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La torre de Montaigne, por Carles Casajuana

Feb 7, 2022 , , , ,


Nunca he sentido una particular afición a visitar casas de escritores. Lo que me inte­resa de los autores que ad­miro es su obra, no el lugar donde la concibieron, ni su vida privada. En las pocas ocasiones que he visitado la casa museo de algún escritor, me ha parecido un mausoleo, un decorado. Pero hay casos en los que la obra tiene una relación especial con el ámbito en el que fue concebida, y aquí sí creo que puede valer la pena ir.

Pienso, concretamente, en tres sitios. El primero es el Mas Pla, donde Josep Pla vivió durante la última etapa de su vida. Es un lugar muy ligado a su obra, porque allí escribió gran parte de ella y la revisó casi toda. Es un lugar inseparable de ese disfraz de kulak, de pequeño propietario rural, que Pla adoptó como marca de la casa y como prisma a través del cual le gustaba hacernos creer que veía el mundo. Creo que ahora la masía está ocupada por la familia del escritor y no se puede visitar.

PUBLICADA 03/09/2007 CULTURA France, Dordogne (24), Saint Michel de Montaigne, Montaigne's library tower

 

Hemis.fr Afp

El segundo es la habitación del pueblecito alpino de Sils Maria en la que Nietzsche escribió alguno de sus libros más luminosos. No he estado, pero he visto fotografías: una habitación muy sencilla, monacal, con las paredes desnudas y unos muebles muy elementales que cuesta poco relacionar con el aire seco de los aforismos del filósofo. Un día iré, y si puedo me patearé los caminos de montaña que el filósofo recorría, incansablemente, buscando esa claridad cegadora que estalla en tantas páginas suyas.

El tercero es la torre en la que Michel de Montaigne escribió los Ensayos. De los tres, es el único que he visitado. Fue hace unas semanas. Tenía que cruzar Francia en coche y decidí pasar la noche cerca del Château de Montaigne, para poder ir y cenar y tomarme un par de copas de burdeos a la salud del insigne pensador.

El castillo está situado sobre una pequeña altura, rodeado de viñedos. Fue destruido por un incendio en 1885 y reconstruido con una manga muy ancha. Del conjunto original, solo se conservan el muro que lo rodea y la torre en la que Montaigne escribía. En la época, en plenas guerras de religión, el castillo era un pequeño núcleo católico en un entorno predominantemente protestante, y la torre tenía funciones defensivas, pero él pasaba allí la mayor parte de las horas del día pensando y escribiendo. Montaigne no era ningún solitario: se definía como sociable hasta el exceso. Pero decía que era necesario reservarse un espacio propio, una trastienda para sentirse libre. “Infeliz quien no tiene un rincón en su casa para estar solo, para hacerse la corte, para esconderse”.

Sorprende que un hombre que se encerró allí a escribir tuviera los pies firmemente plantados en el suelo

En los bajos de la torre, hay una pequeña capilla; en el primer piso, subiendo por una escalera de caracol, un dormitorio, y en el segundo la famosa biblioteca redonda, con las citas latinas pintadas en las vigas del techo para que él las tuviera a la ­vista­ mientras caminaba por el cuarto y dictaba los pensamientos que se le iban ocurriendo. Originalmente, había una chimenea, pero la hizo clausurar por temor a que las llamas devoraran los valiosos volúmenes que guardaba, y cuando tenía frío se recogía en una pequeña sala adyacente.

Sorprende que un hombre que se encerró allí a pensar y escribir durante cerca de veinte años tuviera los pies tan firmemente plantados en el suelo. Los gruesos muros que protegen la torre –más medieval que renacentista– no le llenaron la cabeza de pájaros ni le empujaron a encaramarse a las alturas, no le aislaron ni le hicieron concebir obras sin relación con el mundo en que vivía. Por el contrario, desde allá arriba, sin más distracción que los viejos volúmenes que hojeaba al azar y las pequeñas ventanas a través de las cuales veía el patio del castillo y los campos de los alrededores, escribió una obra que nos habla al oído de la vida y la muerte, de sus aficiones y preocupaciones, siempre con palabras llanas, sin esconderse detrás de conceptos abstractos ni perderse por cimas brumosas, dirigiéndose al papel como charlaría con el primer hombre que encontrara, con buen humor, generosidad y una enorme perspicacia sobre la condición humana.

Desde esa biblioteca, Montaigne vio pasar una guerra civil inacabable. Vivía sometido al peligro de un ataque. La estructura defensiva del castillo da buena fe de ello. Eran unos tiempos atroces. Pero su obra respira serenidad y mesura. Toda ella es un mensaje de tolerancia. Ante la autodestrucción de la sociedad que le rodea, él se repliega en la introspección, con la voluntad de aprender a disfrutar lealmente de sí mismo, sin ocultarnos ninguna de sus debilidades y carencias. Por este camino, deteniéndose en los asuntos más tri­viales y sin esquivar los más íntimos –la velocidad a la que come, los cálculos renales que le marti­rizan, la pequeñez de su pene–, llega a un universalismo que no deja de sorprenderme cada vez que abro ese pozo sin fondo que son los Ensayos.

Desde esa biblioteca, Montaigne vio pasar una guerra civil inacabable

En momentos tan ruidosos como los actuales, en una época en la que todos estamos abrumados por montañas de información a menudo inútil o dudosa y manipulados por una publicidad que busca todas las formas imaginables de invadir nuestra vida hasta el último rincón, la lección de este hombre que, acompañado por sus libros, dedicó veinte años a estudiarse y a describirse, convencido de que conocer a un hombre es conocerlos todos, es un tesoro. Un tesoro escondido a la vista de todos.

La visita a la torre quizás no haga que ningún lector cambie de opinión sobre su obra, ni le descubrirá prácticamente nada que no pueda saber abriendo los Ensayos, pero sí que sienta el deseo de leerlos, o de releerlos una vez más, como me ha ocurrido a mí, o al menos de hojear el Diccionari Montaigne de Ignasi Aragay, reeditado hace muy poco. Solo por eso y por tomarse dos copas de burdeos, ya vale la pena.





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