• Mié. Oct 5th, 2022
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Un poco de ‘glasnost’ aquí, por Francesc-Marc Álvaro



Tras lo sucedido en el Congreso con la reforma laboral y en el Parlament con el escaño de Pau Juvillà, me asalta una serie de preguntas que solo tendrán respuesta cierta cuando tengamos ocasión de votar en unas u otras elecciones: ¿castigan los ciudadanos a los partidos que no hacen lo que dicen, a los partidos que no saben explicar lo que hacen, y a los partidos que simulan ocuparse del interés general pero anteponen lo táctico y la trinchera? En Madrid y en Barcelona, hay un poco de todo: imposturas, rigideces, transfuguismo, jugadas maestras, maniobras espurias, torpezas, deslealtades, arrebatos de guiñol, cinismos revestidos de coherencia y
fanatismos revestidos de necesidad.

¿Pasan factura o no estos vodeviles a quienes los protagonizan? La tranquilidad con que se representan indica que muchos políticos confían completamente en la escasa memoria del votante así como en la costumbre de la ciudadanía cuando se trata de tragar y digerir momentos lamentables. Las bases más movilizadas de cada opción, las que tienen un efecto tractor entre los electores, tienden a reforzar sus posiciones a partir de burbujas de sentido dentro de las cuales no penetra nada que cuestione el mensaje del líder de turno.

La pasividad y la indiferencia forman parte de la desafección democrática

Estos días hemos visto cómo el entorno de Casado trataba de presentar un error humano como un fallo técnico y también hemos visto como los partidarios de Laura Borràs protestaban simplemente porque los periodistas relataban la secuencia de decisiones en la Cámara catalana. Por otro lado, las apariciones de Rufián para explicar el no de ERC a la reforma laboral han recordado más un enfado de patio de colegio que el criterio de una fuerza de gobierno.

Tal vez sea el momento de importar –salvadas todas las distancias– un concepto que procede de otro lugar y otro tiempo. He tenido la idea mientras ojeaba un ejemplar de Perestroika , libro que escribió Mijaíl Gorbachov para dar a conocer su programa reformista para una Unión Soviética que se encaminaba hacia su total descomposición. Gorby impulsó un proceso de transparencia o apertura que denominó glasnost , y que justificó a partir del siguiente argumento: “el pueblo debe saber qué anda bien y qué anda mal, a fin de multiplicar lo bueno y combatir lo malo”. El líder soviético estaba convencido de que mayor verdad en la vida pública apuntalaría su recorrido, por ello consignó que “el potencial moral de nuestra sociedad ha entrado en acción; la razón y la conciencia empiezan a recuperar el terreno perdido frente a la pasividad y la indiferencia que carcomían los corazones”. Fue muy optimista.

La pasividad y la indiferencia sobrevuelan nuestro paisaje y forman parte de la desafección democrática y del caldo de cultivo de la extrema derecha. Los grandes partidos, en Madrid y en Barcelona, deberían apostar por una cierta glasnost , mejor antes de sufrir un trompazo en las urnas.





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