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Ivy Walker y una muerte en Balmoral

Sep 23, 2022 , , , ,



La semana pasada hablábamos de cómo todo modelo de civilización necesita unas ficciones compartidas que dan forma a sus normas, su economía y sus costumbres aceptadas. Y subrayábamos que es clave que exista un consenso amplio en torno a esas ficciones. Y varios lectores subrayaban que la película El Bosque de M. Night Shymalan encarnaba, además de las mencionadas, esa reinterpretación de la caverna platónica.

Pero encarna algo más: encarna en qué medida esas ficciones son imprescindibles y vulnerables. Por tanto, en qué medida el orden social, la economía e incluso el ejercicio del poder puede ser efímeros. A veces, con que un solo miembro de la comunidad descrea, como ocurre en la película de Shyamalan con la joven ciega Ivy Walker (Bryce Dallas Howard), todo se viene abajo.

En La historia interminable, del recién desaparecido Wolfgang Petersen, la respuesta al misterio principal, por qué la Nada que se está tragando el reino de Fantasía, no es más que el escepticismo de las sociedades humanas y el remedio es tan sencillo como volver a soñar y creer en los prodigios. En el desenlace, la Emperatriz Infantil (Tami Stronach) le explica a Bastian (Barret Oliver) que para refundar Fantasía, basta darle a ella un nuevo nombre. Las tradiciones religiosas y filosóficas, pero también la teoría política, saben bien del poder demiúrgico que reside en el acto de nombrar. Es suficiente dejar de decir “crimen pasional” y hablar de “violencia machista” para que un mundo empiece a morir y otro nazca. “Si lo construyes, él vendrá”, le decía a Kevin Costner un campo de maíz en la ingenua y conmovedora Campo de sueños, de Phil Alden Robinson.

En la emocionante escena final de El club de los poetas muertos, de Peter Weir, vemos como se disuelve el poder de un riguroso director de colegio cuando los alumnos de una clase simplemente dejan de respetar su autoridad y se suben a una mesa mientras este se desgañita. El cuento de El traje nuevo del emperador sintetiza de forma muy elocuente cómo se articula una sociedad autoritaria y en qué medida es vulnerable a un solo disenso, como veíamos en El Bosque. Basta que un niño grite que el emperador va desnudo para que todo un mundo se venga abajo. La autoridad reside en los que creen en ella.

Al travieso cineasta noruego Ruben Ostlund le encanta jugar con ese mecanismo dramático tan simple de agrietar alguna convención y ver el mundo arder. Por ejemplo, en The Square, todo un orden de convenciones burguesas se tambalea cuando un artista lleva una performance un poco más allá de lo consensual, mientras que otra convención, la familia, salta por los aires en la película Fuerza mayor, por la reacción fortuita e inconveniente de uno de sus miembros.

Pero en las sociedades democráticas, el sistema es menos vulnerable en la medida en que la mayor parte de las ficciones funcionales lo son por apoyo de la mayoría y conviven con los disensos sin que estos puedan destruirla. Incluso los mitos fundadores pueden ser revisados para generar consensos sobre ficciones de más calidad. Ese es el sentido último de las leyes de Memoria: pactar una lectura convencional del pasado que reemplace a otra también convencional y que sea más útil a la ética del presente. Para eso existen películas como JFK, caso abierto, de Oliver Stone, Australia, de Baz Luhrman, o Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar, para regular nuestros convenios. Quien murió en Balmoral solo era reina en virtud de cuánta gente crea que lo era, y esto quizá explique el silencio del CIS español sobre el particular. Así se sensibles son las convenciones.

E idéntico funcionamiento tiene la economía, en especial la financiera, basada en que existe (y por tanto puede usarse) un dinero que aún no existe. Basta con que un número determinado de sujetos deje de creer en ese valor ficticio y venda sus acciones para que ese dinero se esfume y una compañía cotizada pierda todo su valor, como veíamos en La gran apuesta, de Adam McKay.

Pero en los sistemas autoritarios, el poder depositado en la fe de los súbditos es mayor que en los democráticos porque las ficciones compartidas, como por ejemplo quién manda, no han sido sometidas a escrutinio y no pueden convivir con su disenso. Y es por eso que Ebrahim Raisi y Vladimir Putin se afanan en reprimir a la gente en las calles de Teherán y Moscú. 





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