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Nadal y las alabanzas, por David Carabén

Feb 5, 2022 , , , , ,



La emocionante victoria de Rafael Nadal en el Open de Australia, que lo ha convertido en el mejor tenista de todos los tiempos, ha cernido sobre la opinión pública a lo largo de la semana. Ha causado encendidos elogios, claro, al deportista y a su entorno e, incluso, ha acabado provocando, de manera indirecta, la dimisión de Alfons Godall de la vicepresidencia de la Fundació del Barça, por un tuit que ha resultado incompatible con el cargo.

Me detengo porque entre los dos acontecimientos, la gloria del tenista y el desafortunado tuit, hay una tensión muy interesante. Como nos pasaba a menudo con Messi, tener que hablar de Nadal en términos elogiosos, después de veintiún grand slams, requiere una creatividad casi artística, por parte de quien lo hace. Nadie se quiere repetir, en el elogio, porque es aburrido y, además, aburre. La novedad, la sorpresa y el giro, funcionan mucho mejor, narrativamente, que la gloria eterna. Es por eso que la historia del arte, y por lo tanto de la creatividad humana, ha ido tan estrechamente ligada a la Iglesia, que por tradición ha sido la institución más interesada al mantener al día las expresiones humanas de maravilla. También es por eso, porque se emplean en decir siempre lo mismo de manera diferente, que podríamos entender las listas de grandes éxitos de la música popular como una competición, entre algunas de las mentes más creativas del planeta, para decidir cuál de ellas sabe decir mejor “I love you”, esta semana… Nadal es un deportista colosal, también, o sobre todo, porque pone a prueba el lenguaje y los discursos en torno a sus proezas.

El balear es un deportista colosal también, o sobre todo, porque pone a prueba el lenguaje

Con todo, tanto en los escritos rigurosos como en los comentarios más desabrochados, lo que hacemos es discutir si las virtudes o las lacras del deportista en cuestión lo acercan o lo alejan del ideal. Y claro, mientras nos entretenemos haciendo eso, tan aparentemente superfluo, vamos decidiendo colectivamente cuál es este ideal.

La carrera de Rafael Nadal ya hace tiempo que está por encima de cualquier duda. Pero a los culés, y a todos aquellos a quién el españolismo desacomplejado nos da miedo, y aquí dejadme añadir también a los republicanos, sabiendo que el mallorquín es madridista, un patriota español y un buen amigo del rey emérito, después de aplaudir al genio deportivo, e incluso al humano, creo que tenemos derecho a añadir aquello de “nadie es perfecto”.

Es lo que siempre hemos esperado que sucediera en el otro bando, y en algunas cabeceras importantes, donde, en vez de celebrar los éxitos y las bondades de deportistas tan brillantes e indiscutibles como Pep Guardiola o Xavi Hernández, sus hazañas siempre se obvian, se relativizan o se descafeinan, por ve a saber qué colección de complejos inconfesables.





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