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Ucrania y nosotros, por Antoni Puigverd

Ene 1, 1970 , , , ,


Tenemos que aceptar que, en el conflicto de Ucrania, no somos más que espectadores. Es un conflicto irresoluble, pues la inmensa geografía de Rusia ha necesitado siempre almohadas protectoras. Antes de la caída de la cortina de hierro que separaba Europa en dos bloques, las almohadas llegaban hasta Berlín. Fueron drásticamente reducidas: Occidente está a 150 kilómetros de San Petersburgo.

De todas formas, EE.UU., que aprovechó descaradamente la caída de la URSS para rasurar la barba de Rusia, distraería energías esenciales si guerreara contra un país tan fuerte en lo militar. Su pleito principal se libra en el Pacífico y en el espacio: China. Por su parte, los rusos podrían guerrear en Ucrania, pero se desangrarían: su economía no aguantaría tal desgaste. La guerra no conviene a nadie, lo que no significa que no estalle. De momento, Rusia aspira a un documento en el que, negro sobre blanco, se firme lo que Gorbachov pidió a Bush padre: que la OTAN no se apodere de Ucrania. Pero quien busca papeles legales está reconociendo su flaqueza. Los norteamericanos lo saben. Juegan.

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ZURAB KURTSIKIDZE / EFE

Entre nosotros, la alta tensión entre Rusia y EE.UU. ha vitaminado el viejo tópico de la incapacidad de la UE. Se oyen muchos lamentos por Europa en los momentos críticos. Tal fatalismo lacrimógeno arraiga en un malentendido. La UE no fue ideada para construir una unidad. Es una organización con un objetivo modesto pero vital: evitar la repetición de las terribles tragedias europeas del siglo XX. Para hacer imposible el retorno de esos horrores, los padres de la UE se propusieron entrelazar las economías de los europeos. Ahora son ya 27 los países con los estómagos confederados. El euro funciona y quizás nos conducirá a una fiscalidad conjunta. Los programas de recuperación europeos son un gran proyecto, perfumado de mutualización. Pero la realidad geopolítica es irrefutable: Europa es zona de influencia de EE.UU. Los norteamericanos no quieren que esta zona, la más próspera del planeta, tenga autonomía estratégica; y no toleran que pueda establecer buenos vínculos económicos con China.

Una verdadera Unión Europea implicaría violencia fundacional

Europa es un conglomerado de países. Cada uno de ellos con un fuerte tirón nacionalista, lo que no impide la existencia de subsistemas en el interior de la UE en torno a los países con mayor capacidad. Económicamente, Europa es alemana: la paridad marco-euro fue, y sigue siendo, decisiva. Pero Alemania no tiene la fuerza, ni el permiso de EE.UU. (recordemos que perdió la guerra), para ir más allá de la economía. Macron sigue cultivando el sueño napoleónico de una preeminencia continental: quiere reforzar el liderazgo francés, no fortalecer a Europa. Más allá de Francia y Alemania, no hay otro país con vigor suficiente. Italia hace equilibrios entre Alemania y Francia. La clase dirigente española tiene poco interés en política europea: quiere hacer de Madrid el Londres de Hispanoamérica. Polonia es un país emergente y se permite gesticular en la UE, pero entró en la OTAN buscando protección de EE.UU. contra Rusia (históricamente, tan amenazadora como Alemania). Los intereses de cada país reafirman la debilidad de Europa.

La unidad norteamericana se fundamentó en una guerra de secesión. La de China, sobre la tradición imperial: la etnia han ha asimilado a muchos pueblos (como saben los uigures). Políticamente, por tanto, Europa no es ni será nada, pues una verdadera Unión Europea implicaría, como ha sucedido siempre en la historia, una violencia fundacional.





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