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Si las tetas hablaran, por Joana Bonet

Ene 1, 1970 , , , , ,



Mientras escribo, se anuncia que esta noche una gran teta subirá al escenario en Benidorm y yo imaginaré que nos habla, pues no hay nada más gracioso que una teta parlanchina capaz de contarnos cómo se ve la vida desde su pezón. Probablemente nos pida que solucionemos de una vez por todas nuestro conflicto con ella, porque en pleno siglo XXI ya no deberían quedar pechos avergonzados. Pero que se lo pregunten a los cirujanos estéticos, hartos de escuchar a mujeres que los sienten un elemento distorsionador de su cuerpo: demasiado pequeños o muy grandes, separados o caídos, inseguros, malditos…

No hay nada más gracioso que una teta parlanchina capaz de contarnos cómo se ve la vida desde su pezón

“¡Oh, qué prodigiosa fui antiguamente!”, recordará la teta, o ¿acaso la Vía Láctea no surgió de la leche derramada por los pechos de la diosa Hera? Mi travesía del lecho de Eros a la boca del lactante me ha inmortalizado en la cortesana de Tintoretto o en la Madonna de Lacroix. Primero fui sagrada, después erotizada, y acabé siendo tabú. Conmigo las mujeres celebraron su libertad y quemaron sujetadores como símbolo de la toma del control sobre sus cuerpos. Luego vino la época dorada del topless, hasta que mis propias hijas me censuraron, avergonzadas de donde mamaron. El mundo me quería juguetona. 

En sociedad me pedían que declinara el verbo insinuar, ¡qué palabra tan viscosa! Que mi presencia se notase, sin avasallar, que no se transparentaran los pezones, que me pusiera un sujetador de aro bien clavado en el esternón, que me echara encima un chorro de agua fría, que me jubilara del deseo cuando perdieran turgencia. Todavía hoy ignoro cuál es mi verdadera talla de sujetador, ese alfabeto en clave. En mis años fértiles, a veces me sentí expropiada por miradas ajenas cuando daba de mamar, como si esa función no fuera urgente y hermosa sino impúdica y viciosa. 

Pero, ¿y cuando enfermamos? Lo dice la profesora Marilyn Yalom: “Hoy, lo que ha llevado a la mujer a una plena posesión de sus pechos ha sido el cáncer de mama. Ha aprendido, con la conmoción que supone una enfermedad que amenaza a la vida, que sus pechos son realmente suyos”.

El enorme pecho que acompaña a Rigoberta Bandini, la cantante que ha emprendido una cruzada a favor de la libertad y la normalización de las tetas, nos interpela acerca de nuestra incomodidad con ellas. “No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas. Sin ellas no habría humanidad ni habría belleza”, entona la compositora. Su reivindicación también apunta a un nuevo puritanismo que prefiere marcar culo en lugar de pecho. ¡Ah, si las tetas hablaran!





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