• Sáb. Oct 1st, 2022
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Los Juegos Olímpicos de invierno, más lejos, por Editorial



Pere Aragonès, presidente de la Generalitat de Catalunya, y Javier Lambán, presidente de Aragón, debían reunirse ayer en Balaguer para avanzar en la definición de la candidatura que pretende llevar los Juegos Olímpicos de invierno del 2030 a los Pirineos. Pero Lambán, molesto por el sesgo de contactos previos, eludió el encuentro, aduciendo “cuestiones formales y de contenido”. El telón de fondo de este desencuentro son las diferencias entre ambas comunidades sobre su grado de protagonismo en esta candidatura, que, de formalizarse, debería competir con la de ciudades como Sapporo, Salt Lake City o Vancouver. Esas serían las cuestiones relativas al “contenido”, comprensibles, puesto que ambas comunidades quieren sacar gran provecho de esta oportunidad. Otra cosa serían las cuestiones “formales”, cuya vulneración sería poco justificable entre políticos que están al servicio de sus respectivas comunidades y deben anteponer los intereses colectivos a sus roces, además de hacerlo con tono dialogante y conciliador.

Al Comité Olímpico Internacional (COI) corresponde en última instancia elegir entre las distintas candidaturas. Pero en la actual fase, ahora y aquí, corresponde a las varias instituciones y entidades implicadas en la candidatura de los Pirineos preparar el informe técnico más atractivo y, con tal fin, limar previamente asperezas que pudieran producirse entre ellas.

El Govern debe decidir con luces largas, aunque eso erosione alianzas actuales

Lo primero, en la actual coyuntura, es que Catalunya y Aragón tengan claro que quieren organizar estos Juegos y que los consideran un objetivo prioritario, merecedor de todos sus esfuerzos. Entendemos que Aragón, que ha intentado varias veces, sin éxito, llevar adelante una candidatura propia con base en Jaca, ve la candidatura surgida del acuerdo entre Barcelona y los Pirineos, de la que quiere formar parte relevante, como una oportunidad que le permitiría resarcirse de decepciones anteriores, algo que sería más fácil si no impone condiciones excesivas. Y consideramos que la Generalitat se siente implicada en este proyecto. Tanto Lambán como Aragonès dieron a entender ayer, por separado, que su compromiso era firme y rechazaron ser causantes de su desencuentro. Mejor sería que, además de con palabras, acreditaran con hechos tal compromiso.

Para ello, en el frente catalán, conviene que el Govern actúe con mayor unidad y convicción. Pero, en lugar de hallar soluciones, va topando con nuevos obstáculos. Por ejemplo, en lo relativo a la pregunta que debe formularse en la consulta popular prevista en algunas zonas del Pirineo, y que se ha convertido en el enésimo tema de disputa entre ERC y Junts. Hay más. Conviene, si este proyecto olímpico le interesa de veras –como, según un reciente sondeo, interesa al 73,3% de los catalanes–, que el Govern venza resistencias de formaciones que rechazan operaciones de progreso para el país. Esas resistencias procedentes a veces –no siempre– de los minoritarios extremos del arco parlamentario nos han privado ya de varias oportunidades, desde la ampliación del aeropuerto de Barcelona hasta la implantación de parques eólicos (pese al déficit energético), pasando por la negativa a abrir un Hermitage. Es decir, operaciones que podían ayudar al desarrollo del país, y ahora son ya solo ocasiones perdidas.

Desde el Govern no se puede complacer a todos los partidos. Hay que decidir con luces largas, aunque eso erosione alianzas actuales. Y no se puede vivir en la confrontación, como han hecho los gobiernos soberanistas catalanes con España o con Aragón. La política es transacción, que siempre se logra mejor con prioridades claras y respeto al vecino que con conductas erráticas y desdenes innecesarios.





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