• Mié. Oct 5th, 2022
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Fractura republicana en EE.UU., por Editorial



La estabilidad de su sistema democrático se ha convertido en un problema en Estados Unidos. Desde que varios miles de fanáticos trumpistas asaltaron el Capitolio de Washington en enero del pasado año, se ha venido instalando en amplios sectores del país un relato que califica esa insurrección de motivo de orgullo, de manifestación política y de intento de combatir una elección que creen ilegítima.

Una corriente de opinión alentada por el propio Trump y a la que en los últimos meses se han sumado legisladores y líderes del Partido Republicano, sabedores del enorme poder que el expresidente sigue teniendo sobre el partido y de que quien se mueve no sale en la foto. La gran mayoría de republicanos, salvo unos pocos caídos en desgracia, han optado por centrar el debate no en la protesta violenta sino en las infundadas acusaciones de fraude electoral para justificar así lo ocurrido el 6 de enero del 2021.

Algunos senadores se niegan a calificar el asalto al Capitolio de “discurso político legítimo”

Pero ahora, a pocos meses de las elecciones legislativas de medio mandato del próximo noviembre, la división sobre cómo afrontar el asalto al Capitolio está aflorando dentro del partido. Hace unos días, el Comité Nacional Republicano (RNC), sin debate ni votación, sancionó políticamente a Liz Cheney y a Adam Kinzinger, los dos únicos republicanos que forman parte del comité de la Cámara de Representantes que investiga el asalto, y aprobó calificar esos hechos de “discurso político legítimo”. Dos decisiones que no han gustado al líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, quien se ha desmarcado del trumpismo, ha calificado el ataque al Capitolio de “insurrección violenta” y ha criticado que el GOP (Gran Old Party), como son conocidos los republicanos, señale con el dedo “a los miembros de nuestro partido que pueden tener opiniones diferentes a las de la mayoría”. A esta opinión se han unido otros senadores republicanos moderados, entre ellos Mitt Romney, el único que votó a favor del primer impeachment de Trump y uno de los siete que también lo hicieron en el segundo, por instigar el asalto. También el gobernador de Maryland, Larry Hogan, ha criticado las decisiones del RNC. La reprobación de los congresistas Cheney y Kinzinger es otro intento republicano de contentar a Trump, pero la reacción de McConnell –a quien Trump calificó hace días de “viejo cuervo”– se desmarca de la narrativa trumpista y hace aflorar una división y una valoración política distinta que puede tener un papel clave en las elecciones de noviembre, en que los republicanos aspiran a controlar las dos cámaras.

El cruce de declaraciones muestra la guerra abierta en el seno del partido entre los seguidores y los acólitos de Trump por un lado, y el aparato más tradicional y moderado de los con­servadores. La fractura republicana se em­pezó a ver tras la derrota del expresidente y ha colocado al partido en la tesi­tura de tener que decidir si su centro de gravedad está en el extremismo alimentado por Trump o en la posición moderada del establishment y de senadores como Mc­Connell y Romney. De momento la mayoría del partido parece comulgar con las tesis del expresidente, y no hay que olvidar que en los últimos siete años, cuando ha habido que elegir entre estar con Trump o contra él, el respaldo al líder ha sido siempre abrumador.

Pero así que se acerque la fecha electoral, la brecha republicana podría agrandarse si muchos candidatos ven que su elección puede peligrar si siguen defendiendo la insurrección en la sede del poder legislativo estadounidense. McConnell, que no da puntada sin hilo, ha dejado clara la advertencia de que dejar que las mentiras de fraude electoral de Trump y la desinfor­mación sobre el 6 de enero del 2021 dominen la campaña le puede salir muy caro al Partido Republicano, al mismo tiempo que ponía al descubierto la división que perseguirá al partido hasta noviembre.





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