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¿Está usted decepcionado?, por Manuel Cruz

Feb 8, 2022 , , , , ,


Está usted decepcionado de la política?”, me preguntaba hace no mucho tiempo un periodista con motivo de la publicación de mi libro Transeúnte de la política, donde narro mi experiencia como parlamentario en las Cortes Generales. “No más que de la condición humana en general”, fue mi respuesta. Finalmente, ignoro por qué razón, esta parte de nuestro diálogo no apareció publicada (ni siquiera en la web del diario). Tal vez se omitió simplemente por demasiado escueta, por aburrida o, sin más, por metafísica.

Pero se me permitirá que presente otra hipótesis explicativa, a mi juicio no exenta de sentido. Tal vez el entrevistador esperaba otra respuesta, bajo otra clave, que le hubiera permitido abrir una serie de preguntas complementarias, previsible por completo, en línea inequívocamente crítica con la política actual en general y, en particular, con los partidos políticos realmente existentes y con todos los vicios en los que incurren de manera tenaz (todavía no se les habrá borrado de la retina a muchos lectores el lamentable es­pectáculo del pasado jueves en el Congreso).

Pleno en el congreso de los diputados control al gobierno  Pedro Sanchez

 

Dani Duch

Nada que objetar a tales críticas, excepto que se han convertido en un lugar común, que con demasiada frecuencia cumple la función de proporcionar alimento a los hambrientos de escándalo farisaico, felices de haber encontrado el perfecto chivo expiatorio (la mal llamada clase política) al que endosar todos los males de nuestra sociedad. Constatado lo merecido de los mencionados reproches, sin duda resultaría de utilidad enriquecerlos con otras consideraciones que pudieran ayudarnos, además de a entender mejor la situación, a intentar encontrar vías de salida de la misma (si en efecto estamos de acuerdo en que este es un lugar en el que no resulta deseable quedarse a vivir).

Los políticos deberían intentar parecerse no a los peores sino a los mejores ciudadanos

No estoy intentando rebajar, ni tan siquiera mínimamente, la gravedad de las acusaciones que vienen recibiendo en los últimos tiempos nuestros representantes públicos. La afirmación de que tenemos los políticos que nos merecemos o de que, cuando incurren en determinadas actitudes, también se están pareciendo a la sociedad que los ha elegido no puede servir ni como atenuante ni, menos aún, como argumento exculpatorio de nada. Pero deja en el aire una consideración que quizá valdría la pena que no cayera en saco roto. Porque, en el fondo, tal vez de lo que se trate en el presente momento sea de dilucidar, de una vez por todas, qué tipo de exigencias trasladamos a nuestros representantes.

No habría que descartar que el gran error de muchos de tales representantes no fuera tanto el de ser peores que el resto de los ciudadanos, como el de empeñarse en parecerse a los peores de ellos, esto es, a los más fanatizados, a los más intransigentes, a los más hooligans. Como si hubieran llegado al disparatado convencimiento de que conviene batallar para que nuestras cámaras legislativas queden convertidas en meras cámaras de resonancia del estruendo ambiental en el que vivimos inmersos. No pretendo sumarme al coro de los menores de edad mental (por evocar a Kant) que se pasan el día reivindicando que los que les mandan les den ejemplo. En el fondo, todo es más simple: se trata de que nuestros re­presentantes públicos le den la vuelta a sus equivocados convencimientos y caigan en la cuenta de que a quienes deberían intentar parecerse no es a los peores sino a los mejores ciudadanos. Que, por cierto, no son pocos.





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