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¿Sede de soberanía o agujero negro?, por Francesc-Marc Álvaro


En una democracia como es debida, el Parlamento es un lugar sagrado. No conviene que las instituciones que fundamentan el sistema se conviertan en escenario de un vodevil, como está pasando en la Cámara catalana. Todo el mundo sabe y repite que la soberanía nacional tiene el centro de gravedad en el poder legislativo, que hace las leyes y controla al Gobierno. En los estados nación contemporáneos que son sistemas pluralistas y democráticos, el Parlamento es la expresión de la voluntad popular que emana de las urnas. Catalunya, que es una nación sin Estado, tiene un Parlamento con una soberanía limitada por ser oficialmente una comunidad autónoma del Reino de España. Eso no implica que la responsabilidad de los parlamentarios catalanes sea menor o menos delicada que la de los diputados del Congreso. Que el autogobierno represente menos poder real para el legislador no hace que este tenga un vínculo más débil con sus votantes y los ciudadanos en general. No hay que perder de vista esta perspectiva.

Vista general del pleno del Parlament en la sesión del 26 de enero.
EUROPA PRESS
26/01/2022

 

Europa Press

Las licencias de edad y la falta de transparencia han puesto al Parlament en medio de la polémica, una situación agravada por las declaraciones (a mi parecer increíbles) de algunos antiguos miembros de la Mesa de la Cámara, en el sentido de que desconocían este tipo de privilegios, así como otras prácticas. Para rematar, ha trascendido el enfrentamiento entre el ex letrado mayor, Antoni Ba­yona, y la actual secretaria general de la Cáma­ra, Esther Andreu, después de la dimisión del primero y de dos integrantes más de la Comisión de Garantía del Derecho de Acceso a la Información Pública, el organismo que gestiona la política de transparencia de la institución. Al escándalo por un trato especial a funcionarios públicos se ha sumado la dispu­ta partidista de siempre (más ridícula que nunca, porque ninguna formación denunció esta anomalía) y una guerra abierta entre algunos altos cargos encargados de velar por la burocracia. Parece una adaptación de la serie danesa Borgen mezclada con la británica­ Sí, ministro, y aliñado todo con los aires de Els Pastorets, del gran Folch i Torres.

Parece una adaptación de ‘Borgen’ mezclada con ‘Sí, ministro’, y aliñada con los aires de ‘Els Pastorets’

El espectáculo es malo y todavía duele más porque venimos de donde venimos. Durante los años del procés, el Parlament se convirtió en un lugar sobrecargado (con momentos afortunados y también lamentables) porque los grupos independentistas querían subrayar la legitimidad de las decisiones que se iban tomando. Las costuras legales de la Cámara sufrieron el tirón de un embate que basculaba entre el simulacro y la exploración indolora de la ruptura, mucha propaganda y poca realidad; eso provocó la decepción de las bases del procés, sobre todo el 10 de octubre del 2017, cuando Puigdemont proclamó la independencia y, acto seguido, la suspendió. Ahora, el mismo Parlament que debía convertirse en la expresión más genuina de la nueva República independiente aparece como un trasto averiado y notablemente afectado en su reputación.

El Parlament tiene menos poder que las Cortes, la Asamblea Nacional francesa o la Cámara de los Comunes, pero ahora no se trata de debatir sobre la cantidad sino sobre la calidad y sobre el uso de este poder. El legislativo de los catalanes no puede parecer un agujero negro, debe proyectar rigor, responsabilidad y confianza, de lo contrario contribuiría a agrandar la desafección y la sospecha generalizada, que siempre es injusta, porque hay muchos políticos y funcionarios que hacen las cosas bien. Preservar la credibilidad de las instituciones catalanas es una tarea urgente.





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