• Vie. Oct 7th, 2022
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La cronificación de la pobreza perpetúa el barraquismo


Doumbia, de Mali, podría firmar una tesis doctoral sobre las infraviviendas. Desde que hace diez años llegó a Catalunya siempre se ha cobijado en naves, barracas y, de vez en cuando, en algún albergue. Sin papeles, depende de la chatarra y en verano acude a Lleida para la recogida de fruta. Doumbia, de 38 años, cuenta que desde hace unos meses vive en una chabola que construyó con tablones de madera a tiro de piedra de la plaza de las Glòries de Bar­celona, junto a una veintena de personas. La cronificación de la miseria aboca a ciudadanos sin recursos, la inmensa mayoría migrantes sin permiso de residencia, a subsistir en asentamientos insalubres, viejos almacenes, locales comerciales cerrados o en pisos sobreocupados.

Asentamiento de barracas junto a Glòries

Asentamiento de barracas junto a Glòries

Ana Jiménez

El Institut d’Estudis Regionals i Metropolitans de Barcelona (IERMB) ha calculado que, a causa de la pandemia, la población en riesgo de pobreza severa y extrema aumentó en tres y en más de un punto en el 2020 alcanzando al 12% y al 6,6% de la población del área metropolitana. En el conjunto de Catalunya, el 6,2% de los ciudadanos sufre graves privaciones materiales, frente al 5,7% del 2019, según datos del Idescat.

El último recuento del Ayuntamiento de Barcelona, de finales del 2021, contabilizó cerca de 400 personas en 86 naves y solares y más de 480 en 105 locales, aunque estas cifras son de mínimos al no acceder a la totalidad de los enclaves, muchos invisibles a los ojos de los servicios sociales. El dato más preocupante es que en este grupo se cuentan 200 menores.

Furgonetas en un callejuela de Sant Martí en la que se cobijan personas que se dedican a la chatarra

Furgonetas en un callejuela del distrito de Sant Martí en las que se cobijan personas que se dedican a la chatarra 

Ana Jiménez

Las recientes muertes de una pareja y de dos de sus hijos en una antigua sucursal bancaria de Barcelona, a causa de un incendio, y de una pareja en una chabola de Montcada i Reixac, intoxicados por inhalación de humo, alertan de las nefastas consecuencias que puede conllevar subsistir en este tipo de alojamientos.

Más del 6% de la población de Catalunya sufre graves privaciones materiales, según datos del Idescat

“El barraquismo, igual que otras formas de infravivienda, persiste por el estancamiento de la pobreza combinado con los elevados precios de los pisos”, apunta Albert Sales, experto en sinhogarismo e investigador del IERMB. Sales asume que no hay cifras fiables que delimiten el alcance del fenómeno aunque todo indica que el número de hombres y mujeres condenados a sobrevivir en instalaciones que no reúnen las mínimas condiciones de habitabilidad crece de manera alarmante. El caso de Doumbia es calcado al de miles de inmigrantes sin documentación llegados del África subsahariana, del Magreb y de países latinoamericanos.

“Marché de Mali hacia el 2007, allí trabajaba en una gasolinera, luego pasé cinco años en Marruecos antes de llegar en patera a Fuerteventura. Estoy en Barcelona desde el 2012; nunca he tenido un hogar ni he conseguido los papeles, por eso no he podido regresar a casa. Mi hija, Amina, ya tiene 16 años y hace 15 que no la veo”, detalla Doumbia delante de su chabola, un habitáculo con una cama y una gran caja de cartón con su ropa y todos sus enseres. Una lona en el techo le protege de la lluvia. “Aunque estos días hace mucho frío nunca hago fuego en el interior, es peligroso”, añade.

Doumbia y Said, mecánico de barcos en su Alhucemas natal y vecino de chabola, lamentan que sus ingresos con la chatarra han bajado a causa “de la gran competencia”. Lo poco que ganan es para gastos esenciales y para enviar, muy de vez en cuando, dinero a la familia. Conseguir una habitación digna es ciencia ficción. Cuando les echen de las Glòries, que sospechan que será muy pronto, buscarán alguna nave, un descampado o un local para instalarse hasta que los vuelvan a expulsar. Otra opción es negociar que les alquilen una cama en algún piso en condiciones de hacinamiento. La activación de la construcción en terrenos antaño abandonados de Sant Martí ha reducido las posibilidades de hacerse con un pseudotecho en dicho distrito.

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Barcelona es de las pocas ciudades, si no la única, que realiza periódicamente recuentos de las personas abocadas al chabolismo. Los números que maneja Drets Socials de la Generalitat están muy desfasados, se remontan al 2016. Este departamento habla de 4.170 personas residiendo en barracas, caravanas, campamentos, naves y oficinas bancarias y de 18.500 en casas masificadas. Seis años después, cabe determinar hasta qué punto esta radiografía coincide con la situación actual. De hecho, investigadores de la UAB, la UB y entidades sociales asumen que son unos 18.000 los ciudadanos sin hogar que duermen al raso, en albergues o en residencias específicas para este colectivo, un 80% más que el cálculo del 2016 de la Generalitat. Esta aproximación consta en la propuesta de ley para erradicar el sinhogarismo presentada esta semana en el Parlament.

El investigador Albert Sales alerta de la tendencia al alza de las múltiples formas de infravivienda

Ante un fenómeno creciente, oculto e incómodo urgen una actualización de la situación y la coordinación supramunicipal de los servicios sociales para conocer a fondo esta realidad cambiante. Tal como remarca Sales, sin una revisión de la ley de Extranjería, que ahora condena a la irregularidad a decenas de miles de ciudadanos, sin la ampliación de la renta garantizada de ciudadanía y el ingreso mínimo vital a las personas sin hogar y sin fórmulas de control del precio de la vivienda, las múltiples formas de barraquismo se perpetuarán.


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