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La soledad exterior, por Fernando Ónega

Ene 1, 1970 , , , ,



El día que Rodríguez Zapatero permaneció sentado al paso de la bandera de Estados Unidos no tenía ni idea –este cronista tampoco– de las consecuencias de aquel gesto. El día que ordenó el retorno de las tropas españolas de Irak completó el cuadro de agravios. Desde entonces, y se van a cumplir 18 años, ningún presidente norteamericano viajó ni siquiera hizo escala en nuestro país en sus visitas a Europa. Ahora los informes que maneja Joe Biden le dicen que aquel mismo Zapatero es un gestor de Maduro, el ­demonio­ para EE.UU.; que en el Gobierno español hay militantes comunistas y dos partidos antiestadounidenses y, en caso de conflicto, partidarios de Putin, y que esos ministros están más cerca de los populismos de izquierda en Iberoamérica que del modelo de democracia liberal que defiende Washington. ¿Se extraña alguien de que Biden haya excluido a Sánchez de la conversación telemática con líderes europeos? ¿Se extraña alguien de que Sánchez se apresure a enviar fragatas a la zona del conflicto de Ucrania para tratar de cambiar la opinión norteamericana?

Estamos sufriendo la soledad exterior en el peor momento y eso produce sensación de debilidad. Lo sabe muy bien la correosa diplomacia marroquí: el rey Felipe VI acaba de invitar a Marruecos a recuperar la relación cordial de siempre, y el vecino del sur, engreído y superior, amparado por Estados Unidos y Alemania, nos pone la condición de más claridad en el Sáhara y sigue sin designar embajador, como muestra evidente de desapego. Cuando teníamos apoyos exteriores claros (recuérdese Perejil), no existía esa desafección.

El Gobierno debe gestionar los graves líos internos y aplicarse en la batalla exterior

Algo parecido ocurre en Iberoamérica. Mariángel Alcázar recordaba hace dos días que Felipe de Borbón, como príncipe o rey, efectuó un centenar de viajes a los países hermanos, pero no fue secundado por una gestión política consecuente, y hoy naciones tan importantes como México se dedican a destruir la imagen de España por hechos de hace 500 años. Somos una potencia mundial y una de las grandes democracias, pero parece que solo sirve para el comercio y el turismo. Necesitamos un Gobierno capaz de hacer dos cosas a un tiempo: gestionar los abundantes y graves líos internos y aplicarse en la batalla exterior. Antes de que surja un nuevo Aznar que nos diga que hemos vuelto a la cuneta de la historia.





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