• Vie. Sep 30th, 2022
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¿Existirá la OTAN en el 2030? La amenaza llega desde su interior


La pregunta tiene, por supuesto, voluntad provocadora. Quien haya trabajado un poco sobre la OTAN habrá hallado trabajos titulados: “OTAN, los primeros 50 años”, “Los primeros 60 años”, “Los primeros 70 años”. ¿Se escribirá uno titulado: “La OTAN, los últimos 80 años”? Probablemente, no: la OTAN seguirá existiendo en el 2030. Pero la Alianza Atlántica se enfrenta a cierto número de desafíos que son más internos que externos y que afectan a su misión profunda: en realidad, los aliados no saben ya muy bien para qué sirve realmente. Y la Alianza del 2030 debería ser menos pertinente de lo que fue en el pasado.

Recordemos, ante todo, la diferencia entre la Alianza y la OTAN. La Alianza Atlántica es un sistema político y estratégico de alianza entre, en un principio, una docena de países (treinta, en la actualidad) que asocia las dos orillas del Atlántico Norte, principalmente a estadounidenses y europeos. Esta Alianza debate sobre temas estratégicos en el seno de un órgano, el Consejo del Atlántico Norte (NAC). Con el curso de los años, ha creado una organización militar integrada, la OTAN, constituida sobre todo por una estructura de mando y una estructura de fuerzas, ambas subordinadas al NAC. De manera que, si la Alianza es política, la OTAN es operativa.

Los problemas son políticos, no operativos

No se trata de una distinción insignificante porque, en esencia, la mayoría de los problemas actuales de la Alianza son políticos, no operativos. De hecho, las condiciones estratégicas de la Alianza han ido cambiado con el tiempo. Nacida justo después de la Segunda Guerra Mundial, la Alianza evolucionó rápidamente para afrontar los retos de la guerra fría. Se transformó con éxito en la década de 1990 para hacer frente a los desafíos de la época posterior a la guerra fría.

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La sede de la OTAN en Bruselas, Bélgica. 

Stephanie Lecocq / EFE

No obstante, el cambiante entorno estratégico la ha puesto en la última década en una situación incómoda. Parece afectada por el inmovilismo al contrario de lo ocurrido entre 1990 y 2010, cuando demostró verdaderas capacidades de adaptación. Se enfrenta a un agotamiento estratégico y da la impresión de recurrir a viejas recetas para perpetuarse. Sin que sea ninguna sorpresa, esas viejas recetas no parecen adecuadas. Así, la Alianza debería seguir existiendo en el 2030, pero su utilidad real será muy reducida. Quizás eso no sea demasiado grave, puesto que significará cierta estabilidad estratégica en el área europea y la continuación del declive europeo en la escena mundial.

Tras haber mostrado la brillante transformación de la Alianza tras la guerra fría, veremos cómo la evolución estratégica posterior a ese período ha puesto de manifiesto los límites de la Alianza. Esta se enfrenta a una serie de cuestiones sin resolver que examinaremos y que sugieren que la Alianza ya no sabe cuál es su razón de ser.

Como guía de nuestra argumentación, recordemos la fórmula de lord Ismay, el primer secretario general de la Alianza, para quien en torno a 1950 las misiones de la Alianza eran: “to keep the Americans in, the Germans down and the Soviets out” (mantener a los estadounidenses dentro, los alemanes abajo y los soviéticos fuera).

Esos tres segmentos plantean hoy problemas estructurales.

Las cuestiones alemana, británica, francesa

“Mantener a los alemanes abajo” ya no es un problema en el 2021. La cuestión alemana se ha transformado en cuestión europea. Sin volver a la comparación entre la UE y la OTAN (que oscilan entre la verdadera competencia y la verdadera cooperación), la cuestión parece recordar la de los principales países europeos que integran la Alianza.

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Un caza francés Rafale despega del portaaviones Charles de Gaulle en la costa este de Chipre en una operación de seguridad de la OTAN. 

Mario Goldman / AFP

Alemania encontró un lugar en la escena europea gracias a su adhesión a la Alianza en 1955. Le mantiene una lealtad sin fisuras y nunca se arriesgará a abandonarla. El Tratado del Elíseo de 1963 fue ratificado por el Bundestag con la condición de que respetara ante todo la Alianza. Del mismo modo, el desarrollo de una Política Común de Seguridad y Defensa trata con mucho cuidado la primacía de la OTAN. Berlín se preocupa mucho de preservar ese equilibrio, intangible a sus ojos. Su posición geográfica en Mitteleuropa y la evidente ganancia de seguridad que supuso la ampliación (y, por tanto, el hecho de desplazar los lugares de posible combate varios cientos de kilómetros hacia el este) la llevan a encontrar un camino medio dentro de la Alianza, tratando con miramientos aquí a los aliados franceses, allí a los vecinos polacos, conservando siempre el contacto con los estadounidenses sin dejar de mantener relaciones aceptables con Moscú (aunque solo sea en lo que respecta a su política energética, que pasa por la construcción del gasoducto Nord Stream 2 en el lecho del Báltico, y que Joe Biden ha acabado por tolerar). En tanto que potencia de equilibrio, Alemania tiene una visión muy conservadora de la Alianza y no será una fuerza motriz en su evolución.

El Reino Unido se ha beneficiado durante mucho tiempo de la Alianza, que ha constituido un multiplicador de fuerza gracias a la confianza estadounidense. Ocupando un brillante segundo lugar, ha sido el agente europeo que llevaba las riendas e impulsaba las evoluciones: así, la creación de los estados mayores de reacción rápida en la década de 1990 siguió el modelo del Cuerpo Aliado de Reacción Rápida (ARRC) británico, que encabezó todas las grandes operaciones de la Alianza (Bosnia, Kosovo, Afganistán). Y Londres fue durante mucho tiempo el país que creó, para controlarla, la Identidad Europea de Seguridad y Defensa (IESD) dentro de la OTAN. Eso fue antes del Brexit, que lo cambiaría todo.

El primer secretario general de la Alianza, lord Ismay, resumió así hacia 1950 sus misiones: ‘Mantener a los estadounidenses dentro, los alemanes abajo y los soviéticos fuera’

En realidad, al enfrentar a Londres con sus socios en la UE, el Brexit ha provocado también disensiones dentro de la OTAN. El Reino Unido no puede ser el controlador de las relaciones con la UE. Londres quiere desempeñar el papel de buen alumno aliado, pero algo se ha roto en el modo en que es visto por los demás. Y la cuestión de la posible independencia de Escocia volverá al orden del día. De producirse, obligará a profundos replanteamientos (por ejemplo, es probable que haya que trasladar la base de submarinos nucleares; ¿será una Escocia independiente miembro de derecho de la Alianza?, ¿acaso querrá serlo?). Como vemos, el Brexit ha debilitado la posición del Reino Unido dentro de la OTAN, aunque sea algo poco visible.

En cuanto a Francia, pareció volver al redil al unirse a la organización integrada en el 2009. Sin embargo, los motivos que llevaron a ese regreso han desaparecido, sobre todo la primacía operativa. Francia abandonó Afganistán en el 2012 y Kosovo unos meses después. Participa en las rotaciones de la Fuerza de Respuesta de la OTAN (NRF) y en los relevos de la Presencia Avanzada Reforzada (eFP), pero no es que eso le sirva mucho. En el fondo, Francia se beneficia por sí misma de dos cosas que la mayoría de los socios buscan en la Alianza. Por un lado, posee una disuasión nuclear nacional que garantiza su soberanía última; salvo Gran Bretaña, los demás aliados se benefician del paraguas nuclear estadounidense a través de la Alianza. Además, Francia tiene una experiencia operativa muy sólida en los teatros de operaciones exteriores, probablemente la más completa del mundo junto a los estadounidenses y los rusos. Ha participado en todas las operaciones de los últimos treinta años, y en una multitud de marcos: ONU, OTAN, UE o territorio nacional, de Bosnia a Kosovo, de Afganistán a Oriente Medio (Líbano, Irak) y, por supuesto, en África (Libia, franja sahelo-sahariana, Costa de Marfil, República Centroafricana, Chad, etcétera). Puede llevar a cabo operaciones por sí sola, como demostró durante la operación Serval en el 2013, cuando desplegó una fuerza de cinco mil hombres en Mali. Estas dos razones hacen que Francia no tenga una necesidad crucial de la OTAN, ni para la garantía última de sus intereses vitales, ni para la mejora operativa de sus fuerzas armadas. Sin embargo, se beneficia, como los demás, de la interoperabilidad aportada por la Alianza. En todo caso, lo cierto es que puede mostrarse más distante en relación con la OTAN que los demás aliados europeos.

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Soldados suecos patrullan las calles de Visby, en la isla de Gotland, tras el auge de tensiones con la fronteriza Rusia. 

Reuters

Eso explica en gran medida la persistencia de la excepción francesa, a pesar del regreso del 2009. Francia tiene una evidente cultura estratégica autónoma. Se entienden así en buena medida las declaraciones del presidente Emmanuel Macron, quien en una entrevista con The Economist señaló que “la OTAN se encuentra en estado de muerte cerebral”. Aludía a las dificultades que plantea Turquía (desacuerdos en el Mediterráneo oriental y en Oriente Medio), pero la fórmula se enmarcaba en el contexto de la presidencia estadounidense de Donald Trump. Para ser exactos, la OTAN (como organización) funciona bien, la dificultad está más bien en el plano político, el de la Alianza. La fórmula resultó impactante (probablemente porque contiene algo de verdad) y tras un informe de los sabios, la Alianza concluyó que es necesario redactar un nuevo Concepto Estratégico. El tiempo dirá si se trata de una medida cosmética o de un cambio radical.

La cuestión europea: mantener a los europeos abajo

De modo que los tres principales países europeos de la Alianza tienen dificultades para dirigir la transformación. Las relaciones con la UE son buenas, pero persiste una profunda discrepancia en torno a la propuesta francesa de “autonomía estratégica europea”, apoyada por Macron. La idea no gusta demasiado al resto de europeos, que ven en ella, por un lado, una maniobra francesa para controlar el continente y, por otro, un riesgo de competencia y, por lo tanto, de debilitamiento de la garantía de seguridad ofrecida por la Alianza, que todos consideran frágil. Mientras que París considera que la autonomía estratégica europea complementa la OTAN y la consolida, los demás aliados ven justo lo contrario: para ellos, el vínculo transatlántico es frágil y, sobre todo, no hay que tocarlo.

En cuanto a los estadounidenses, se muestran como siempre ambiguos y treinta años de relaciones OTAN-UE no han contribuido realmente a aclarar las cosas. A finales de los noventa, cuando empezó a ponerse en marcha la defensa europea tras la cumbre de Helsinki, Madeleine Albright hizo todo lo posible para que la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) quedara restringida a la mínima expresión y en un papel subordinado a la Alianza.

La idea francesa de la ‘autonomía estratégica europea’ no gusta al resto de europeos. La ven como una maniobra para controlarlos y un riesgo de debilitamiento de la garantía de seguridad de la Alianza

Los europeos, y los franceses en particular, se han esforzado mucho en los debates sobre el reparto de las cargas de estos últimos años en explicar que un aumento de los presupuestos de defensa pasaba por una mayor autonomía: no es algo que haya convencido a los atlantistas. Washington quiere en el fondo dos cosas contradictorias: mantener su control sobre la Alianza y perpetuar así esa cómoda herramienta, algo por lo demás que los europeos aceptan de buen grado; y al mismo tiempo, desentenderse de lo europeo por otros motivos estratégicos (a los que volveremos) y que los europeos velen más por sí mismos, pero dentro de la Alianza. Esta ambigüedad fundamental dura ya treinta años y el nuevo rumbo dado en Washington no aborda ese obstáculo. Por ello, cabe temer que el nuevo Concepto no resuelva la cuestión; sobre todo, porque los dirigentes estadounidenses solo ven a los aliados europeos como un apoyo lejano a su gran estrategia en el Indo-Pacífico.

Al final, la Alianza sirve para “mantener a los europeos abajo” en el ámbito estratégico, aunque no sea algo que se exprese de un modo tan claro. Y la mayoría de los europeos se conforma con semejante reparto de papeles.

La cuestión estadounidense: contención de China

Hay, pues, una cuestión estadounidense a la que hay que volver brevemente. Como siempre, los europeos se enfrentan al eterno problema al que se enfrentan desde la Primera Guerra Mundial: ¿cómo asegurar el vínculo transatlántico? ¿Cómo “mantener a los estadounidenses dentro”? Desde los orígenes de la Alianza, la mayor parte de los debates gira en torno a esta cuestión: creación de la organización propiamente dicha a principios de la década de 1950, despliegue de trescientos mil soldados en Europa como “rehenes putativos”, cuestión nuclear en la década de 1960, distensión y control de armamentos en la década de 1970, crisis de los euromisiles en la década de 1980…

FILE - In this Dec. 4, 2019, file photo, NATO Secretary General Jens Stoltenberg, center front left, speaks with U.S. President Donald Trump, center front right, after a group photo at a NATO leaders meeting at The Grove hotel and resort in Watford, Hertfordshire, England. From left, French President Emmanuel Macron, Norway's Prime Minister Erna Solberg, German Chancellor Angela Merkel, Poland's President Andrzej Duda and Greek Prime Minister Kyriakos Mitsotakis. World leaders including Macron, Merkel, Solberg and Stoltenberg, are condemning the storming of the U.S. Capitol by supporters of President Donald Trump.(AP Photo/Francisco Seco, File)

Trump ya puso en duda la continuidad de EE.UU. en la OTAN. 

Francisco Seco / AP

La época posterior a la guerra fría ha suscitado cuestiones similares: Donald Rumsfeld declarando que “la misión hace la coalición”, la teoría del “liderazgo desde atrás” propuesta por Barack Obama, el concepto del “pivotar hacia Asia”, Donald Trump declarando que “la Alianza está obsoleta”, por no hablar de las decisiones unilaterales estadounidenses como el no ataque en Siria en el 2013 o la decisión de retirarse de Afganistán tomada sin consulta alguna con los aliados.

Sin embargo, Washington también ha querido mostrarse atento con los europeos. En el segundo mandato de Obama se enviaron brigadas a Europa y se adoptó la eFP, Donald Trump se desdijo de sus declaraciones y mantuvo el país en la Alianza (tras haber planteado la retirada estadounidense de ella), Joe Biden hace muchos esfuerzos para tranquilizar a sus aliados. De todos modos, digámoslo en pocas palabras: los estadounidenses tienen la cabeza en otra parte, y para ellos Europa no es ni un problema ni una solución. El tema de la desvinculación adquiere, por lo tanto, un significado diferente.

La reafirmación de la presencia estratégica de Rusia por parte de Putin ha sido continua durante los últimos 20 años, aunque es pragmática y se cuida de no ir demasiado lejos, como en la guerra fría

La prioridad otorgada al Asia-Pacífico y, en especial, a China fue iniciada por Barack Obama, perseguida activamente por Donald Trump y continuada por Joe Biden. Cada uno de ellos, por supuesto, con opciones de aplicación ligeramente diferentes; sin embargo, el movimiento general es claro. Se traduce en una desinversión en teatros antaño considerados prioritarios: Europa, sin duda, pero también el diálogo estadounidense-ruso (denuncias unilaterales por parte de Trump de los tratados de control de armas: Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio y Tratado de Cielos Abiertos), Oriente Medio (denuncia del tratado de control nuclear con Irán por parte de Trump, estudio de una posible retirada de Irak por parte de Biden) o Asia Central (retirada de Afganistán). Ahora todo está subordinado a la gran estrategia de contención de China, con el consiguiente riesgo de ofender a los aliados. El reciente acuerdo AUKUS con Australia y el Reino Unido, en detrimento de Francia, es una muestra de ello. También es reflejo de un Gobierno estadounidense que todavía no está en orden de marcha y tan obsesionado con la cuestión china que olvida sopesar las consecuencias colaterales de decisiones importantes. Ese distanciamiento con Francia, aliado principal que es, por otra parte, el único europeo en tener territorios y presencia militar continua en el Indo-Pacífico, ha obligado a Biden a estrechar lazos con Macron en un esfuerzo de rectificación. En cualquier caso, el incidente demuestra la disposición mental de un Washington que ya no mira al Atlántico sino al Pacífico: eso preocupa a los aliados europeos.

La cuestión rusa: mantenerlos fuera

Dentro de esa perspectiva, la cuestión rusa acaba constituyendo el último pilar de la vieja estrategia aliada: “mantener a los soviéticos fuera”. La reafirmación de la presencia estratégica de Rusia por parte de Putin ha sido continua durante los últimos veinte años. De todos modos, es pragmática y se cuida de no ir demasiado lejos al tiempo que sigue las reglas del juego de la guerra fría, en su momento bien codificadas y hoy olvidadas en gran medida por los aliados. De ellas forman parte las demostraciones de fuerza (grandes ejercicios, vuelos cerca de las fronteras, etcétera): algunos aliados las toman al pie de la letra y exageran su importancia para insistir en la presencia a sus ojos de una amenaza estratégica existencial.

En cierto modo, es algo que conviene a las dos partes: a los aliados europeos que dan voces de alarma (estados bálticos, Polonia, Rumanía…), pero también a Rusia que ve por fin con satisfacción aumentado su papel estratégico: es un modo de recuperar el peso que tenía durante la guerra fría y que a todas luces ya no tiene. Debe recordarse que su PIB es el mismo que el de España y que, dejando de lado, claro está, el ámbito nuclear, el conjunto de sus fuerzas armadas es muy inferior al conjunto de las fuerzas de la Alianza (incluso sin contar las fuerzas estadounidenses).

(FILES) This file photo taken on July 31, 1991, shows US President George Bush (L) and his Soviet counterpart Mikhail Gorbachev during a press conference in Moscow concluding the two-day US-Soviet Summit dedicated to the disarmament. - Former Soviet leader Mikhail Gorbachev said on Dember 24, 2021,  that Washington grew

Los presidentes Bush de EE.UU. y Gorbachov de la URSS, en una conferencia sobre desarme en 1991. 

Mike Fisher / AFP

La cuestión rusa parece así más magnificada que real, en beneficio de ambas partes; y, de modo paradójico, más de la Alianza. Gracias a esa amenaza, justifica su existencia y evita plantearse unas cuestiones más existenciales que surgen de la evolución estratégica del mundo contemporáneo. De hecho, la cuestión rusa no existe. Más exactamente, la cuestión rusa es una respuesta indirecta a cuestiones planteadas en otros lugares y a las que la Alianza no quiere responder.

La cuestión turca: mantenerlos fuera

Mencionemos rápidamente la cuestión turca. Se trata de un aliado que sigue un camino estratégico complejo. De entrada, por razones de política interna y, luego, por razones de política regional. La trayectoria política de Recep Erdogan ha evolucionado muchísimo en los últimos veinte años, lo que se refleja en un endurecimiento de su base política. Tras separarse de sus apoyos gülenistas a raíz de la intentona golpista del 2016, ha evolucionado hacia un nacionalismo más clásico.

Eso ha influido en su estrategia en relación con Siria. Así, en un principio respaldó con firmeza las fuerzas de resistencia al Gobierno de Bashar el Asad, hasta el punto de enfrentarse a Rusia. A continuación, cambió su posición según tres líneas: por un lado, la creación de zonas de seguridad ocupadas en la frontera siria; por otro, la reanudación de la lucha contra los kurdos sirios (una forma de justificar un eje de política interior); por último, una alianza de facto con Rusia, hasta el punto de comprar sistemas de defensa aérea S-400, lo que obviamente constituye un desafío a la OTAN. Por lo tanto, existe una cuestión turca dentro de la Alianza.

Turquía está jugando un juego muy personal -alianza con Rusia y ciertos yihadistas, y oposición directa con aliados como Grecia y Francia- que plantea la cuestión de su presencia dentro de la Alianza

Y esa cuestión se ve acentuada por un renovado activismo en otros escenarios de proximidad: así, Turquía apoyó directamente la ofensiva azerí contra Armenia (aunque ambos países son socios de la Alianza); luego, hizo lo mismo con los rebeldes de Misrata en Libia para contrarrestar la ofensiva del mariscal Haftar e incluso envió a yihadistas sirios a participar en la lucha. Al hacerlo, Ankara firmó con Trípoli (en contradicción con el derecho internacional) un acuerdo de delimitación de las aguas territoriales que provocó un aumento de la tensión con otros agentes de la región: con Grecia, en primer lugar, pero también con Francia, uno de cuyos barcos fue “iluminado por el radar”, lo que se considera un acto muy hostil. Dicho de otro modo, Turquía está jugando un juego muy personal (alianza con Rusia y con ciertos yihadistas, oposición directa con aliados como Grecia y Francia) que plantea la cuestión de su presencia dentro de la Alianza.

Los aliados guardan un incómodo silencio sobre el tema.

La cuestión de China: la principal

Por último, China, que es a todas luces la principal cuestión estratégica contemporánea. Mencionemos ante todo que está situada geográficamente en el lado opuesto del Atlántico, fuera de la zona de la Alianza. Sin embargo, en los últimos años, la Alianza ha mostrado cierto interés por la región gracias a dos fenómenos: por un lado, el conflicto de Afganistán, que ha llevado a la Alianza hasta las fronteras occidentales de China; por otro, una política más general de asociación, llamada “asociación en el mundo” o “socios alrededor del mundo”, que ha establecido vínculos con países como Afganistán, Australia, Colombia, Irak, Japón, Corea del Sur, Mongolia, Nueva Zelanda y Pakistán. Salvo Colombia e Irak, el resto de países afectan a China de forma directa (Afganistán, Corea, Japón, Mongolia, Pakistán) o indirecta (Australia, Nueva Zelanda). Además, la Alianza ha identificado un “grupo de los cuatro” (Australia, Corea del Sur, Japón y Nueva Zelanda) hasta el punto de invitarlos a una reunión ministerial en diciembre del 2020 en la que se debatió “la evolución de las relaciones de poder a escala mundial y el auge de China”.

La cuestión de China se debatió, por supuesto, en la última cumbre de la Alianza, celebrada en Bruselas en junio del 2021. Los jefes de Estado y de Gobierno declararon: “La creciente influencia de China y sus políticas internacionales pueden plantear retos a los cuales debemos responder juntos, en tanto que Alianza. Interactuaremos con China para defender los intereses de seguridad de la Alianza”.

El próximo Concepto Estratégico de la Alianza tendrá que encontrar el equilibrio adecuado entre el apoyo político a los estadounidenses y el mantenimiento del diálogo con los chinos

En realidad, los aliados se enfrentan a la misma incertidumbre que a principios de la década del 2000. Entonces, tras los atentados del 11 de septiembre, la atención mundial se centró de repente en un tema (el terrorismo) y en los lugares de interés estratégico estadounidense: Afganistán y luego Irak. Como muestra de solidaridad con Washington, la Alianza participó en una operación en Asia Central, lejos de la zona OTAN. Para evitar cualquier riesgo de desvinculación, los aliados se embarcaron en esa expedición lejana. Veinte años después, el mecanismo es similar: EE.UU. está preocupado por China, aun más lejos de la zona OTAN, y los aliados están tentados de seguirlo para evitar de nuevo cualquier riesgo de desvinculación. Eso explica la preocupación por el Indo-Pacífico, si bien los europeos no tienen necesariamente las mismas percepciones estratégicas que Washington. Para Berlín, por ejemplo, China constituye un mercado provechoso y hay que evitar una política demasiado dura. París también busca una política equilibrada y menos marcada por el enfrentamiento directo con Beijing.

El próximo Concepto tendrá que encontrar el equilibrio adecuado entre el apoyo político a los estadounidenses y el mantenimiento del diálogo con los chinos. Sin embargo, está claro que ninguna de las soluciones anteriores (asociación u operaciones) funcionará. En última instancia, el Indo-Pacífico no puede servir de justificación para la Alianza.

Conclusión

La Alianza reunió originalmente a las dos orillas del Atlántico en un contexto bipolar con características estratégicas evidentes, aunque no fuera fácil tratarlas en su momento. En la actualidad se ha olvidado hasta qué punto la Alianza experimentó crisis, a veces muy agudas, y al final las superó. Esta memoria histórica podría llevar al observador a relativizar la actual crisis de la Alianza.

Por el contrario, conduce a inquietarlo, porque la crisis actual es latente. En el pasado, los problemas dieron lugar a debates numerosos y públicos. Hoy en día, esos debates están en sordina y solo interesan a los especialistas. En muchas capitales, la Alianza está descuidada. Los dirigentes políticos y militares asisten a las reuniones por costumbre, pero sin interés real. Muchos tienen su atención puesta en otras partes: Washington mira al Pacífico, París al Mediterráneo y África, Ankara al Cáucaso o Siria, mientras que Londres sigue debatiéndose con las consecuencias de su Brexit. Algunos de los nuevos miembros persisten en considerar a Rusia como una amenaza existencial, lo que no molesta a Moscú, que se siente halagado de ser visto como en los viejos tiempos de la guerra fría.

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La oposición entre dos miembros clave de la OTAN como Turquía y Francia (en la imagen sus presidentes, Erdogan y Macron), hace dudar de la estabilidad interna dentro de la Alianza.

Adem Altan y Ludovic Marin / AFP

Básicamente, la Alianza es un sistema occidental creado en el siglo XX y que no parece adecuado para las nuevas condiciones estratégicas. De no existir, no lo inventaríamos. Sin embargo, como está ahí, conservamos esa herencia pensando que alguna utilidad tendrá. Ahora bien, ese interés relativo concedido a la Alianza acelera su obsolescencia. Como no se toca, como la herramienta no se vuelve a afilar, se va degradando cada vez más hasta el punto de quedar completamente obsoleta. La falta de innovación en los círculos aliados, el conservadurismo latente que impera en las mentes, la incapacidad de responder a las numerosas cuestiones estratégicas que hemos enumerado son otros tantos riesgos mortales para la organización. La Alianza seguirá existiendo en el 2030, pero probablemente será menos relevante.

Es de temer que el próximo Concepto Estratégico sea más un remedo que el remedio necesario para revitalizar la Alianza. Tal vez no sea algo muy grave, si ese remedo basta para satisfacer a todas las partes interesadas, tanto a estadounidenses como a europeos, contentos de mantener el viejo club donde uno se siente a gusto entre amigos.

Un viejo club, cómodo y obsoleto.

* Olivier Kempf es general de brigada en la reserva, ha servido en la OTAN (Nápoles, Mons, Evere). Es autor de ‘L’OTAN au XXIe siècle’ e investigador asociado de la Fondation de la Recherche Stratégique y director de La Vigie, gabinete estratégico.





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