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Teoría de juegos camino de Ucrania

Ene 1, 1970 , , ,


La resurrección del fantasma de la Guerra Fría, es decir, el regreso de la amenaza de la aniquilación atómica, se ha incorporado al concurrido inventario de miedos apocalípticos que definen este presente extraño y nos obliga a revisar un clásico del cine ochentero, Juegos de Guerra (1983), de John Badham, película protagonizada por un jovencísimo Matthew Broderick, en el papel del David Lightman, un adolescente con pasión precoz por los ordenadores que logra, con un modem de la prehistoria de Internet, entrar en el sistema informático del Pentágono y está a punto de desencadenar una guerra nuclear. 

En su defensa, cabe decir que él creía que estaba entrando en una empresa de videojuegos, que el juego “Guerra Mundial Termonuclear” era eso, un juego, y que no sabía que el ordenador “Joshua” con el que se comunicaba era en realidad la inteligencia artificial que controlaba el sistema de defensa estadounidense.

El joven protagonista de Juegos de Guerra, David Lightman, sería un magnífico asesor para el Gobierno español en esta segunda mitad de la legislatura, llena de desafíos mundiales y mundanos

LV

En el desenlace, para evitar males mayores, proponen a Joshua jugar partidas de Guerra Mundial Termonuclear contra sí mismo y el ordenador descubre, tras miles de ensayos, que, al margen de qué bloque actúe primero y del modo en que se prioricen los objetivos, el resultado siempre es el mismo, la mutua aniquilación. “La única forma de ganar es no jugar”, dice Joshua. 

Hay muy pocas películas que hayan hecho tanto por fijar un principio básico del llamado “dilema del prisionero”, una de las paradojas más conocidas de la teoría de juegos. El dilema del prisionero es lo que se conoce en teoría de juegos como un juego de suma no nula. Esto quiere decir que los jugadores obtienen el mayor beneficio para ambos si no tratan de vencer al oponente, y el mayor perjuicio si pretenden sacar ventaja.

El dilema se llama así por la alegoría de los dos cómplices detenidos y aislados, cuyo testimonio es indispensable para la inculpación porque no hay otras pruebas. Si en los interrogatorios ambos niegan los hechos, saldrán libres. Pero si, por reducir la pena, cualquiera de los dos confiesa, temeroso de que el otro lo haga antes, ambos acabarán en la cárcel. El dilema del prisionero enseña que, en según qué situaciones, el egoísmo es el peor camino.

Una variable literal, aunque tramposa, del dilema del prisionero la vimos en el cautiverio de Evey Hammond (Natalie Portman) en la versión cinematográfica de V de Vendetta (2006) escrita por las hermanas Wachowski a partir del tebeo de Alan Moore. Otra versión, esta vez sin trampas pero no literal, estaba en la magnífica La llegada (Arrival) (2016), de Denis Villeneuve, donde una invasión extraterrestre se nos presenta como un trasunto de la Guerra Fría en un momento de máxima tensión. Y también, lógicamente, en la gran parábola política del dilema del prisionero que es Trece días (2000), de Roger Donaldson, película que narra la crisis de los misiles de Cuba y que fue escrita a partir de la desclasificación de los documentos de la Casa Blanca sobre esta crisis, cuya resolución convencionalmente se considera un ejemplo virtuoso de aplicación de la teoría de juegos a la política.

El problema del dilema del prisionero es que es un juego contraintuitivo, en la medida en que el camino para ganar es no intentar ganar. Para el cerebro, es más sencillo interpretar el mundo en clave de juegos de suma cero, que se llaman así porque la suma del resultado de uno y otro contendiente siempre es cero. El tenis, el go chino pero también la guerra convencional, son juegos de suma cero, porque un jugador gana tanto como logre hacer perder al rival. En el tenis, cada punto solo lo puede ganar un tenista, y para ganarlo es necesario que el otro lo pierda. En la guerra, hasta la invención de la bomba atómica, cada contendiente conquista lo que logre arrebatar a su enemigo. La única razón por la que no ha habido una guerra termonuclear es porque los departamentos de defensa de ambos bloques entendieron este cambio durante la carrera armamentística.

Bueno, y porque no hubo ningún accidente. Porque el azar también actúa. Lo vemos en otra de las alegorías del dilema del prisionero, la de dos luchadores que forcejean agarrados al borde de un abismo. Al estar cogidos, la única posibilidad de lanzar al vacío al contendiente es resignarse a ir con él y por tanto la única posibilidad de sobrevivir es no hacerlo. Una versión especialmente retorcida de este dilema la veíamos en el desenlace de El buen hijo (1993), de Joseph Ruben, en la que Macauly Clukin y Elijah Wood son dos niños adorables, pero no tanto.

Por cierto, el dilema del prisionero también ata el destino de los socios del Gobierno de coalición, aunque a menudo parezca que uno está convencido de poder arrojar al otro por el precipicio y aun así salir bien parado. Y siempre hay que considerar el azar, en Ucrania o en el Consejo de Ministros: cuando peleas al borde del abismo, alguien puede tropezar. Recuerden: “La única forma de ganar es no jugar”.





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