• Sáb. Oct 1st, 2022
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La tenebrosa tentación del trío de las Azores, por Manel Pérez


La desbocada irrupción inicial de los responsables del Gobierno español –el presidente, Pedro Sánchez; el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, y la ministra de Defensa, Margarita Robles– en el conflicto entre Washington y Moscú por Ucrania, respaldando incondicionalmente a la primera contra la segunda y ofreciendo incluso el envío de tropas, recordó el furor atlantista de José María Aznar. En este último caso, a cuenta de la inminente invasión de Irak.

El alineamiento del entonces presidente del gobierno del PP con los planes de George W. Bush y el primer ministro británico, Tony Blair, quedó acuñado para la historia como el del trío de las Azores, en referencia a las islas portuguesas en las que se reunieron en marzo del 2003 para lanzar un ultimátum, que no esperaba ni podía tener respuesta, a Sadam Husein. Menos de una semana después, se puso en marcha la guerra, la invasión, con el conscientemente falso presupuesto de que el presidente iraquí tenía un arsenal de destrucción masiva que nunca existió. Al final, un balance de barbarie, aún dominante en toda la zona, con pocos precedentes históricos.

Desde aquel arranque, Sánchez y sus ministros han moderado su ardor guerrero, aunque la posición pública no ha variado sustancialmente. Lo más llamativo es que el pronunciamiento del Gobierno se ha desmarcado, de nuevo en inquietante semblanza con lo sucedido en tiempos de Aznar, de la línea de prudencia de los principales aliados europeos. Ni Alemania, ni Francia ni Italia, han llegado tan lejos. No solo han sido cautelosos desde el primer día, sino que no han desaprovechado oportunidad para marcar distancias con la línea dura de Joe Biden, el presidente de Estados Unidos.

El canciller alemán, Olaf Scholz, que dirige un dividido Gabinete de coalición en Berlín, ha evitado palabras fuertes y se ha cuidado hasta el momento de incluir el nuevo gasoducto Nord Stream II, gran esperanza para las exportaciones rusas, entre las posibles sanciones contra Rusia. Las grandes empresas alemanas tienen previsto reunirse muy pronto con el presidente Vladímir Putin para estudiar nuevas actividades asociadas.

WPA ROTA PAP03 - 20030316 - ANGRA DO HEROISMO, AZORES, PORTUGAL : British Prime Minister Tony Blair (left) USA's President George Bush and Spanish Prime Minister Jose Maria Aznar (R) at Azores, Sunday 16 March 2003, where they will hold talks over Iraq. EPA PHOTO PA/-/ms

Tony Blair, George Bush y José María Aznar en marzo del 2003

EFE

Emmanuel Macron, el presidente francés, ha abierto su propia línea independiente de diálogo con el líder de Moscú y ha hecho declaraciones públicas pidiendo contención al socio estadounidense. El venerado Mario Draghi, primer ministro italiano, ya ha advertido en persona a Biden que no será posible aplicar graves sanciones económicas a Rusia, pues sus empresas mantienen profundas relaciones con ese país. Prueba de ello es que esta misma semana esas corporaciones, de modo similar a lo que harán sus colegas alemanas, ya han conversado con Putin y otros dirigentes rusos al objeto de ampliar sus negocios comunes.

En el 2003, la economía europea estaba mucho menos integrada; ahora, el euro tiene dos décadas

En Berlín, París y Roma son conscientes de los peligros de la dependencia energética rusa, pero parecen aceptar convivir con ella y recuerdan que cuando la principal fuente energética era el petróleo, Estados Unidos utilizaba también su papel de polizón político estratégico en Oriente Próximo para imponerles sus condiciones.

Volviendo al pasado, las consecuencias negativas de aquel giro de la política exterior española en tiempos de Aznar son difíciles de exagerar. Amén de las amenazas a la seguridad del país, que tuvieron en el sanguinario atentado terrorista de Atocha su máxima expresión, convirtieron a España en una especie de paria de la política europea. Le costaron las elecciones al PP, por hacer caso omiso al sentimiento pacifista de la inmensa mayoría de la población. Y abrió una sima con los principales socios de la Unión Europea, opuestos a la invasión. Un episodio que algún día habrá que analizar desde la perspectiva de sus consecuencias económicas cuando llegó la gran crisis financiera del 2008 y dejó al país postrado ante los socios que no participaron en la locura iraquí.

Aquello sucedió hace casi dos décadas, cuando la interrelación económica derivada de la puesta en circulación del euro apenas daba sus primeros pasos. Quedaban por delante años de profunda transformación. Primero, la integración de los mercados financieros y la caída sin precedentes de los tipos de interés, con la que se financiaron los años de vino y rosas de la burbuja inmobiliaria y el banquete de las infraestructuras. Más adelante, la Gran Recesión, con el injusto castigo de la austeridad. Y, después, apenas sin tiempo para respirar, la pandemia, con la expansión desbocada de la deuda sin coste y los fondos europeos de recuperación. Todo ello inimaginable cuando Aznar jugaba a amo del universo en las Azores.

Lo que podría venir de ahora en adelante no se antoja más fácil. Una inflación elevada y más persistente de lo que los grandes banqueros centrales, llámense Jerome Powell (FED) o Christine Lagarde, habían estimado inicialmente y que pone en cuestión el paradigma de los créditos que no pagan interés. Su inexorable subida es hoy la apuesta de expertos y mercados financieros. De ser así, se acercan tiempos turbulentos para el euro y los países del sur de Europa.

En estas circunstancias, parece una estrategia muy arriesgada desmarcarse de los socios en una crisis de características geoestratégicas como la que se está viviendo en torno a la frontera de Ucrania, pese a lo reprochable que sea la presión sobre ese país por parte de un régimen autoritario y con aspiraciones imperiales. La debilidad interna de Putin es un aci­cate para el aventurismo militar. También lo fue para Bush y puede serlo para Biden.

El Gobierno se ha alineado con Estados Unidos; alejándose, como Aznar, de los socios europeos

Los motivos de la reacción gubernamental española –sean estos hacerse valer ante unos socios que no le tienen demasiado en cuenta, cubrirse las espaldas ante el vecino Marruecos o aspirar a un relación especial con el amigo americano– son meras especulaciones frente a la realidad de esa integración europea.


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