• Mié. Oct 5th, 2022
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Llapispanc en La Capella, por Julià Guillamon



Cuando empecé a circular por museos extranjeros, hacia 1983 o 1984, el discurso expositivo terminaba en los años sesenta. Te hartabas de ver obras de Picasso, Matisse, Léger, Dalí, Tanguy, Max Ernest, Pollock y Rauschemberg, y llegabas a un apartado final con las esculturas chic de Yves Klein, loss personajes de Niki de Saint Phalle, las máquinas de Jean Tinguély y los coches comprimidos de César. Era muy reconfortante porque te considerabas hijo de los sesenta y la historia del arte terminaba donde empezabas tu. Tu madre hubiera podido admirar un vestido azul Klein y tu tío había tenido un Simca com los que César recuperaba, prensados, de los cementerios de automóviles. Había otros movimientos art­ísticos –minimalismo, neo­conceptual, pintura-pintura–, pero no habían entrado en el museo y se exhibían en retrospectivas en salas temporales. En 1986 se presentaron dos exposiciones fundamentales, organizadas por la Fun­dació “la Caixa”: Entre l’objecte i la imatge. Escultura britànica contemporània y L’art i el seu doble. Panorama de l’art a Nova York . En la primera se pudieron ver obras de Tony Cragg que tomaba trozos de envases, cubos y juguetes de plástico de colores y componía figuras en la pared. En la segunda, Haim Steinback presentó unas estanterías con pequeñas instalaciones: un paquete de detergente, un bibelot, una pelota. Cragg y Steinback desarrollaban una idea que ya estaba contenida en la obra de Klein o Tinguely: el platonismo industrial. ¡Los residuos del la sociedad de consumo eran obras de arte! Fue la última gran utopía del siglo XX. Escribí una novela, La Moràvia , donde lo explicaba. El protagonista se separaba del mundo y se encerraba en una casa a vivir la melancolía del progreso. Era feliz comiendo sopas caducadas, con minipimers del año de la Maria Castaña y butacas de mercadillo.

¡Los residuos de la sociedad de consumo eran obras de arte! Fue la última gran utopía del siglo XX

Un artista veinte años más joven, Llapispanc, leyó La Moràvia y se creó una sintonía sorprendente. Si se comía un helado, guardaba la cucharilla de plástico, coleccionaba tapas de yogur y recogía la pelusa que se le forma en el ombligo. Sobre cada cucharilla y cada tapa escribía la fecha en que comió el helado o el yogur. A partir de un determinado momento, empezó a escribir en ellos frases de La Moràvia . El contraste es fuerte porque en el mundo de hoy el platonismo industrial no tiene razón de ser. Todo es re­siduo, mugre y porquería. Las cosas -por bonitas que puedan parecer al comprarlas– se convierten en cadáveres al momento. Vivimos en un mar de cartones y envases absurdos. Llapispanc monta unas instalaciones en las que amontona todo tipo de objetos cochambrosos, sin jerarquía, orden ni belleza y las frases cargadas de buena fe industrial de La Mo­ràvia lo hacen aún más bestia. Hoy inaugura una de estas
instalaciones en la exposición Imaginaris multiespècies. L’art de viure en un món de contingència i incertesa , comisariada per Christian Alonso. Estoy contento por él y preocupado por el mundo.





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