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Online o la nada, por Joan-Pere Viladecans

Feb 6, 2022 , , , ,



Al parecer a los jóvenes cada vez les gusta menos hablar –entiéndase el estricto significado del verbo– por teléfono y, menos aún, que los llamen. Seguramente se trata de un comportamiento de complicada raíz psicológica que, por ahora, huye de su diagnóstico y que va cambiando sustancialmente las vías de comunicación tradicionales.

Como fácilmente observará el maltratado paseante, peatón sin derechos, cualquier quedada o encuentro de chavales es un conjunto de seres humanos silenciosos agarrados a sus móviles, tamborileando sin cesar en un neolenguaje de emoticonos, jerga internetera, onomatopeyas y abreviaturas inverosímiles. Las palabras, la ortografía y el pensamiento –¿y las emociones?–, en la punta de los dedos. Conectados a todas horas son un blanco ideal y virgen para el mercado, objetivo de influencers y de depredadores online. Pasamos del simple teléfono voz-audio al cofrecillo de todos los naufragios, y prestaciones. Está por ver si también en él se esconde el alma y el criterio del usuario, su memoria y sus deseos.

Entre la pandemia y la complejidad digital han facilitado el trabajo a los que consideran prescindibles a los viejos

La infrahumana obligación del online o nada en toda la granja global se ha cargado la socialización, el diálogo y casi el erotismo tal y como se había entendido hasta ahora. Rusiñol decía que de la discusión salía la luz, un pureta ni más ni menos, de cuando las personas del verbo se reunían en cafés, tertulias y peñas.

Así las cosas: entre la pandemia y la complejidad digital han facilitado el trabajo a los que consideran prescindibles a los viejos. La brecha generacional se agranda por la poca destreza, natural, de los mayores para manejarse digitalmente y por las indetenibles restricciones presenciales en las gestiones de la vida civil. La fuga del trato humano. Online o la nada. El asunto comporta un malestar indefinido con sus consecuentes dilemas emocionales. Una sociedad psiquiatrizada y una gran franja de ella marginada por un brusco cambio tecnológico que, además, no ofrece alternativas. Y también es un asunto político: la izquierda –ya antigua– tan sensible a las “causas sociales” de perfil, y ya no digamos el resto de ideologías –¿las hay?–. Si ninguneamos a los viejos, a la historia le hará falta un zurcido urgente. Lo veremos.





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