• Vie. Sep 30th, 2022
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“Todo el mundo ha usado los derechos de las afganas como un eslogan”



Nacida en 1957, Sima Samar recuerda un tiempo en el que su país, Afganistán, “era pobre pero relativamente estable”; todo estaba por hacer en materia de igualdad pero pudo ir a la escuela y estudiar medicina. Cuando se graduó, había estallado la guerra. Estaba a punto de entrar un largo periodo de oscuridad para las afganas, sometidas a las leyes medievales del régimen talibán para las mujeres.

“Cuando yo nací, en 1994, se pegaba a las mujeres en público por llevar medias blancas”, recuerda Zarifa Ghafari, hija de un coronel asesinado por los talibanes para tratar de amedrentarla y hacerla dimitir de su cargo como alcaldesa. Resistió aunque ahora vive en el exilio en Alemania. “Es algo temporal. No sé si mañana, el mes que viene o el próximo año pero voy a volver”, insiste.

Samar y Ghafari son dos de la decena de activistas afganas homenajeadas la semana pasada en el Parlamento Europeo como finalistas del último premio Sájarov a la libertad de conciencia. Pertenecen dos generaciones diferentes pero su diagnóstico sobre lo ocurrido en su país durante las últimas dos década es idéntico y no deja a nadie muy bien, tampoco a los suyos.

“Si un día no quedaran mujeres en Afganistán, ¿qué harían los talibanes, de qué hablarían?”

“Afganistán es un enorme fracaso colectivo, un fracaso del Gobierno, sus ciudadanos y la comunidad internacional”, afirma la doctora Samar, exministra de Asuntos de la Mujer. “Para mí está claro, todos tenemos la culpa: los ciudadanos, el Gobierno, la comunidad internacional, los medios, los hombres, las mujeres…”, admite Ghafari, que acusa también a “todo el mundo” de utilizar “los derechos de la mujer como un eslogan” en su propio beneficio, incluido el Gobierno afgano para conseguir dinero internacional.

A todos les venía bien decir que tenían una mujer gobernadora o una alcaldesa como ella “pero luego no teníamos apoyo para hacer nuestro trabajo”, añade la joven afgana. En su primer día de trabajo la recibieron con palos y piedras. Tardó meses en tener protección oficial para poder trabajar. Sufrió varios atentados. Sabía que podía morir. El año pasado mataron a su padre.

Con su familia amenazada, quedarse no era una opción cuando los talibanes recuperaron el poder pero detesta la etiqueta de “refugiada” o “exiliada”, explica Ghafari en una entrevista con este diario. Hay en su voz rabia genuina al hablar de los “juegos de poder idiotas” librados por las grandes potencias a costa de su país durante décadas pero también se intuye un sentimiento del que la actriz Angelina Jolie, enviada especial de Acnur para las mujeres afganas, habló en su discurso telemático en la inauguración de las jornadas: la culpa por no estar ahora en su país.

Pongan condiciones a los talibanes

Pocos días antes de que el Parlamento Europeo homenajeara a una decena de activistas afganas, varias mujeres que se habían manifestado en Kabul desaparecieron y la comunidad internacional se sentaba a hablar en Oslo con el régimen talibán. Aunque la Unión Europea asegura que no equivale a un reconocimiento, acaba de abrir una oficina de enlace en Kabul para tratar con el Gobierno afgano. El reconocimiento internacional “se acerca”, ha asegurado el ministro afgano de Asuntos Exteriores, Amir Khan Muttaqi, a la agencia Afp. El mensaje de las invitadas de la Eurocámara –entre ellas, la cineasta afgana Sahraa Karimi o la cantante Aryana Sayeed– fue claro: “Pongan condiciones a los talibanes, háganles pagar un precio”. Y pidan mejoras concretas en la situación de la mujer, reclamó Zarifa Ghafari, la voz de una nueva generación de activistas hábiles en el uso de las redes sociales.

A Samar la caída de Kabul la sorprendió de viaje familiar en Estados Unidos. No pudo volver ni despedirse. Por segunda vez en su vida, vive en el exilio. Los talibanes han seguido amenazando a su familia y sus apariciones en los medios han sido escasas. Sus ojos se empañan al recordar todo el trabajo invertido en crear el Ministerio de Asuntos de la Mujer o la Comisión de Derechos Humanos, instituciones clausuradas con el retorno de los talibanes al poder. “Teníamos 500 empleados, 14 oficinas, tanto trabajo…”, evoca emocionada Samar, de 65 años.

“La doctora Samar y las mujeres de la generación de mi madre nos abrieron puertas. Ellas empezaron de cero pero nosotras también. Nos encontramos con un país en guerra y tuvimos que construir el mundo que queríamos. Y entonces de repente, boom, se te cae todo abajo. Duele”, comenta por su parte Ghafari, soltera a sus 27 años, un escándalo para los estándares de país, aunque felizmente prometida. Ahora piensa en su prima, que estaba a punto de terminar los estudios de secundaria y soñaba con ir a la universidad. “Las mujeres afganas siempre tenemos que empezar de cero”.

Desde que los talibanes han recuperado el poder, “no hacen más que hablar de las mujeres, de lo que podemos hacer y lo que no. Si un día no quedaran mujeres en Afganistán, ¿qué harían, de qué hablarían? Tienen que dejarnos en paz. No somos su proyecto”. Lo mismo dice a la comunidad internacional: “Dejen de mirar a Afganistán como un proyecto. Somos un país de 44 millones de personas”. La solución a sus problemas, concluye, solo puede venir de dentro.





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