• Vie. Oct 7th, 2022
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La guerra civil más anunciada

Ene 1, 1970 , , ,


Es una evidencia histórica que la inmensa mayoría de las guerras civiles se han visto precedidas de intensas polarizaciones políticas, pero no deja de sorprender, o más bien alarmar, con qué frecuencia se utiliza esa expresión, guerra civil, como inevitable desenlace de las enormes tensiones partidistas que de un tiempo a esta parte sacuden a Estados Unidos. Diversos analistas y politólogos se han hecho eco repetidamente de la expresión, que cuenta con una reciente aportación académica, el libro how civil wars start , de la profesora de la Universidad de California Barbara Walter.

Es evidente que la deriva del Partido Republicano tras la presidencia de Donald Trump, la creen­cia contra toda evidencia empírica de parte sustancial de la población en que Joe Biden ganó fraudulentamente las últimas presidenciales y la onerosa resaca de la invasión del Capitolio del 6 de enero del año pasado, han agravado hasta el paroxismo la citada polarización, pero cuesta imaginar qué forma material puede adoptar ese anunciado conflicto entre estadounidenses.

El riesgo no parece proceder tanto de revueltas como de atentados contra políticos y organismos

Los analistas descartan obviamente una guerra convencional entre ejércitos organizados, a la manera de la que desangró el país entre 1861 y 1865 con el trasfondo de la abolición de la esclavitud, pero no un flujo recurrente de atentados terroristas, en palabras de la citada Barbara Walter. La violencia de grupúsculos revolucionarios de ultraizquierda adquirió cierta notoriedad en los años sesenta y setenta del siglo pasado, pero el atentado de inspiración doméstica más mortífero de la historia del país –168 muertos–, la detonación en abril de 1995 de un camión bomba ante un edificio federal de Oklahoma City, fue perpetrado por extremistas de derechas.

Estamos hablando de un país fuertemente armado, con más armas de fuego que habitantes, y de alguna forma familiarizado con la violencia. Las víctimas causadas por la inseguridad ciudadana, que venían remitiendo durante décadas, observan una peligrosa remontada desde el 2014. A fuerza de repetirse, las estadísticas ya nos dejan fríos, pero no obstante impresiona saber que en Filadelfia, comparable a Barcelona –millón y medio largo de habitantes–, se registraron el año pasado 562 asesinatos. Es un problema que nada tiene que ver con el de la potencial violencia política, si no fuera por una obviedad: no es lo mismo enfrentarse a las fuerzas del orden con palos y piedras que con pistolas y rifles de repetición, como portaban algunos de los invasores del Congreso y como exhiben desafiantes los miembros de esas milicias nativistas, negacionistas y fanáticas en muchas ciudades y pueblos. No hace falta armar al pueblo, una parte significativa de este ya lo está.


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Juan M. Hernández Puértolas

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Es evidente que el polvorín existe y que las posibilidades de acercarle una chispa son elevadas. Un escenario especialmente tóxico sería que los republicanos retomaran en noviembre de este año el control del Congreso –nada que objetar, si las elecciones se desarrollan con normalidad–, que eso propiciara dos años de fuertes tensiones entre el Congreso y la Casa Blanca, que las elecciones presidenciales del 2024 enfrentaran a Trump con un candidato demócrata potente –previsiblemente, no Joe Biden–, que Trump volviera a perderlas por un margen no muy amplio y que de nuevo rechazara el veredicto de las urnas. Improbable, pero no imposible.

Pero el riesgo no parece proceder tanto de algaradas o revueltas populares, que contarían con la firme represión por parte de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, como de atentados contra políticos y establecimientos oficiales, incluyendo obviamente la posibilidad de que se produzcan víctimas civiles. Ojalá no suceda así y se impongan en cambio los mejores ángeles de nuestra naturaleza, de los que habló el presidente Lincoln en el discurso de su primera toma de posesión, hace ya 161 años.





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