• Vie. Sep 30th, 2022
Etiquetas principales

Mi nombre es Bonds, Barry Bonds

Feb 2, 2022 , ,



Cuando un periodista le dijo que cómo es que había sido capaz de conectar tantos home runs (762) en sus veintidós años de carrera profesional en las Grandes Ligas de béisbol, Barry Bonds le respondió: “Pregúntaselo a Dios, es él quién debe saberlo”.

La pregunta era capciosa, porque sobre el jugador de los Pittsburgh Pirates y San Francisco Giants recae desde hace dos décadas la sombra de la duda, y la sospecha de que utilizó esteroides para reforzar sus músculos y pegarle más fuerte a la pelota. Nunca le gustaron los periodistas, y a los periodistas nunca les gustó Bonds. Si San Pedro negó tres veces a Jesús, ellos han negado diez veces al pelotero, todas las que su nombre ha figurado en la lista de candidatos a una placa con su nombre en el Salón de la Fama de Cooperstown.

Golpeaba la pelota con una fuerza extraordinaria, pero no se sabe hasta qué punto era gracias a los esteroides

Bonds es uno de los mejores jugadores de la historia del béisbol. Ha conectado más home runs que Babe Ruth, que Hank Aaron, que Álex Rodríguez, que Willie Mays, que Ken Griffey Jr. y que nadie, con un promedio de bateo de 298, ocho guantes de oro y siete veces el jugador más valioso de la Liga Nacional. Pero los 134 periodistas que votan sobre quién entra y quién no en el Salón de la Fama han decidido que, de los cinco requisitos necesarios para recibir el honor, cumple el de tener talento, suspende en los de integridad, deportividad y carácter, y su contribución al deporte es por un lado muy buena (las estadísticas) y por otro muy mala (los esteroides). Así que fuera.

Se trata de una decisión muy polémica. Los puritanos están de acuerdo, pero mucha gente (entre ella también periodistas) piensan que Bonds no es ni mucho menos el único de su época que ingirió sustancias prohibidas, que el dedo acusador ha recaído sobre más de un centenar de jugadores, que todavía hoy se hacen trampas en el béisbol, se manipulan los bates y las pelotas, y que entre 1986 y 2007 la prensa y las propias Grandes Ligas hicieron la vista gorda al uso de esteroides.

Tras una investigación federal que llegó hasta el Senado de los Estados Unidos, Bonds fue declarado culpable no de ingerir sustancias prohibidas sino de perjurio y obstrucción a la justicia, pero la sentencia fue revocada unos años después. No así su imagen, ni el asterisco que figura junto a todos sus récords (tampoco le han ayudado las dos acusaciones de violencia doméstica dirigidas contra él por una exmujer y una exnovia). Para entrar en Cooperstown ya solo le queda una posibilidad: que el comité de dieciséis historiadores del béisbol que periódicamente revisa los casos de quienes se han quedado fuera –una especie de Tribunal de Apelación– intervenga en su favor.

Quizás en otro deporte habría habido clemencia para Barry Bonds, y otras estrellas a quienes se les ha puesto también una cruz por razones similares como Curt Schilling, Sammy Sosa o Roger Clemens. Pero el béisbol es sinónimo de nostalgia y de tradición, a pesar de que a lo largo de la historia haya quedado marcado por escándalos de apaño de partidos (incluso las Series Mundiales de 1919, en la que ocho integrantes de los Chicago White Sox recibieron dinero para perder ante los Cincinnati Reds), drogas, racismo y, más recientemente, espionaje por parte de los Houston Astros para leer las señales del banquillo rival. Por un lado hay mucha suciedad; por otra, la pretensión de ser más puros que la mujer del César.

Elpitcher Gaylord Perry (365 victorias) no solo confesó en sus memorias haber hecho trampas, sino incluso relató cómo hacía muescas en la pelota para darle efecto. Pero fue de una época anterior (se retiró en 1983), y está en el Salón de la Fama. No así Bonds, Barry Bonds.





Source link