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La rosa púrpura de Kíev, por Ignacio Martínez de Pisón


La novelista Olga Merino, que fue corresponsal en Moscú tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, acaba de publicar Cinco inviernos, un volumen autobiográfico en el que recupera sus experiencias de aquellos años. El libro mira a la vez hacia fuera y hacia dentro: hacia el mundo que rodea a la joven periodista y hacia su irrevocable vocación de narrar ese mundo. Merino fue testigo privilegiada de la descomposición de una nación y un sistema. Ante sus ojos el fracaso del comunismo daba paso a un capitalismo de mera rapiña.

La privatización de las empresas públicas se hizo repartiendo entre toda la población unos cupones que se devaluaban a pasos agigantados y que la depauperada clase media se apresuraba a vender para adquirir bienes de primera necesidad. El resultado fue una oligarquía enriquecida de la noche a la mañana y una mayoría de rusos sumida en la más absoluta miseria.

También Emmanuel Carrère contó cómo fueron aquellos años convulsos (lo hizo en Limónov). Pobreza, corrupción, desigualdad, injusticia y, ¿cómo no?, la total desmoralización de una sociedad que veía cómo un puñado de desaprensivos se repartía impunemente los despojos de la vieja Rusia y la dejaba convertida en un paisito de tercera categoría.

El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski. SERGEY STAROSTENKO / XINHUA NEWS / CONTACTOPHOTO (Foto de ARCHIVO) 09/12/2021 ONLY FOR USE IN SPAIN

 

Xinhua vía Europa Press / EP

Los tambores de guerra que ahora resuenan en las fronteras de Ucrania no dejan de ser una consecuencia directa de todo aquello. ¿Qué busca Vladímir Putin sino tratar de reverdecer antiguos laureles y volver a situar a su país en el gran tablero de la geopolítica internacional?

La lastimada autoestima rusa de los años noventa era terreno abonado para un nacionalismo sin complejos como el que ofrecía el antiguo agente del KGB. El nacionalismo llevó a Putin al poder en 1999 y ahí lo mantiene, veintitrés años después.

Si a usted o a mí nos puede parecer poco serio que un presidente sesentón se exhiba practicando artes marciales o jugando al hockey sobre hielo o boxeando con el torso al aire, sepa que los rusos no comparten nuestra opinión. En las últimas elecciones presidenciales, Putin obtuvo el setenta y seis por ciento de los votos, lo que quiere decir que en el imaginario de la sociedad rusa hay espacio para la figura del bravo superhéroe llamado a redimir los sinsabores de la tribu.

Zelenski fundó un partido llamado igual que su serie de televisión y un año después fue presidente de Ucraina

Con respecto al conflicto de Rusia y Ucrania, me pregunto de qué lado estarán los nacionalistas catalanes y vascos, tan aficionados a apoyar todos los procesos independentistas del planeta. ¿Estarán del lado de Ucrania, que se separó de Rusia hace tres décadas, o del lado de Crimea­ y Donbass, que llevan unos años tratando de separarse de Ucrania? Supongo que, en la lógica independentista, toda separación debe ser siempre bendecida hasta alcanzar el venturoso sueño de la atomización absoluta: ¡el mundo dividido en cientos o miles de pequeños países soberanos!

Para terminar de complicar las cosas, la situación de las comunidades lingüísticas allí no puede ser analizada con los parámetros de aquí. Una dato llamativo: los separatistas prorrusos de Crimea han adoptado el ucraniano como única lengua oficial. Otro dato no menos llama­tivo: los ucranianos que tienen el ruso como primera lengua (alrededor del treinta por ciento) se sienten tan ucranianos como el que más. El propio Volodímir Ze­lenski, presidente del país desde el 2019, forma parte de esa minoría rusohablante, lo que no parece que le restara apoyo popular en ninguno de los dos grupos: salió elegido con el setenta y tres por ciento de los votos de sus conciudadanos, un porcentaje próximo a los del propio Putin.

Es sabido que Zelenski llegó a la presidencia de su país escapando de la pantalla como los personajes de La rosa púrpura de El Cairo. Actor de profesión, protagonizó una serie de televisión en la que su personaje, un profesor de historia crítico con la situación de su país, se acababa convirtiendo en presidente.

Zelenski fundó en la primavera del 2018 un partido que se llamaba igual que la serie, Servidor del pueblo, y justo un año después fue elegido presidente. Por los vídeos que he visto en internet, Zelenski podría ser el Emilio Aragón ucraniano. Evidentemente, a cualquier persona en su sano juicio le tiene que caer mejor Milikito que Putin, pero se me ponen los pelos de punta solo de pensar que aquel llegara a la Moncloa y este le declarara la guerra.





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