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La música, un factor emocional de la ceremonia fúnebre de Isabel II


Desde el punto de vista musical, el funeral de Isabel II ha cumplido las expectativas e incluso, en determinados momentos, ha superado el nivel de emoción que se espera de una ceremonia cien por cien británica oficiada en la solmene Abadía de Westminster. Es el caso de la muy comentada intervención del gaitero de la Reina, que en al finalizar la ceremonia -después incluso de sonar el himno nacional- ha entonado Sleep, dearie, sleep (Duerme, querida, duerme) poniendo la piel de gallina a televidentes de medio mundo.

Sucedió sin ir más lejos en el barcelonés Cercle del Liceu, donde algunos socios acudieron a seguir la ceremonia televisada en pantalla grande. «Ha sido tan especial, tan emocionante ese momento en que el gaitero ha acabado de tocar y ha dado media vuelta para irse… mientras aún sonaba la música», comentaba una de las socias de esta institución centenaria (este año cumple 175 años) que se acompañaba de un noble alemán, añorado de la figura del emperador en su país.

«Ha sido tan especial, tan emocionante ese momento en que el gaitero ha acabado de tocar y ha dado media vuelta para irse… mientras aún sonaba la música»

Paul Burns, que así se llama el gaitero de la Reina, del Regimiento Real de Escocia, tocaba para la Reina todos los días a las 9.00 h, debajo de su ventana. Ya estuviera en Balmoral, en el Castillo de Windsor, el Palacio de Buckingham o en  Holyroodhouse. Y en el funeral, el suboficial obedecía igualmente órdenes de la propia Isabel II, que diseñó cada momento de su propia ceremonia fúnebre. 

«Qué gran regalo le ha hecho a su gaitero, darle a protagonizar ese momento tan íntimo», añadía otra de las socias que había acudido al Círculo y que a posteriori había participado de un lunch muy inglés: crema y rosbif.


La música, un factor emocional de la ceremonia fúnebre de Isabel II
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Las trompetas hacen sonar el último mensaje de caballería y se guarda un silencio de dos minutos, mientras se lleva a cabo un funeral por la reina Isabel II en la Abadía de Westminster. La monarca se casó y fue coronada en la Abadía y, al morir, entró y partió la iglesia milenaria con las mismas palabras de oración: «Que Dios conceda a los vivos, gracia; a los difuntos, descansen.»


La gaita ponía punto final al acto in doors, justo antes de que el grupo de portadores levantasen el ataúd del catafalco y salieran de la Abadía.  La variedad de estilos musicales que se escucharon tiene su origen en las tradiciones de los funerales reales anteriores. El sentimiento eduardiano combinado con toques de música moderna que entroncaban a veces con los gustos musicales de la propia Isabel II.

Mientras llegaba la procesión, dos de los organistas de la Abadía de Westminster tocaron piezas británicas

Mientras llegaba la procesión desde el Westminster Hall, dos de los organistas de la Abadía de Westminster tocaron piezas británicas: de Edward Elgar, Ralph Vaughan Williams y Charles Villiers Stanford, y otros músicos contemporáneos, reciente Maestros de la Música de la Reina, como son Malcolm Williamson y Peter Maxwell Davis. Una vez entraron los dos mil invitados a la Abadía, fueron los himnos y los salmos interpretados por los dos coros de Westminster y la Capilla Real los que levantaron más pasiones.

«El Señor es mi pastor, no me faltará», uno de los favoritos de la Reina, y «El día que diste al Señor ha terminado», un himno de hermoso tono de resignación. De Edward Elgar sonaron diversas piezas, de Elegía, Sonata en Sol, Sospiri Nimrod. Y de Peter Maxwell Davies (1934-2016) se escuchó Reliqui domum meum. Dirigía James O’Donnell, maestro organista de la Abadía de Westminster.

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El féretro de la Reina durante el servicio en la la capilla de St. George, en el castillo de Windsor 

Victoria Jones / AP

«Ha sido grandioso pero recogido, esta gente tiene la habilidad de lograr algo así», añadía durante la comida posterior en el Círculo una de las socias. La melancolía escocesa combinada con la discreción de la elocuencia inglesa. Y todo ello sin olvidar a compositores católicos, como James McMillan, de quien sonó una versión de un poema místico de Henry Vaughan.

En el servicio de sepelio en la St George’s Chapel, del Castillo de Windsor, participó únicamente un coro. Las exequias musicales no contaron aquí con obra nueva sino del gran repertorio, como Preludio  de Sir William H. Harris (1883-1973) y la «Las ovejas pueden pastar con seguridad», de una Cantata de Bach. Y se tuvo en cuenta la diversidad, con piezas para órgano de Ethel Smythe y el compositor negro Samuel Coleridge-Taylor. 

El maestro de piano de la Reina, Sir William H. Harris (1883-1973), tuvo también su momento como compositor de una pieza para órgano y un motete, y se cantó el Kontakion ruso de los Difuntos cuyos acordes ya resonaron el año pasado durante el entierro del Príncipe consorte, Felipe de Edimburgo. Es uno de los favoritos de la Reina Victoria y que se había interpretado por última vez en el funeral de la Reina Alexandra en 1925. 

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La procesión en dirección al Castillo de Windsor 

LEE SMITH / AP

«Nadie como la monarquía británica sabe vender la marca de país, la precisión y ritmo del evento ha sido increíble», afirmaba uno de los socios del Círculo durante la comida que había comenzado con un brindis por la Reina en inglés. Entre la veintena de comensales había un socio inglés que se manifestó claramente disconforme con los comentaristas de TVE, que «ni siquiera respetaron los dos minutos de silencio» durante la retransmisión. «Y tampoco pudimos escuchar las músicas sin tener que oírles a ellos hablando encima».

«Sí, para mí el colmo ha llegado cuando han hablado de la Capilla de San Jorge como de un cuarto de los trastos, donde hay enterrada un montón de gente», apuntaba otra de las socias. Con todo, hubo quien consideró que en lo que son los mejores los ingleses es en las coronaciones, mientras que en España son más lucidos los funerales de Estado. «Porque España proclama, no corona».





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