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Pobreza y barraquismo, por Editorial

Ene 1, 1970 , , ,



La muerte hace unas semanas de una pareja y de sus dos hijos en un incendio en una antigua sucursal bancaria de Barcelona y la de otra pareja cuando intentaba calentar la chabola en la que vivían en el Besòs han vuelto a poner sobre la mesa una realidad a la que muchas veces preferimos no mirar, la de miles de personas en Barcelona y su área metropolitana que infraviven en solares, naves, locales, pisos sobreocupados y barracas y chabolas.

Montcada i Reixac es uno de los escenarios de esta situación. Los de las orillas del río Besòs son alojamientos –si se los puede calificar así– que carecen de los servicios mínimos. No hay ni luz ni agua corriente. Son estructuras levantadas con palés de madera y lonas que se extienden por la ribera del río que también podemos encontrar en los extrarradios de diversas poblaciones catalanas. Una situación que fue a más a partir del 2020, cuando debido a la pandemia muchas personas y familias vulnerables no pudieron hacer frente al alquiler de su vivienda. En Montcada i Reixac se concentra una enorme favela metropolitana que sufre una emergencia social, habitacional y ambiental insostenible. Con todo, en poco se parece este barraquismo al que vivió Barcelona a mediados del pasado siglo, cuando se contabilizaban cien mil chabolistas, la mayoría los otros catalanes , como definiría Paco Candel a esos emigrantes de diversas partes del Estado. En la capital catalana llegó a haber barrios enteros de barracas, como el Somorrostro y el Camp de la Bota, y durante el desarrollismo de los años sesenta llegaron al Turó de la Peira, el Carmel­ y la Verneda. El 7 de noviembre de 1990, Pasqual Maragall destruía simbólicamente la última barraca de Barcelona, en la Perona.

La cronificación de la miseria multiplica y perpetúa las formas de infravivienda

El chabolismo y las infraviviendas que hoy vemos obedecen a causas distintas. La crisis ha dejado sin hogar a miles de personas, que en la calle han tenido que buscarse un techo. Todo ello refleja una realidad muy lacerante: el barraquismo actual es fruto de la cronificación de la pobreza, que lleva a quienes han perdido sus recursos o están en situación irregular a intentar cobijarse en naves, solares y locales comerciales. Muchos de ellos, sin papeles, son migrantes cuya situación les obliga a subsistir en lugares insalubres. Y lo peor es que estas formas de infravivienda están yendo a más ante la imposibilidad de poder alquilar no ya un piso, sino ni siquiera una habitación.

La Generalitat contabiliza 4.170 personas que viven en barracas y naves y 18.500 en pisos masificados. Pero se trata de datos… ¡del 2016! Por tanto no existe una radiografía actual de la situación, aunque estudios efectuados por diversas entidades sociales hablan de un 80% más que el cálculo de la Generalitat de hace seis años. Ello indica que el número de personas, muchas de ellas niños, condenadas a malvivir en lugares con nulas condiciones de habitabilidad no deja de crecer y en su inmensa mayoría son inmigrantes magrebíes, subsaharianos y latinoamericanos sin documentación.

Es hora de que las diferentes administraciones actúen para tratar de revertir esta lamentable situación. Y ello afecta tanto a los municipios afectados como a la Generalitat, al Àrea Metropolitana de Barcelona y a la Diputación. Llevamos décadas de retraso en erradicar el barraquismo, un problema que afecta principalmente a miles de migrantes cuya situación no variará hasta que se revise la ley de Extranjería, que los condena a no tener papeles.

Las diversas administraciones quizá deberían comenzar con la elaboración de un censo de estas personas para así poder conocer la magnitud del problema. De momento, que el Parlament de Catalunya haya tramitado una proposición de ley para que toda persona sin vivienda pueda tener un techo es un primer paso en la buena dirección.





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