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Mujeres perversas, por Maria de la Pau Janer

Ene 1, 1970 , , , , ,


Era el mes de julio del 2016. Le vi marchar, apoyada en la puerta de casa. Había venido a despedirse. No me moví hasta que desapareció de mi campo de visión. Tenía los hombros in­clinados. Era una pose de derrota que nunca he olvidado. Se marchaba a la cárcel a cumplir una condena, cada día como un calvario imposible. Le acusaban de abuso sexual a menores. Fui a visitarlo muchas veces, detrás del cristal. Los minutos pasaban en un soplo: confidencias, anécdotas, recuerdos. Cuando se acababa el tiempo, ponía las manos en el cristal. Él hacía lo mismo. Sus manos sobre las mías en el frío. Cerrábamos los ojos y nos imaginábamos el calor del otro.

Su madre era profesora. Dirigía un colegio de Palma que funcionaba como una cooperativa. Había una maestra­ que le tenía envidia. ¿Quién ha dicho que las madrastras malvadas o las brujas solo existen en los cuentos? No hay ninguna ficción que supere la realidad. En un campus de verano organizado por el colegio, Jordi trabajó de monitor. Le acusaron de tocamientos sexuales a dos menores: un abogado que abandonó el caso entre efluvios de alcohol, mala gestión, y un exceso de incredulidad por parte del acusado determinaron la sentencia. Lo declararon culpable. Era inocente.

Photo taken in Ávila De Los Caballeros, Spain

 

Luis Miguel Caselles / EyeEm / Getty

Corría el mes de octubre del año 2020. La noticia saltaba a los medios de comunicación: Eduard Pujol, portavoz en el Parlament de Junts per Catalunya, abandonaba la vida pública. El partido le obligó a dejar el cargo y le suspendió de militancia. Dos mujeres, que habían tenido una relación sentimental con él, fueron a la sede de Junts para decir que habían sido víctimas de acoso por parte del señor Eduard Pujol. Yo había coincidido con él pocos días antes en un acto público en la Pedrera, en Barcelona. Ambos hacíamos cola para entrar en el mismo recinto. Nos saludamos brevemente: un gesto, una sonrisa. Ocho meses después, las dos mujeres que le acusaron y llenaron las redes de comentarios insultantes no habían presentado ninguna denuncia a la policía, ni a la Fiscalía, ni al juzgado. Todo fue una enorme cortina de humo y mala leche. Junts le devolvió el carnet y se disculpó. Poca cosa. ¿Y el honor y el trabajo perdidos? Nadie sabe dónde fueron a parar. Uno de los jueces que instruyen el caso de injurias y calumnias iniciado por Pujol ha dictaminado que fue difamado al imputársele falsas acusaciones. Le convirtieron en un culpable ante la sociedad. Era inocente.

¿Cómo vivió Jordi cinco años de cárcel? ¿Cómo vivió Eduard los meses de exclusión social y culpa pública? Conocieron el infierno. Jordi tuvo que asumir los hechos que no había cometido ante una comisión de psicólogos. Para salir de prisión solo hay una opción: reconocer la propia culpa y manifestar arrepentimiento por los hechos cometidos. Le dije: “Tendrás que aprender a hacer teatro. Debe ser una actuación impecable. Lo harás bien: te juegas la libertad”. Lloraba de rabia, y creyeron que lloraba de culpa. Sentía impotencia, pero interpretaron que era vergüenza. Salió adelante. Dejaba atrás una larga lucha por sobrevivir, la celda, el patio, la soledad y la necesidad de reinventarse para no desaparecer.

¿Alguien cree que la voluntad de injuriar o causar dolor son actitudes propias de un género?

Encontré a Eduard en una cafetería céntrica de Barcelona. No nos habíamos vuelto a ver desde la cola en la Pedrera, antes de que todo sucediera. Lo vi delante de mí, con la marca del dolor en la mirada, fuerte a pesar de todo.

Jordi y Eduard, dos nombres de hombres víctimas de las mujeres. Es evidente que ellos no forman parte de la inmensa mayoría de casos. Históricamente, y hoy también, las víctimas de las agresiones y malos tratos somos las mujeres, hijas de una sociedad patriarcal que nos ha cortado las alas, nos ha condenado al ostracismo, nos ha robado casi todas las liber­tades. A pesar de las pequeñas ganancias, el empoderamiento femenino es una de las grandes asignaturas pendientes que debemos luchar por resolver. Lo queremos todo y lo queremos ahora. Sin embargo, no debemos caer en interpretaciones simplistas. ¿Alguien cree que las mujeres somos buenas y los hombres malvados? ¿Alguien piensa que la voluntad de injuriar, causar dolor o querer venganza son actitudes propias de un género? En la época de la necesaria y urgente reivindicación de las mujeres, siempre habrá mujeres mentirosas. Mentir es una capacidad inherente en la naturaleza humana. Y muy pocas mentiras son bellas. Existe la maldad: recordemos a Medea de Eurípides, o Cruella de Vil de Disney.





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