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Kíev, una capital a la espera de un desenlace

Feb 6, 2022 , , , ,


Son los tristes recuerdos y tragedias de los últimos años, la rabia y un futuro en el que nadie aquí quiere pensar lo que hace estallar a Alexánder: “Si se atreven, que ataquen. Ya les recibiremos”. Ya en edad de jubilación, sube con tiento por la empinada y helada cuesta de una de las calles mas emblemáticas de la historia reciente de Ucrania, la de los héroes de la Centuria Celestial.

En este lugar, más de cien personas murieron durante los días más terribles de la revolución proocidental del Maidán, víctimas la mayoría de disparos de francotiradores. Fueron los primeros muertos de largos años de enfrentamiento y guerra con Rusia. Luego, tras el “robo” de la península de Crimea, se sumaron también las de la guerra del Donbass, más de 13.000.

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Una trabajadora de los servicios de limpieza en una calle de Avdiivka, cerca de la zona pro rusa de Donetsk

STANISLAV KOZLIUK / EFE


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Agencias

FILE PHOTO: A militant of the self-proclaimed Luhansk People's Republic holds a weapon at fighting positions on the line of separation from the Ukrainian armed forces in the village of Zholobok in Luhansk Region, Ukraine January 25, 2022. REUTERS/Alexander Ermochenko/File Photo

Nadie desea que haya más, pero tampoco sabemos qué pasará, lo único que podemos hacer es estar preparados”, dice cuando logra llegar a la pequeña capilla de madera junto a los retratos de los fallecidos en 2014.

“Aquí hay más de los que murieron en febrero durante el Maidán, porque hubo más que tuvieron que ser hospitalizados y murieron luego”, explica el cuidador de la capilla, mientras se afana bajo la bandera nacional (campo de trigo bajo cielo azul) en colgar un retrato cerca de una pequeña campana.

“Si Putin nos ataca”, prosigue Alexánder citando al presidente ruso, “pondrá en contra a todo un país. Parece que allí no son conscientes de esto. Todos tenemos familiares, amigos, conocidos que han participado en la guerra del Donbass”, algo que le toca muy de cerca. “Los voluntarios han ido porque así lo han querido, pero otros lo han hecho obligados. Como mi hijo, que es oficial del ejército y, aunque no quisiera, tuvo que hacer la guerra. Eso no se olvida”.


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Ismael Arana

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Desde el pasado otoño Rusia mantiene desplegadas en sus provincias más occidentales, próximas a la frontera ucraniana, más de 100.000 militares. Estados Unidos, aliado del Gobierno de Ucrania, lleva alertando desde entonces sobre planes de ataque o invasión del país vecino, citando fuentes de su inteligencia.

“Nací y he vivido aquí 38 años; no quiero ponerme en lo peor, pero si pasa tengo que defender mi tierra”

Moscú niega que tales planes existan. Pero no ha retirado a sus tropas, pues le sirven de presión para intentar arrancar a Washington y a la OTAN un nuevo acuerdo de seguridad en Europa que le beneficie. Eso ha elevado la tensión en la región y ha impulsado una intensa actividad diplomática para que en esta segunda guerra fría no se llegue a una situación que recuerde a la crisis de los misiles cubanos de 1962, el capítulo donde más cerca estuvieron las potencias nucleares del conflicto final.

La capital ucraniana, Kíev, contiene la respiración. Por las autopistas que atraviesan esta ciudad de tres millones de habitantes se dejan ver vehículos militares. Se ven algunos soldados paseando por la céntrica y hermosa calle Jreschátik. Pero no se respira esa alarma bélica que está recordando al mundo los tiempos más convulsos el siglo pasado.

“Hacemos vida normal. Nada ha cambiado, ¿acaso no estábamos en guerra antes? Nuestros soldados llevan muriendo años en el este”, apunta una mujer, de nombre Irina, al otro lado de la plaza (Maidán) de la Independencia, epicentro de aquella revolución de 2014 que marcó lo que parece para Ucrania un viaje sin retorno a la vista.

“Nadie desea más muertos; pero no sabemos qué ocurrirá; lo único que podemos hacer es prepararnos”

Tal vez sea por eso por lo que Kíev se mantiene en calma, algo que puede parecer impensable a quien lea en otros países las noticias y las declaraciones sobre esta crisis. Los jóvenes llenan con sus paseos y alegrías el centro de la capital ucraniana. Se oyen conversaciones en ruso y ucraniano en una proporción similar.

Sigue habiendo algún bardo intentando cambiar sus canciones por monedas a la salida del metro, el histórico mercado de Besarabia funciona como siempre y el centro comercial subterráneo Globus, con sus cafés y restaurantes, está a plena actividad. Sí, podríamos señalar una diferencia con años anteriores: la mascarilla y los carteles y consejos sobre el coronavirus. Pero, ¿no ocurre eso en todo el mundo?


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Un reportero local apunta que, además, la guerra queda lejos de Kíev y es cierto que la mayoría de la gente puede vivir ajena a esa realidad.

Sin embargo, no todos siguen haciendo la vida de antes. Oleh, un voluntario que ocupa su tiempo libre en buscar ayudas donde sea para un hospital militar, dedica tres días a la semana a entrenarse en prácticas militares y uso de armamento.

La situación de guerra permanente durante ocho años ha cambiado a la fuerza la imagen de la ciudad

“En cada barrio hay algún atóshnik que se encarga de enseñar a los demás cómo estar preparados”, dice refiriéndose al nombre que se da a quienes han combatido contra los separatistas prorrusos de las provincias ucranianas de Donetsk y Luhansk, territorio declarado como zona de operación antiterrorista (ATO). “Esos días corremos, practicamos disparos o aprendemos cómo lanzar granadas. Incluso tenemos un refugio antibombas que antes nunca pensábamos ni que existiese, pero que ahora puede que tengamos que utilizar. Todos esperamos que no sea así. Pero si tiene que ser, que sea. Nací y he vivido aquí 38 años, tengo que defender mi tierra”, reafirma cuando me lo encuentro cerca de lo que él llama gráficamente “muro de las lamentaciones”.

Antes esa pared solo era uno de los azules muros que rodean el recinto del monasterio y la catedral de San Miguel de las Cúpulas Doradas. Ahora es un memorial por quienes han perdido la vida en el este de Ucrania en los últimos ocho años. En el “Muro del recuerdo por los héroes caídos en la guerra ruso-ucraniana” están los retratos, personas con nombre y apellido, de quienes formando parte del Ejército, la Guardia Nacional, el Servicio de Fronteras, el Ministerio del Interior, el Servicio de Seguridad, la Policía Nacional ucranianas, o siendo voluntarios, dieron la vida por su país.

La situación de guerra permanente ha cambiado el panorama de la ciudad a la fuerza. Y no solo por la creación de estos altares públicos. Dentro de la política de diferenciarse del agresor, ahora es casi imposible ver un cartel o un anuncio cara al público en ruso. Por el centro de Kíev, lo que se lleva es el inglés, que sirve de reclamo publicitario.

“¿Acaso no estábamos en guerra antes? Nuestros soldados llevan muriendo años en el este del país”

Pero hables con quien hables, en Kíev todo el mundo subraya que esta no es una guerra contra los rusos o contra la cultura y el idioma rusos. “Todo ciudadano ucraniano entiende las dos lenguas. No hay rechazo. Uno puede hablar ruso o ucraniano en su casa, pero entiende perfectamente si te diriges a él en el otro idioma. Esta es más una cuestión de los políticos”, parece quejarse Alexánder.

Él tampoco entiende la agresividad rusa. “¿Cuántos años tiene Kíev? Casi 2.000. ¿Y Moscú? Solo 800. No pueden decir que ellos son importantes y nosotros no somos nada”.

Y señala que buena parte de la población de las exrepúblicas soviéticas se sigue sintiendo cerca de los otros países. Profesional del transporte, el pensionista explica que trabajó conduciendo camiones de gran tonelaje en Asia Central y el norte de Siberia. “Cuando se rompió la Unión Soviética me vine aquí, porque aquí había nacido. Pero tengo amigos y recuerdos de allí. Y le sucede lo mismo a mucha gente, que tiene familia en otros países”, asegura.


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