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Xi Jinping aparca su desconfianza de Rusia

Feb 6, 2022 , , ,


Cuando Xi Jinping nació, en 1953, Moscú lo era todo para China: la figura paterna, la referencia, el hermano mayor, el modelo. Cuando Xi ingresó en el Partido Comunista, en 1974, Moscú era la gran amenaza para China, que compartía una “cuasi alianza” con Estados Unidos. Hoy, a sus 68 años, Xi Jinping es el campeón de la amistad chino-rusa, que florece, puro pragmatismo, gracias a la hostilidad que perciben de Estados Unidos. De ahí que este viernes, Xi Jinping y Vladímir Putin alcancen el récord de 38 encuentros desde el 2013 -telemáticos inclusives-, una cifra excepcional en relaciones diplomáticas.

Nada ilustra mejor el pragmatismo de la China de Xi Jinping que su relación fluctuante con la vecina Rusia, que sigue al pie de la letra la monumental definición de lo que es la política exterior para cualquier potencia, en palabras de Lord Palmerston, arquitecto de la diplomacia victoriana: “Inglaterra no tiene aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos”. Los de China también…

China necesitaba a la URSS en los años 50 y recibió un tratamiento despectivo

Xi Jinping y Vladímir Putin son los dos líderes más afianzados de China y Rusia desde 1950, cuando Iósif Stalin y Mao Zedong suscribieron en Moscú el primer tratado de cooperación entre los dos gigantes. Uno y otro dirigente parecía indestructibles, tal que hoy, pero con un trasfondo muy distinto: la URSS disfrutaba de la victoria en la Segunda Guerra Mundial, su industria pesada era modélica, la economía colmaba la necesidad de la población y poseía la “verdad” de lo que era y no era el comunismo. La República Popular China era todo lo contrario: tierna –fue creada en 1949-, subdesarrollada y primitivamente agrícola, cargada además de resentimientos con las potencias occidentales que se habían cebado en la descomposición del Imperio chino.

Firmal del Tratado de Amistad, Alianza y Asistencia Mútua entre la URSS y la RP China en Moscú en el año 1950.

Firmal del Tratado de Amistad, Alianza y Asistencia Mútua entre la URSS y la RP China en Moscú en el año 1950, con Stalin y Mao al fondo                               

RIA Novosti

China necesitaba imperiosamente en 1950 la ayuda y cooperación soviética en todos los órdenes: desde la asistencia militar –el enemigo Kuomintang se había “atrincherado” en la isla de Taiwán y gozaba del apoyo de EE.UU.- al desarrollo industrial, que tanto deslumbraba a Mao Zedong. Miles de técnicos y asistentes soviéticos fueron enviados a China para modernizar la economía. Al mismo tiempo, las universidades rusas acogían a las “promesas” del régimen chino, la segunda lengua de estudio hasta bien entrados los años 70 del siglo pasado.

Moscú nunca facilitó a Mao Zedong la tecnología militar que solicitaba 

Manifestación en Pekín para festejar el 70 aniversario de Stalin

Manifestación en Pekín para festejar el 70 aniversario de Stalin                    

LV

La muerte de Stalin en 1953 dio paso a una revisión de su figura por parte de sus sucesores, algo que alarmó a Mao Zedong a pesar del trato desdeñoso que recibió de Stalin en sus dos encuentros en Moscú. Mao temía que aquella revisión pudiera debilitarle en China. Al mismo tiempo, la URSS era menos generosa de lo que esperaba, sobre todo a la hora de transferir tecnología nuclear y armamentística en parte por el temor al ardor revolucionario de Mao, más agresivo. El deterioro fue progresivo y especialmente contraroducente para China ya que Mao Zedong quiso imitar los planes quinquenales de la URSS mediante la desastrosa campaña del Gran Salto Adelante (1958-1961), a la que el despecho y el orgullo nacionalista de Mao no fueron ajenos. El saldo fue una hambruna de caballo. La ruptura chino-soviética se hizo inevitable en 1962, entre reproches chinos. De la fraternidad a la guerra: China y Rusia se enfrentaron en la frontera a cuenta del río Usuri en 1969.

Xi Jingpin fue educada en el período de máximo antagonismo con la vecina Rusia

La generación de comunistas de Xi Jinping fue educada en la desconfianza y el resentimiento hacia la URSS, con quien se mantenía un pulso por el liderazgo del comunismo planetario, una suerte de guerra fría dentro de la guerra fría. Cada país acumulaba un millón de soldados en la frontera y los reproches de “desviacionismo” eran periódicos. Este clima propicia el entendimiento entre la República Popular y Estados Unidos, plasmado en la visita del presidente Nixon a China en 1972 la que se entrevistó con un Mao Zedong otoñal y melancólico. De repente, la propaganda y los medios oficiales chinos dispensan a Estados Unidos un trato amistoso, -lo que no dejaba de ser una bofetada a la URSS-, que cristalizó en el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas en 1979, justo el año en que Xi Jinping se licenció en ciencias jurídicas en Pekín.

La rivalidad con la Unión Soviética tuvo otro efecto considerable –y paradójicamente negativo para China- cuando los dos gigantes acordaron normalizar las relaciones en mayo de 1989. La tortilla estaba a punto de girarse: ni la URSS era tan poderosa ni la República Popular tan endeble. Esta vez, un líder comunista ruso, Mijaíl Gorbachov, viaja a Pekín, el primero de la historia. La pugna ya no estaba en quién era más comunista sino en quién reformaba mejor el comunismo. Moscú parecía más decidida y transparente lo que suscitó los aplausos occiedentales y la admiración de los universitarios chinos…

China sufrió la última humillación rusa con la histórica visita de Gorbachov en 1989

Frente al carismático Gorbachov, un cincuentón idolatrado en Occidente, estaba el octogenario Deng Xiaoping. Días antes de la histórica cita, el funeral por un ex secretario general del PC chino, Hu Yaobang, ampara las primeras manifestaciones de protesta estudiantiles en Pekín por un batiburrillo de insatisfacciones: la inflación, el bajo salario de los profesores, la falta de apertura frente a la “glasnost” rusa, la corrupción, el nepotismo y la gerontocracia. Con medios de comunicación de todo el mundo invitados a Pekín para la cumbre chino-soviética, las manifestaciones van a más, ocupan la simbólica plaza Tiananmen y paralizan al gobierno chino, que no se atreve a reprimir a los manifestantes frente a los ojos del mundo y más cuando Gorbachov parecía una estrella del rock. El resultado fue una visita muy accidentada, sin los honores y la pompa programada –los grandes centros del poder están en la plaza Tiananmen-, lo que aumentó el complejo de superioridad soviético y humilló a Deng Xiaoping y a la cúpula comunista china. No obstante, el Pequeño Timonel tuvo tiempo de “recordar” a su huespéd chino la humillación, superada pero no olvidada, de los territorios “mordidos” a China, empezando por la incorporación de Mongolia a la órbita rusa. De nuevo, Rusia miraba por encima del hombro a los vecinos chinos. Fue la última vez.

(FILES) This file photo taken on June 4, 1989 shows Beijing residents gathering around the smoking remains of over 20 armoured personnel carriers burnt by demonstrators during clashes with soldiers near Tiananmen Square.
At least 10,000 people were killed in the Chinese army's crackdown on pro-democracy protesters in Tiananmen Square in June 1989, according to a newly released British secret diplomatic cable which gives gruesome details of the bloodshed in Beijing. The document, made public more than 28 years after the event, was seen by AFP on December 22, 2017 at Britain's National Archives. / AFP PHOTO / Manny CENETA

Avenida de Pekín la mañana del 4 de junio de 1989                          

AFP

Treinta y tres años después, Vladímir Putin y Xi Jinping han establecido una relación aparentemente cordial, una semi-alianza fáctica, parecida a la que en los años 70 edificaron EE.UU. y China. Ya no necesitan un millón de efectivos “anclados” en sus fronteras y es ahora Pekín quien tiene la sartén por el mango. Cuando EE.UU. y la UE impusieron sanciones económicas a Rusia por la anexión de Crimea, Pekín y Moscú firmaron en mayo del 2014 en Shanghái un contrato de 400.000 millones de dólares a cambio de 30 años de suministro de la compañía Gazprom a China. Un balón de oxígeno para Moscú que dejó en evidencia la efectividad de las sanciones comerciales al Gobierno de Putin. Ya lo decía Lord Palmerston…





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