• Vie. Oct 7th, 2022
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Manual sobre cómo perder elecciones, por Víctor Maceda


En la política contemporánea, tan rehén del reduccionismo y de las frases impactantes de consumo fácil, en la que tres o cuatro ideas simplistas copan el debate durante largo tiempo, la implantación de una tasa turística en el País Valenciano se antoja un gran regalo envuelto de celofán y coronado por un bello lacito. Para la oposición, claro está.

Posiblemente no exista en tierras valencianas más ferviente entusiasta de ella que Carlos Mazón, quien suspira por su aprobación definitiva en Les Corts para convertirla, desde el minuto uno, en arma arrojadiza contra los partidos del Botànic. El acuerdo rubricado por el PSPV, Compromís y Unides Podem en los estertores de la negociación presupuestaria del año pasado constituía, en realidad, la carta a los Reyes Magos del líder del PPCV.

Y es que parece una broma que un gobierno autonómico, en el uso de su autonomía fiscal, promueva un impuesto al turismo justo cuando el sector atraviesa su peor momento. Es más sarcástico aún pretender instaurarlo con el compromiso tácito de aplicar una moratoria inmediata, lo que denota su impertinencia y sitúa la medida en las antípodas de una estrategia win win.

Pilar Lima, Manolo Mata y Fran Ferri presentan el acuerdo de la tasa turística

Pilar Lima, Manolo Mata y Fran Ferri presentan el acuerdo de la tasa turística

LVE

La jugada, más bien, parece sacada de un manual sobre cómo perder elecciones. Para las fuerzas de la izquierda no servirá de nada en el corto plazo —más allá de generar bastante polémica y de dejarse por el camino algunos votos valiosos en un contexto demoscópico igualado— y quedará anulada a partir del año próximo si, abanderando su derogación, un nuevo inquilino se hace con las llaves del Palau de la Generalitat.

No está en cuestión la conveniencia de la tasa, sino su oportunidad. ¿No sería más razonable aguardar hasta el inicio de la siguiente legislatura, cuando los índices de ocupación hotelera muestren, al fin, signos de franca recuperación? Las prisas por comenzar a tramitarla antes del 31 de marzo se explican por la necesidad de determinadas formaciones de marcar perfil propio plantando cara a la patronal hotelera. Solo eso.

La postura belicosa de Hosbec tampoco ayuda. Afirmar taxativamente que un peaje a las pernoctaciones turísticas asestaría un golpe durísimo al sector no es verosímil. No ha sucedido así en Catalunya, en las Illes Balears ni en tantas otras latitudes de Europa en las que se impulsó, cierto es, en una coyuntura económica mucho menos adversa.

La postura belicosa de Hosbec tampoco ayuda. Afirmar taxativamente que un peaje a las pernoctaciones turísticas asestaría un golpe durísimo al sector no es verosímil

En cualquier caso, la hostilidad de Hosbec, alimentada por la sintonía de sus dirigentes con la cúpula de la Diputación de Alicante, tiene el aroma de una sobreactuación desmesurada. Basta con exhibir una vez tras otra la comparativa de las cifras de 2018 y 2019 con las de 2020 y 2021 para colegir lo inapropiado de crear ahora ese impuesto.

En las circunstancias presentes, sugerir esta tasa es como comunicarle a un paciente hospitalizado, tras varios meses en la UVI y que todavía permanece convaleciente en planta, que en cuanto salga de aquellas cuatro paredes le extraerán las muelas del juicio. Viniendo de donde viene, de debatirse entre la vida y la muerte, la visita al dentista quizá no le parezca tan pavorosa, pero no por ello dejará de angustiarle.

De hecho, un error de base de los partidarios de la aprobación exprés de la tasa consiste en considerar al empresario como su único detractor. Porque no es así. Porque la nueva figura impositiva transmitiría un mensaje pernicioso a los miles y miles de trabajadores del sector, de muy diferente condición. Desde los que poseen un pequeño comercio dependiente de la actividad turística hasta la conserje o el cocinero de hotel que han encadenado ERTE tras ERTE mientras el establecimiento se encontraba cerrado a cal y canto.

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Benidorm 

Getty

¿Cómo reaccionarían algunos de ellos, votantes de formaciones progresistas, ante lo que la derecha y los hoteleros calificarían sin cesar como una ofensiva despiadada contra la industria turística? ¿Es ese un movimiento inteligente, con las urnas a la vuelta de la esquina? ¿Acaso no se habían propuesto parir este impuesto con el consenso del sector?

Estamos, sin duda, ante una de las principales asignaturas pendientes de los grupos del Botànic. Una de las que más les ha separado, aunque paulatinamente se han ido acercando. Los socialistas reclamaban un carácter municipal y voluntario que sus socios, defensores de la obligatoriedad en el conjunto del País Valenciano, han acabado transigiendo. Sin embargo, el secretario autonómico de Turismo, Francesc Colomer, reitera su oposición frontal, y municipios tan turísticos como Gandia o Cullera, con alcaldes del PSPV, han advertido que no piensan implementarla. La tasa augura un ruido ensordecedor y muy pocas nueces. Un pésimo negocio para sus promotores.

Por no hablar de la indefinición sobre el destino de los fondos obtenidos. A ojos de cualquier observador, pareciera que estamos ante la gallina de los huevos de oro. En la legislatura anterior, Podemos pronosticó que la recaudación mejoraría las condiciones laborales de las llamadas kellys; en el mes de septiembre pasado, de repente, los dos vicepresidentes del Consell, Mónica Oltra y Héctor Illueca, indicaron que los máximos beneficiados serían los jóvenes que tratan de alquilar una vivienda… Una paleta variopinta de soluciones mágicas que contrastan con el tenor del impuesto: compensar las partidas adicionales que, fruto de la afluencia masiva de visitantes, el ayuntamiento de turno sufraga en concepto de limpieza, urbanismo o transporte, por poner algunos ejemplos.

La tasa augura un ruido ensordecedor y muy pocas nueces. Un pésimo negocio para sus promotores

Un impuesto a las pernoctaciones de escala local como el que se persigue, pero aprobado a principios de 2024 de la mano de todos los agentes implicados, en un entorno favorable, le ahorraría al Botànic muchos quebraderos de cabeza. Incluso la ciudad turística por excelencia, Benidorm, el alcalde de la cual se muestra hoy absolutamente reacio, sería más proclive a su puesta en funcionamiento.

Empecinarse en sacarlo adelante a las bravas, con una moratoria que suena a venda antes de la herida, le pondría en bandeja al rival un lema de digestión sencilla: “La izquierda odia el turismo”. Ya se esforzarán luego el PSPV, Compromís y Unides Podem por aducir que ansían un turismo más comprometido con la sostenibilidad del territorio y un menor coste para sus vecinos y vecinas. De nada les valdrá. Como la famosa leyenda “agua para todos”, el estigma de ir contra los intereses propios les hará perder un buen caudal de apoyos.

¿Tan sobrado va el Botànic en la recta final de su segundo mandato? ¿Tiene las cartas necesarias para plantear este órdago? ¿No perciben las consecuencias añadidas que esconde la medida en una circunscripción, la de Alicante, en la que además subyace la sensación de agravio?

Que efectúen, sus 52 diputados y diputadas, una ruta guiada por las decenas de hoteles de Benidorm que mantienen las persianas bajadas. Que conversen con sus empleados y les pidan su opinión sobre la introducción de ese impuesto en la coyuntura actual. Que se entrevisten con los alcaldes del resto de ciudades de la costa para conocer su predisposición al respecto.

O aparcan ya mismo este despropósito o dentro de 15 meses, aparcados en la oposición, dispondrán de todo el tiempo el mundo para hacer turismo. Vaya ironía macabra.





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