, como orcas y ballenas jorobadas, lobos marinos y focas cangrejeras, así como millones de parejas anidantes de pingüinos de Adelia, pingüinos barbijo y pingüinos juanito que anidan y se alimentan allí. La propuesta incluye una Zona de Protección General que cubre dos áreas de gran riqueza biológica (los estrechos de Bransfield y Gerlache) y prohibiría la pesca de kril en las zonas costeras de alimentación de los depredadores. También protege una parte del mar de Bellingshausen, que es una importante zona de desove y cría del kril, así como otras zonas de importancia ecológica. La pesca comercial de kril antártico centra sus operaciones en esa zona y compite con los depredadores que dependen de los cardúmenes de esos crustáceos como fuente primaria de alimento. La zona de pesca de kril permitiría la pesca comercial a los países miembros de la CCAMLR, de acuerdo con las medidas de conservación de la comisión.

El efecto combinado de la pesca concentrada y el cambio climático sobre el kril está reduciendo su disponibilidad, lo que crea un efecto dominó en toda la cadena trófica antártica

Estas tres AMP juntas añadirían casi 4 millones de kilómetros cuadrados de protección en el océano Austral, con lo que supondría una importante contribución al objetivo de proteger un 30% del océano mundial en el 2030. En combinación con las AMP existentes en el océano Austral y en las aguas subantárticas, su aprobación elevaría a más de 7 millones de kilómetros cuadrados la superficie total de océano protegido en la región.

La ciencia demuestra claramente por qué la CCRVMA debería aprobar esas AMP y avanzar rápidamente en la elaboración de propuestas para los otros cuatro ámbitos de planificación a cuya creación se comprometió en el 2011. Entre las investigaciones recientes sobre la región hay un estudio que muestra cómo las variaciones en la abundancia de kril afectan en gran medida al resto de la vida natural, lo que podría conducir a una cascada de alteraciones en todo el ecosistema.

El kril, ya sea de modo individual o en cardúmenes masivos (algunos de los cuales cubren hasta 100 kilómetros cuadrados), es una especie presa básica para las ballenas, las focas cangrejeras y aves como los pingüinos de Adelia, los petreles níveos y los fulmares australes. Y diversos depredadores, como las orcas y las focas leopardo, consumen especies que se encuentran más arriba en la cadena trófica y que a su vez dependen del kril como fuente de alimento.

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El perfil costero de la Antartida podría cambiar radicalmente si se pierde el hielo continental y sube el nivel del mar. 

Archivo

El kril también desempeña un papel en la captura y transferencia del dióxido de carbono desde la superficie del mar hasta las profundidades del océano. Según una investigación reciente dirigida por Emma Cavan del Colegio Imperial de Londres, el kril se alimenta en la superficie del océano de fitoplancton cargado de carbono y luego libera una lluvia de partículas fecales que se decantan hacia las profundidades del mar. Esta transferencia es enormemente beneficiosa, puesto que el carbono que alcanza profundidades de entre 800 y 1.400 metros en el océano Austral entra en corrientes marinas profundas en las que permanece durante décadas. El kril también se desplaza entre zonas poco profundas y profundas varias veces al día para alimentarse, lo que puede aumentar las posibilidades de transferencia de carbono desde las proximidades de la superficie hasta las profundidades de la columna de agua.

Además, la alimentación del kril también puede romper las células del plancton, liberar con ello nutrientes como el hierro y el amonio que pueden estimular el crecimiento adicional del plancton y facilitar la absorción del dióxido de carbono atmosférico en la capa superficial del océano.

En la actualidad, el efecto combinado de la pesca concentrada y el cambio climático sobre el kril (sobre todo, cerca de la costa de la península Antártica) está reduciendo su disponibilidad en la zona de alimentación de especies como los pingüinos barbijo y de Adelia, con lo que crea un efecto dominó en toda la cadena trófica antártica. Además de las presiones pesqueras, las temperaturas en torno a la península Antártica están aumentando más deprisa que en cualquier otro lugar del planeta. Según un estudio reciente (1), el área de distribución del kril antártico se ha desplazado más de 400 kilómetros (la distancia entre Bruselas y Frankfurt) hacia el sur desde la década de 1970 debido al calentamiento de las aguas oceánicas, un movimiento que podría amenazar aun más las especies que dependen de ese crustáceo.

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El rompehielos de la Real Armada británica RRS Ernest Shackleton. 

Archivo

En términos más generales, la salud del océano Austral se ve amenazada por los cambios relacionados con el clima en el propio océano (como la acidificación y los cambios en la concentración y duración del hielo marino) y los cambios en tierra que afectan a las especies marinas, como las olas de calor y el clima extremo. De hecho, las aguas del océano Austral han almacenado gran parte del aumento de calor de este siglo en la columna de agua superior del océano mundial, y el calentamiento también se está produciendo en las profundidades del océano de la región, según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). En respuesta a esos efectos, crece en el océano Austral la amenaza de especies nuevas e invasoras, y algunas poblaciones de animales han experimentado mortandades históricas y están cambiando sus áreas de distribución.

Según un informe de la ONU sobre la biodiversidad mundial en el que se advertía en el 2019 de la aceleración de las tasas de extinción de las especies, alrededor de un millón de especies ya están en peligro de extinción. Y un informe de ese mismo año del IPCC concluyó que el océano y las regiones cubiertas de hielo del planeta, o criosfera, están en primera línea de la crisis climática; y recomendó a los dirigentes mundiales que actuaran para aumentar el número y el tamaño de las AMP.

La buena noticia es que los científicos marinos están mayoritariamente de acuerdo en que el establecimiento de redes de grandes AMP resulta esencial para proteger la biodiversidad y proporcionar resiliencia al cambio climático. Tener una mayor resiliencia significa que los ecosistemas pueden resistir y recuperarse mejor de las perturbaciones asociadas a las condiciones cambiantes del océano y, al mismo tiempo, mantener los servicios vitales que prestan a la vida silvestre y las personas. Las redes de AMP también ayudan a las especies a adaptarse al cambio climático, ya que les proporcionan lugares para alimentarse y reproducirse sin interferencias humanas y crean vías protegidas para las migraciones de las especies y los cambios de áreas de distribución. Por último (y se trata de algo especialmente cierto en el océano Austral), las aguas protegidas pueden servir de laboratorio natural para estudiar cómo reaccionan los ecosistemas marinos vírgenes ante un océano que se calienta y se acidifica.

Pingüinos Adelia (Pygoscelis adeliae), una de las tres especies en la que se ha detectado presencia de microplásticos en sus heces.

Pingüinos Adelia (Pygoscelis adeliae), una de las tres especies en la que se ha detectado presencia de microplásticos en sus heces.

Getty Images/iStockphoto

Preservar la vida y el hábitat marinos únicos del océano Austral es un objetivo importante y alcanzable. En virtud del Tratado Antártico de 1959, una docena de países acordaron gestionar el continente como reserva natural consagrada a la paz y la ciencia. Ahora bien, ese acuerdo no se extendía al océano, por lo que en 1982 los miembros del tratado crearon la CCRVMA. Llegar a grandes acuerdos no suele ser fácil, sobre todo teniendo en cuenta la necesidad de consenso entre 26 países, pero en este caso las consecuencias del fracaso serían enormes.

Un estudio publicado en el 2018 en la revista Current Biology (2) muestra que solo un 13% de los océanos permanecen como espacios naturales, gran parte de ellos en las regiones polares; sin embargo, esas áreas tienen menos protección formal que casi cualquier otra parte del planeta. Además, la pesca comercial se está adentrando en los lugares más lejanos de nuestro océano y, en muchos sitios, está causando (o amenaza con causar) daños significativos y duraderos a las poblaciones naturales de fauna y flora y a su hábitat.

Mientras tanto, se siguen acumulando pruebas científicas que respaldan el llamamiento a una protección de un 30% en el 2030; y, dado que el océano Austral incluye algunos de los ecosistemas marinos más grandes y menos alterados del mundo, las nuevas AMP pueden contribuir en un porcentaje significativo a ese objetivo global. Un informe de junio del 2021 del Instituto Polar del Centro Wilson ha subrayando la urgencia de una acción inmediata y recomendado que en los próximos ocho años la CCRVMA tenga en cuenta las consecuencias potenciales del cambio climático en sus próximas acciones de conservación, incluido también un enfoque basado en el ecosistema para la gestión de la pesca y la ampliación de las protecciones del hábitat marino.

Cuando se reúna en octubre del 2021, la CCRVMA debe respetar la ciencia y los compromisos que ha asumido para proteger el vital, versátil y vulnerable océano Austral. Lograr ese objetivo significa aprobar las tres propuestas que están sobre la mesa y desarrollar nuevas propuestas para completar la red de AMP prometida hace diez años. Sólo si actúan de este modo, tendrán los países miembros de la CCRVMA la seguridad de que han hecho todo lo posible para salvaguardar unos ecosistemas casi prístinos que son fundamentales para la fauna antártica, el océano mundial y la comunidad científica.

* Andrea Kavanagh es directora de los esfuerzos de conservación de la Antártida y el océano austral de The Pew Charitable Trusts.

Notas

1. A.D. Rogers et al., “Antarctic Futures: An Assessment of Climate-Driven Changes in Ecosystem Structure, Function, and Service Provisioning in the Southern Ocean”, Annual Review of Marine Science, 12 (enero 2020), 87-120.
2. Kendall R. Jones et al., “The Location and Protection Status of Earth’s Diminishing Marine Wilderness”, Current Biology, 28: 15 (2018).





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