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Los jolgorios de Boris Johnson

Ene 1, 1970 , , ,


A principios de septiembre, Boris Johnson expuso su visión para batir el récord de 11 años de Margaret Thatcher y convertirse en el primer ministro británico que más tiempo ha permanecido en el puesto en los tiempos modernos. Cual colegial engreído, se precipitó en la valoración de sus capacidades. Puede que en los próximos días o semanas sea expulsado del cargo por sus propios diputados. Lo más probable es que siga aferrado al número 10 de Downing Street bajo una amenaza permanente de desalojo. En cualquier caso, ya no controla el destino de su mandato.

La causa inmediata de su desprestigio es, a primera vista, ridículamente pueril. Downing Street se entregó a una rutina de borracheras nocturnas mientras el resto del país se encontraba bajo un estricto confinamiento. Los intentos poco sinceros del primer ministro de zafarse de la culpa no le han hecho ningún bien; en realidad, sólo han servido para sacar a la luz más juergas en las que participaron él y su esposa.

Los jolgorios de Boris Johnson
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El exasesor de Downing Street no es el único que pide la cabeza del primer ministro, pero sí quien está en mejores condiciones de hacerle un daño irreparable


En la picota

Los diputados tories analizarán el error de juicio de un transgresor en serie

Los diputados tories analizarán el error de juicio de un transgresor en serie y lo ponderarán frente a la mayoría gubernamental efectiva de 87 escaños que Johnson hizo aparecer de la nada, su éxito en la materialización del Brexit, un excelente programa de vacunación y un talento para crear el clima político. Donald Trump sigue dominando el Partido Republicano, a pesar de su participación en el ataque al Congreso de hace un año. ¿Son los rollitos de salchicha y el sauvignon blanco realmente un agravio que merece el despido?

Por el bien de Gran Bretaña, deberían serlo. Una de las razones es que los incesantes jolgorios ponen de manifiesto el sentido del derecho del que Johnson se considera en posesión y según el cual hay una norma para él y los suyos y otra para todos los demás. La existencia de un doble rasero en la cúpula tiende a corromper toda la vida pública. Y, lo que es más importante, muestra otras dos cualidades de Johnson que laceran la Gran Bretaña post-Brexit. Son rasgos que el país necesita superar si quiere prosperar.


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Javier Lucea

Acostumbrado a caer siempre de pie, el primer ministro británico Boris Johnson podría encontrarse esta vez con una crisis insuperable. Acusado de haber organizado y participado en una fiesta en los jardines de Downing Street en pleno confinamiento, el premier deberá dar hoy explicaciones durante la sesión de preguntas y respuestas en el Parlamento en un ambiente de enorme tensión. Estas son las claves para entender el conocido como escándalo del

El primero es la infantil falta de seriedad que manifiesta ante los asuntos del gobierno. El contraataque llevado a cabo por Downing Street (supuestamente, bajo el nombre de «Operación Echar Carnaza») ha consistido en soltar una lluvia de promesas gratas a oídos tories, como suprimir el canon que financia la BBC e impedir que los solicitantes de asilo lleguen a Gran Bretaña a través del canal de la Mancha. El gobierno dice que enviará la Marina Real a patrullar los mares y que expulsará a los solicitantes, según se afirma para que los juzguen en Ghana o Ruanda. Ninguna de esas bravatas ha sobrevivido el más breve encuentro con la realidad.

Semejante falta de seriedad ha contagiado a todo el gobierno. Esta semana los tories se han atribuido el mérito de que Gran Bretaña tenga la tasa de crecimiento anual más rápido del G-7 y de que la producción recuperara en noviembre al nivel anterior a la pandemia, superando las previsiones. Sin embargo, hacen caso omiso del probable impacto a largo plazo del Brexit en la productividad, calculado en un 4%. A lo largo de cinco años, la tasa de crecimiento británica ha sido baja. La inflación, que alcanzó el 5,4% en los 12 meses hasta diciembre (un nivel máximo en los últimos 30 años), significa que el salario semanal medio real es inferior al de 2007. La inversión empresarial es menor que antes del referéndum.

Portada sobre el 'Partygate' de Boris Johnson.

Portada sobre el ‘Partygate’ de Boris Johnson 

Román Alonso

El gobierno de Johnson ha hecho públicas muchas grandes ideas para impulsar la economía, como nivelar la prosperidad en todo el país, eliminar las restricciones del sistema de planificación para facilitar la construcción de nuevas viviendas, y convertir a Gran Bretaña en una superpotencia científica. Sin embargo, el gobierno está más interesado por la fanfarria que por el cumplimiento. Las grandes ideas siguen siendo eslóganes o se han abandonado de modo discreto. Al mismo tiempo, los tories han seguido adelante con unos proyectos de ley antiliberales que complacen a las masas, pisotean las libertades civiles y restringen los derechos de los nuevos ciudadanos. Muestra de la falta de seriedad de Johnson es que deja de lado sus cacareadas convicciones liberales clásicas con la misma despreocupación que una botella vacía.

El rastro de esa trivialización de la tarea de gobernar conduce directamente hasta el referéndum. Para llevar a cabo el Brexit, Johnson aceptó una frontera aduanera en el mar de Irlanda y luego ha pretendido hacer creer lo contrario. Sostuvo que Gran Bretaña se libraría de la camisa de fuerza reguladora de la Unión Europea, pero ha evitado tomar muchas medidas desreguladoras; lo cual, por muy bravucón que suene en un titular, tiende a ser impopular en la vida real. Para prosperar, Gran Bretaña necesita unas buenas relaciones con la Unión Europea, su vecino más cercano y su mayor socio comercial. Sin embargo, a Johnson le encanta buscar pelea, porque lo que le gusta es actuar para la galería.


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redacción

Boris Johnson

Tratar a los votantes como idiotas a los que hay que comprar con bravatas es una característica de la demagogia con la que Johnson llegó al poder. Es un ejemplo del desprecio con el que los dirigentes populistas tratan al pueblo que gobiernan. Y también lo es, por desgracia, el otro rasgo que ha contagiado a la Gran Bretaña post-Brexit: la mentira en política.

Johnson se ha desmoronado porque una y otra vez no ha dicho la verdad al Parlamento y el país acerca de las bacanales de Downing Street. Primero declaró que su personal no celebró fiestas. Cuando se descubrió que había estado en una, dijo que no se había dado cuenta de que esas reuniones fueran fiestas. Y cuando se afirmó que se le había advertido de que sí lo eran, pareció dar a entender que no había comprendido las normas redactadas por su propio gobierno. Es un patrón que se remonta a su época de periodista, cuando mentía a sus directores; a cuando siendo director mentía al propietario del diario; y a cuando siendo ministro en la sombra mentía al jefe de su partido.

Encuesta

Casi la mitad de los miembros del Partido Conservador cree el relato de Johnson sobre las juergas de Downing Street

Las falsedades van más allá del hombre egocéntrico. Allí donde prospera, el populismo subordina los hechos al tribalismo. Quizás por eso una encuesta de Opinium publicada el 17 de enero informó de que casi la mitad de los miembros del Partido Conservador sigue creyendo en el relato de Johnson sobre las juergas de Downing Street, frente a sólo el 13% de los votantes en general, según en una encuesta publicada unos días antes. De nuevo, es posible reseguir el patrón hasta el Brexit, cuando unos partidarios de la salida que sabían perfectamente lo que decían afirmaron que Turquía estaba a punto de unirse a la Unión Europea, que la Unión Europea tenía más que perder con una interrupción del comercio que Gran Bretaña y que la salida liberaría 350 millones de libras (420 millones de euros) a la semana que podrían dedicarse al Servicio Nacional de Salud. No es casualidad que, tras la votación, los consejos de los partidarios de la permanencia fueran rechazados por el mero hecho de proceder de quienes procedían.


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Rafael Ramos

Presiones a Johnson para que aplique un modelo de bajos impuestos y regulaciones

La política democrática siempre ha consistido en complacer a la multitud, así como en perseverar en las políticas. Los partidarios del Brexit tenían razón al sentir que una serie de gobiernos tecnocráticos habían perdido el contacto con los votantes. Ahora bien, los excesos del ‘Partygate’ han demostrado que el partido tory post-Brexit ha perdido el contacto con la realidad.

Una de las fortalezas del sistema parlamentario es que los diputados pueden lograr de forma rápida un cambio de rumbo. Para que el Partido Conservador encuentre su camino, necesita un nuevo líder. Para que las reformas arraiguen, necesitan una planificación detallada y una aplicación sostenida. Para que el Reino Unido aproveche al máximo las oportunidades ofrecidas por el Brexit, necesita enfrentarse a las difíciles decisiones que tiene delante.

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De The Economist, traducido para La Vanguardia, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, puede consultarse en www.economist.com.

Traducción: Juan Gabriel López Guix






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