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Nostalgia de mosca, por Clara Sanchis Mira

Sep 19, 2022 , , , , ,



La ausencia de los insectos ya está en la calle. Es un tema inquietante que no sabemos cómo encajar. Un tipo se baja del coche, después de un viaje por carretera, y lo primero que dice es que no ha chocado ni un solo bicho en su parabrisas. Antes –dice con un rictus que no entendemos si es una sonrisa o lo contrario–, yo hubiera llegado con el cristal lleno de insectos ensangrentados. Y ahora, ¿qué? –dice levantando la voz de un modo extraño–. Ni un cadáver –insiste–, mirad. Acercamos las cabezas a su luneta y la miramos intensamente.

Los científicos llevan tiempo avisando de este exterminio y sus consecuencias. Nuestra actividad frenética, ansia imparable, en resumen, acaba vertiginosamente con los polinizadores, los aireadores del suelo y los recicladores de nutrientes. Estamos acabando con la mano de obra vital. Pero, concretamente a los científicos, no digamos a los entomólogos, nos gusta no escucharlos. Nos gusta que prediquen en el desierto, con sus gafas y sus microscopios, mientras nosotros nos ocupamos de todo. Y esta ausencia de los insectos nos coge desprevenidos. Son demasiadas cosas. Si bien quizás un instinto, algo dentro de nosotras, olfatea el desastre. Este verano dejabas las ventanas abiertas y no entraba ni una mosca –se queja una mujer–, es raro que los bichos no molesten, no hemos visto ni hormigas. Hay que estar mal para llegar a tener nostalgia de una molestia. Temer la soledad rara que asoma en el horizonte.

Este verano adoptamos a una araña peluda que se instaló en el portón de entrada

Este verano, en la casa del pueblo, adoptamos a una araña peluda que se instaló en el portón de entrada. Su tela de araña cruza el umbral. Tiempo atrás nos la habríamos cargado ipso facto. Pero esta vez hubo que cuidarla. ¿No habría que echarle bichitos? Si pudiera hablar con sinceridad sobre ella diría que es horrorosa. Aunque tampoco estoy segura, la escasez la vuelve exquisita. Y hasta la persona que más asco sienta al ver una araña de ese calibre podría acabar notando que es bella. Todo es una cuestión de punto de vista. No la mates, dijo alguien, es necesaria. Y ahí se quedó, con su gran tela de araña atravesando el umbral, y el resto agachándonos para entrar y salir de sus dominios. Todo el verano pensando que en cualquier momento te la llevabas enganchada en el pelo, tan patuda, a otear el horizonte.





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