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La séptima ola de innovación, por Xavier Ferràs


Estamos asistiendo a la llegada de una séptima ola de innovación, caracterizada por la digitalización y la hipercompetición en tecnologías profundas (deep-tech). Históricamente, el fenómeno de la innovación se ha expandido en seis grandes fases. Desde el origen de la revolución industrial hasta el final de la guerra fría, la innovación se concibió como un fenómeno eminentemente tecnológico. Alguien inventaba y alguien vendía la invención. Joseph Schumpeter, primer economista que habló de innovación, la concebía como “la introducción de nuevas tecnologías en el mercado”. 

Esas tecnologías abrían nuevos espacios de valor (océanos azules) o reconfiguraban los preexistentes en las llamadas “olas de destrucción creativa”. Era la fuerza disruptiva del technology-push, el empuje de la tecnología. La innovación era dominio de los departamentos de I+D. Clayton Christensen (Harvard) identificaba en esta ola (1.0) la verdadera fuente de la riqueza de las naciones.

Cuando cae el muro de Berlín (1989) se inicia el proceso globalizador. Se intensifica la competencia internacional, entran nuevos agentes y el mercado se convierte en una realidad mucho más compleja y saturada, que debe tratarse con perspectiva estratégica. Emerge el marketing como concepto empresarial. Estar cerca de los clientes, entenderlos y anticipar sus necesidades puede significar un flujo de productos superiores y mejorados. Irrumpe una nueva fuerza: el market-pull, y la innovación se convierte en un ejercicio de tensión dinámica entre el empuje de la tecnología y la demanda del mercado. Es la época 2.0.

HANOVER, GERMANY - MARCH 16: Visitors watch a Kuka robot perform precise movements as part of the Robochop interactive robot installation at the 2015 CeBIT technology trade fair on March 16, 2015 in Hanover, Germany. China is this year's CeBIT partner. CeBIT is the world's largest tech fair and will be open from March 16 through March 20. (Photo by Sean Gallup/Getty Images)

Un robot en una feria en Alemania, en una imagen de archivo

Sean Gallup / Getty

Pero la expansión no se detiene ahí. Las organizaciones son sistemas complejos, y la innovación no es propiedad de los departamentos de I+D y marketing. Es el conjunto de la empresa, la totalidad de sus funciones, la que debe convertirse en un sistema innovador. Se puede innovar en producto, en proceso, en canal comercial e incluso en el modelo de negocio. Starbucks, Ikea o el Cirque du Soleil demuestran el poder de la innovación no tecnológica. La innovación salta al conjunto de los departamentos de la organización. Es la era 3.0.

Oportunidad perdida

Mientras las naciones líderes se rearman con tecnologías profundas y se reindustrializan, España cae a la cola de la OCDE, de la UE y de la Europa mediterránea en I+D

Pero no es suficiente. Estamos a finales de los noventa, y la dinámica de algunos sectores, especialmente el del automóvil (el más competitivo del mundo), muestra pronto que el fenómeno innovador debe extenderse a la cadena de suministro. La tradicional presión en precio sobre los proveedores (impulsada por directivos emblemáticos como Ignacio López de Arriortúa) redunda en el medio plazo en caídas de calidad y tecnología en todo el sector. Las empresas compiten integradas en sus cadenas de valor, y el proceso de innovación debe sincronizarse con los proveedores. Es la época del supply chain management, la era 4.0. Luego llegó el momento de máxima globalización. A principios de los 2000, Thomas Friedman declara que internet aplana el mundo y lo vuelve homogéneo. La industria se va a Asia. Y el profesor Henry Chesbrough (Berkeley) conceptualiza la “innovación abierta”: las nuevas oportunidades y flujos de conocimiento pueden extraerse de otras cadenas de valor, en otros entornos. El proceso innovador se abre al conjunto de la economía global. Podemos innovar con todos y en todas partes. Es la innovación 5.0.

En los últimos años, sin embargo, hemos asistido a la emergencia de potentes sistemas locales de innovación. Despuntan zonas pequeñas, de alta intensidad innovadora. Israel, un pequeño país mediterráneo, rodeado de desierto, se convierte en start-up nation, el territorio con más I+D sobre PIB (cerca del 5%), catapultando más de 100 empresas de alta tecnología al Nasdaq. Stuttgart o Munich concentran potentísimos ecosistemas de tecnología de automóviles. Taiwán, la isla de silicio, acumula el 60% de la capacidad productiva de los semiconductores más sofisticados. Por no hablar del mítico Silicon Valley, o del emergente Shenzhen (China), donde se invertirán 100.000 millones de dólares en I+D. La innovación abierta es cierta, pero su fuerza decrece con la distancia: se innova mejor en la proximidad, en zonas de alta concentración de agentes y actividad innovadora. El talento se aglomera con el talento. La emergencia de los clústeres o ecosistemas innovadores marca la innovación 6.0. El mundo queda pixelado en hubs de alta intensidad tecnológica, que se generan a caballo de la cooperación público-privada.

Transversalidad

La empresaes un sistema complejo yla innovación no es propiedadde los departamentos de I+D y márquetin

Hoy, la séptima ola ya está aquí. Es una ola digital y deep-tech . Fue inaugurada con los planes masivos de impulso a la I+D y a la digitalización propuestos por Joe Biden al inicio de su mandato. Estamos viendo inversiones estratosféricas en tecnología, básicamente en tecnologías profundas, de naturaleza digital (inteligencia artificial, robótica, microelectrónica). Corea del Sur, un país con PIB y renta per cápita similares a España, ha anunciado un plan de 450.000 millones para crear el “ecosistema de semiconductores más avanzado del planeta”. Arranca una nueva era de política industrial y tecnológica, propulsada por la tensión estratégica entre China y EE.UU. Tras décadas de fundamentalismo de mercado, nos damos cuenta de que maximizar el retorno de los accionistas (parafraseando a Milton Friedman) no necesariamente conduce a la prosperidad de las naciones. China toma el relevo y quiere ser líder en todos los campos de la tecnología hacia 2049. “Parece que China ha aprendido lo que EE.UU. ha olvidado desde el programa Apollo”, según The Economist. En Washington reverberan tambores de política industrial, palabra tabú para ortodoxos hasta que se dieron cuenta del éxito del capitalismo chino. La Innovation and Competition Act americana está dotada con 250.000 millones.

Mientras las naciones líderes surfean la séptima ola, se rearman con tecnologías profundas y se reindustrializan, España cae a la cola de la OCDE, de la UE y de la Europa mediterránea en I+D. Nos superan Grecia, Portugal, Hungría, Polonia y la República Checa. Detrás, solo queda Turquía. No obstante, los medios de comunicación y la opinión pública respiran aliviados: marcha Nissan, pero la venta de Glovo es un éxito. Y no, no es lo mismo.

Xavier Ferràs es profesor de innovación de Esade





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