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Stoltenberg y la OTAN ante el futuro, por Editorial



Jens Stoltenberg, ex primer ministro de Noruega y secretario general de la OTAN desde el 2014, dejará este cargo en septiembre para convertirse en gobernador del Banco Central de Noruega. En la entrevista exclusiva que hoy publica La Vanguardia , Stoltenberg admite, refiriéndose a la crisis de Ucrania: “No tenemos ninguna certeza sobre las intenciones de Putin”. Y recuerda que el diálogo con Rusia sigue siendo una opción prioritaria.

Los ocho años de Stoltenberg al frente de la alianza atlántica, que reúne a treinta países de América del Norte y de Europa, con alrededor de mil millones de habitantes, han sido una etapa de grandes cambios globales. Empezando por la anexión rusa de Crimea y siguiendo con los roces entre EE.UU. y los países de la Unión Europea a propósito de sus cuotas de financiación de la OTAN, la pujanza china, el desplazamiento, ya en tiempos del presidente Barack Obama, del eje de la política exterior de EE.UU. hacia el Pacífico, los ciberataques, la errática administración de Donald Trump o la ejecución del Brexit… Hasta llegar a la actual situación en Ucrania. En otras palabras, el mundo en el que opera hoy la OTAN es distinto del del 2014, cuando Stoltenberg asumió su cargo. Y, claro, del de 1949, cuando se fundó, tras el inicio de la guerra fría, como una organización defensiva y solidaria de las democracias de ambos lados del Atlántico.

El secretario general de la alianza admite que no hay certeza sobre la intención de Putin

La OTAN ha ido poniendo al día, aproximadamente cada decenio, su concepto estratégico, recogido en un documento clave para hacer frente a los cambiantes desafíos de la seguridad global. Su última versión data de la cumbre mantenida en Lisboa en el 2010. Madrid será escenario, el próximo junio, de una nueva cumbre de la OTAN en la que participarán jefes de Estado y de gobierno con el afán, una vez más, de renovar su estrategia. Se trata de adaptar las directrices políticas y militares de la alianza a la nueva coyuntura estratégica. Dadas las circunstancias, esta actualización es muy oportuna. Estamos ahora sumidos en la crisis de Ucrania, de incierto desarrollo, con un despliegue de cien mil soldados rusos frente a la frontera nororiental de dicho país e insistentes rumores de una posible invasión antes de fin de febrero. La OTAN no ha permanecido de brazos cruzados ante esta amenaza. Ha desplegado contingentes en la zona mediterránea y en la báltica, también en Europa central. Todo ello, después de haber sufrido distintas crisis de unidad entre sus países miembros, que llevaron al presidente Donald Trump a cuestionar su viabilidad y al presidente francés Emmanuel Macron a afirmar que la OTAN se hallaba en situación de muerte cerebral.

Es comprensible que una organización de tan larga trayectoria, sometida a las recurrentes fricciones entre bloques y a los vaivenes de las políticas nacionales, haya atravesado etapas difíciles, algunas de las cuales hicieron incluso temer por su futuro. Pero también es un hecho que China y Rusia, que recientemente han hecho pública su renovada sintonía, expresan ambiciones expansionistas. La OTAN, además de proponer la defensa engranada de una treintena de países, defiende un abanico de valores y derechos de los que carecen los países con regímenes de corte autoritario. Así las cosas, no es difícil coincidir con Stoltenberg cuando reclama unidad entre los países miembros de la OTAN (aún reprochando indirectamente a Macron su reciente cita con Putin). O cuando recuerda la plena soberanía de países como Ucrania para decidir su futuro, por encima de las ambiciones de determinadas potencias. O cuando reivindica el diálogo con Rusia, que debería ser el mejor camino para evitar la guerra.





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