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Silbidos para los piratas, por Xavier Aldekoa

Feb 6, 2022 , , , , , ,



Pagarán. Todos dicen que no lo harán; y todos pagan”. Abdidakir se atusó la barba anaranjada, sonrió de medio lado y juró que no era un pirata, solo que sabía de negocios. Aquellos días del 2010, los piratas somalíes surcaban el océano frente al cuerno de África para abordar atuneros y mercantes internacionales y pedir rescates millonarios mientras desde los gobiernos occidentales se mandaba un mensaje de firmeza: no pagaremos ni un rescate más. No coló. Aquel año fue el récord histórico de secuestros piratas en el mundo. La razón de aquella escalada se conoce como inconsistencia temporal en economía, pero aquella tarde en Mogadiscio, Abdidakir la bautizó sin sutilezas: la estupidez de los blancos.

El fútbol es pasión hasta que la pasión gusta menos. El aplauso, los cánticos o las ovaciones están en la parte buena de la historia porque son actos positivos, que empujan al equipo y lo acercan a la victoria. Bien vistos. A veces incluso no nacen del merecimiento sino del deseo de éxito ajeno. Aparece en escena un canterano prometedor o un recién llegado ilusionante, y el público regala palmas por un pase a cinco metros. No es regalo sino préstamo. Te aplaudimos hoy para que nos hagas felices mañana.

Recibir a Dembélé con una bronca quizás perjudica al equipo pero envía un mensaje a futuros desagradecidos

Luego están los silbidos. Tienen mala prensa, especialmente entre los jugadores y entrenadores, que afean a la afición que perjudique sus intereses e incluso invitan a los descontentos a quedarse en casa. Si bien es cierto que algunos son prematuros, capaces de hundir la carrera de un futbolista de inicios tímidos, hay pitidos de desacuerdo, algunos que marcan el nivel de exigencia y otros que son incluso más: una profunda demostración de sentimiento. A veces, porque duele. Los pitos de la afición del Rayo Vallecano al entrenador de su equipo femenino, tras revelarse que el tipo bromeaba con la violación grupal a una jugadora, son más importantes que tres puntos porque forman parte del compromiso de un club con la dignidad y la igualdad.

Otras veces, porque son puñales. Si tras anunciarse que no volvería a jugar si no renovaba o aceptaba irse, Dembélé vuelve a vestir hoy la camiseta culé, recibirle con una bronca colosal quizás perjudica al equipo un par de tardes, pero envía un mensaje a futuros desagradecidos y pone los valores del club por delante del resultado. Xavi ayer dijo que el francés es uno más. Quizás es así para el vestuario. Pero en estos tiempos de fútbol moderno, cada vez más alejado de la gente, el aficionado tiene en el silbido una de sus últimas armas para defender a su equipo y sus valores.

Aquella tarde en Mogadiscio, Abdidakir sabía que los piratas somalíes seguirían secuestrando barcos. Todos lo sabían. A los pocos días, un helicóptero sobrevoló una embarcación rehén fondeada frente a las costas somalíes y lanzó desde el aire una bolsa con fajos de billetes.

Decían que no pagarían más; al final todos pagaban.





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