• Vie. Oct 7th, 2022
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La elasticidad británica, por Antoni Puigverd


Para la mayor parte de los telespectadores, Isabel era la celebrity más veterana de un escenario global en el que triunfan todo tipo de iconos: da igual si cantan, enseñan el culo, marcan goles, hacen el ganso, alardean de promiscuidad o representan el papel de reina durante setenta años con diligente aplicación. Da igual. El interés que suscitan las celebrities es algo inexplicable. Su éxito avanza en paralelo a la extinción de las comunidades tradicionales. Los secretos que estimulaban la curiosidad y el chismorreo entre vecinos, las tertulias de las noches de verano y los juegos callejeros de los niños desaparecieron con la televisión, que recreó la vecindad al por mayor. Vecindarios nacionales: nada como la televisión para conformar una burbuja patriótica. Con la eclosión de la cultura pop, la vecindad se globalizó. Para muchos, la reina no era sino el sujeto más antiguo del cotilleo mundial.

Well-wisher John Loughrey stands next to a fence barricade to stay overnight for the Queen Elizabeth II funeral in London, England, Sunday Sept. 18, 2022. The funeral of Queen Elizabeth II, Britain's longest-reigning monarch, takes place on Monday. (AP Photo/Martin Meissner)

 

Martin Meissner / Ap

Para los anglófilos, en cambio, la reina era la encarnación de la elasticidad británica, capaz de vivir a la vez en el pasado y en el futuro. Nada hay tan vetusto como las pelucas de los jueces británicos, pero nada es tan modernizante como el derecho anglosajón. Isabel fue hija de rey porque su tío Eduardo abdicó por causa de una divorciada, pero su hijo Carlos reinará habiéndose divorciado. Sin moverse, Isabel se alejó de Wallis Simpson (la divorciada esposa del tío Eduardo VIII) para abrazar a Meghan Markle, la divorciada esposa del nieto Harry. La monarquía británica es a la vez inmóvil y cambiante. La elasticidad británica no parece exactamente un defecto.

Algo que nuestra época, antipática por vocación, no puede soportar

Hay quien adora la cultura british. El té, la ironía de Oscar Wilde, las americanas con coderas, los discursos de Churchill, el humor estupefaciente, el hipódromo de Ascot, el club Pickwick, Julian Barnes, las rarezas sexuales con estatuto de respetabilidad desde el siglo XIV gracias a la real orden de la jarretera o del liguero, la impecable BBC, la Premier League, los Beatles o los Rolling, la galería humana de Shakespeare, la verdad de Orwell, la habitación de Virginia Woolf, las regatas entre Oxford y Cambridge y otras mil amenidades, entre ellas, aquella chica preciosa, Isabel, que maduró viendo cómo el imperio se hundía y que ha muerto como una viejecita colorista y profesional.

Dos son mis anglófilos de cabecera. Autor de Pompa y circunstancia, portentoso diccionario de la anglofilia, y de Un aire inglés (ambos de Ed. Fórcola), Ignacio Peyró sostiene que los británicos hace muchos siglos que domesticaron y controlaron la monarquía. Por eso la aman. Si ya no podía dañar, solo podía beneficiarles. En este sentido, Peyró cita un libro de G.M. Young sobre la era victoriana en el que se explica algo que nuestra época, antipática por vocación, no puede soportar en modo alguno: la monarquía será “una clara ficción, seguro que inútil y tal vez maligna”, pero ha pervivido por “afecto”. Sí, afecto: un sentimiento al que “los expertos en ciencia política raramente prestan la importancia que merece”. Otro gran anglófilo, Miquel Berga, es también autor de libros muy recomendables: Un aire anglès (Ed. Periscopi), editado con este título antes que el de Peyró, y Una educació (Ed. Univers), divertida memoir de su precaria juventud londinense. Años atrás, en un artículo, Berga sostenía. “Alguien dijo que, con el tiempo, solo que­darían cinco monarquías en el mundo: la de bastos, la de oros, la de espadas, la de copas y la de Inglaterra”. La frase tiene más de una lectura. Ninguna de ellas completamente equivocada.





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